Conocí a Matías en un bar que frecuentaba. Lo veía inteligente, atractivo, culto, gracioso y un tanto bohemio. Él siempre estaba rodeado de gente, era de esos hombres que todo el mundo quiere por emanar un carisma excepcional. Por todo esto, lo busqué y logré que comenzáramos a salir. Al principio eran salidas más casuales pero con el tiempo la relación se volvió bastante seria.

A los pocos meses aparecieron las peleas, ya no nos llevábamos tan bien. Matías era muy celoso y se vivía enojando por todo lo que yo hacía. Él podía hacer lo que quisiese, de hecho salía todos los fines de semana con sus amigos, cosa que yo no podía hacer ni que le rogara. Solo me dejaba salir muy de vez en cuando, pero había cláusulas, una de ellas era que me buscase a la salida. Aunque a veces él mismo las incumplía y caía de sorpresa para interrumpir la noche. Al principio no me molestaba tanto, pensé que lo hacía porque le gustaba estar conmigo, pero con el tiempo el acoso se tornó notable.

Todo lo anterior no le alcanzaba, también me llamaba a toda hora para controlar que estuviera en mi casa. Lo peor es que no tenía celular, por lo tanto, cada vez que yo me quería contactar con él, no podía.

Las discusiones eran cada vez más subidas de tono, llegó al punto de insultarme de las formas más ofensivas y crueles que un ser humano puede soportar. Según Matías, todos los hombres querían estar conmigo, desde el quiosquero de la esquina hasta el vecino de al lado. Tanto fue así que comenzó a mandarle mails amenazantes a mis compañeros de la facultad o a chicos de Facebook que me ponían me gusta en alguna foto.

Cuando salíamos juntos me acusaba de mirar y provocar a todos los hombres. Era dueño de una imaginación impresionante porque nunca miré a nadie, solo me importaba él. Cuando se ponía celoso de algún chico que estuviese cercano a nosotros no me quedaba otra que mirar al piso o a la pared para que no se imaginara cosas. Mis lágrimas también se dirigían al piso cada vez que esto sucedía, no había forma de hacerle entender que yo no estaba haciendo nada.

Yo nunca fui de quedarme callada ante un acto de injusticia, siempre reclamaba y me revelaba, pero aquella rebeldía no era suficiente con él, dado que siempre terminaba ganando. En cada ocasión en la que quise dejarlo, me imploró que no lo haga y me endulzó con palabras bellas. Era muy hábil para eso.

Una tarde nos encontrábamos peleando, por celos. No se cómo pero se me ocurrió entrar a su Facebook, me las ingenié bastante bien como para averiguar su contraseña. La primer conversación que divisé fue con una chica, efectivamente le estaba tirando onda. Él, ni lento ni perezoso, la invitaba a salir. No era la única conversación comprometedora, había muchas más. Por esto estuvimos distanciados varios días pero, como una ilusa, lo perdoné y creí en todas sus promesas.

Los golpes no tardaron en llegar. Debo reconocer que cometí el terrible error de devolvérselos, pero mis golpes eran leves comparados a los que él me daba. Sumado a que Matías es un hombre enorme, me mató a trompadas varias veces. Una de ellas me dejó un moretón gigante en la cintura, y otra me dio un rodillazo en las costillas. El dolor duró un mes. Le pedí que me llevase al hospital porque no aguantaba más pero se negó por miedo a que lo descubrieran.

En un momento decidí decir basta. Sus celos y sus insultos colmaron mi paciencia, así que tomé fuerzas y lo dejé. Obviamente no fue de un día para el otro, pero pude hacerlo. Él me insistía a más no poder pero finalmente lo aceptó. Yo había tenido otras relaciones y, para ser sincera, me había puesto muy mal al terminar; pero con Matías no me pasó, me sentí aliviada y en paz.

Por supuesto que me siguió buscando durante varios meses, tuve que cambiar mi número de teléfono, bloquearlo de las redes sociales y evitar ir a lugares donde pudiese cruzármelo.

Ya pasaron dos años de aquella separación y todavía de vez en cuando me envía mails diciendo que fui la mujer más buena con la que estuvo, aceptando que él era mala persona y pidiéndome que seamos amigos.

La última vez le contesté y le dije que no íbamos a poder serlo nunca porque no estaba dispuesta a relacionarme con una persona como él.

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