El maltrato comenzó a los pocos meses de salir, pero estuvimos de novios 4 largos años.

Al principio iba todo muy bien, o al menos eso pensaba yo. Él me celaba mucho y yo lo tomaba como una muestra de amor y protección ya que constantemente decía que yo era una persona muy importante en su vida. Al tiempo comenzó a criticar mi forma de vestir, de caminar y hasta de hablar. Si llegaba minutos tarde de lo acordado, me gritaba y amenazaba con pegarme. Me llamaba a toda hora y si no atendía daba por hecho que estaba con otro.

Cuando cumplí 17 no pude ocultarlo más y le confesé que era bisexual. También le dije que me gustaba una chica que había conocido, estaba realmente avergonzada pero no quería ocultárselo porque me parecía que merecía saberlo. No quería hacerle daño, entonces le propuse terminar la relación para que buscase a una chica que sea más correspondida. Obviamente no lo permitió y me obligó a seguir con él.

Para ese entonces yo estaba con muchísimos problemas. No comía y si lo hacía vomitaba, estaba deprimida, nerviosa, me arrancaba el pelo y hasta me cortaba. Él siempre me amenazaba con decirle a mi mamá sobre mis desórdenes alimenticios y eso me aterraba. Ahí fue cuando, aprovechándose de mi vulnerabilidad, comenzó a agredirme físicamente. Todavía no me daba golpes, pero me mordía dejando así marcas enormes en mi espalda y las piernas. No eran mordidas débiles sino que llegaban a sangrar. Después me curaba él mismo y me decía que tenía que tener más cuidado con lo que hacía si no quería que estas cosas vuelvan a pasar.

Un día fue a buscarme al colegio muy triste porque no lo había llamado la noche anterior. Recuerdo que no había podido comunicarme, no sé por qué. Vino con una ola de reproches, me dejó y se fue llorando. Yo me fui con una amiga, la cual me levanto el ánimo, y nos sacamos un par de fotos en su casa las cuales ella subió a su Fotolog. Cuando él las vio, me llamó y me dijo que era una puta porque apenas él me había dejado, yo me había sacado fotos para ofrecerme a desconocidos. Al día siguiente volvimos.

Los meses pasaban y el maltrato psicológico aumentaba. Me decía que era una inútil, que mi familia era una mierda y que no me querían, que estaba gorda y que debía vomitar más a ver si así me convertía en la novia que él deseaba.

A mis 18 me enteré que estaba con otra chica. Leí un mensaje que decía que se encontrarían en Plaza Italia, así que fui decidida a enfrentarlo y a terminar la relación. Cuando llegué y los vi no pude hacerlo, me dio vergüenza y sentí que no tenía las fuerzas suficientes. Por la noche me encontré con él y le exigí explicaciones. “Es porque ella está más flaca y yo merezco una novia linda y flaca”, me dijo. Nada tenía sentido, yo no comía y pesaba 48 kilos.

Por un lado sabía que estaba mal todo lo que pasaba, pero por otro lado me desesperaba si él no me celaba, o si no me llamaba, o hasta si no me insultaba. Por esto, lentamente, me fui convirtiendo en él. Lo llamaba a toda hora, le revisaba el celular, la mochila, su cuarto. Hacia todo por encontrar algo raro entre sus cosas. A esta altura de la relación nos volvimos pares, nos amábamos con odio y nos amenazábamos mutuamente con hacernos daño si uno dejaba al otro.

A pesar de eso, él no me importaba. De hecho salí con otras personas mientras duró la relación, y sé que él hizo lo mismo.

Nos convertimos en una adicción. Recuerdo que disfrutaba verlo sangrar porque me tenía cansada, yo sabía que estaba mal reventarle la cara a patadas pero él me había hecho lo mismo, entonces necesitaba hacerlo. Nunca me había pegado en la cara, más que alguna cachetada porque sabía que si alguien me veía golpeada, lo culparían. Sin embargo, nunca pude usar una remera de manga corta porque se me notaban los cortes, los moretones y las mordidas.

Hubo un hecho en particular que realmente me marcó. Habíamos discutido por algo y me tiró en la cama, apoyó su rodilla en mi pecho y puso sus manos alrededor de mi cuello. Apretó hasta que no pudo más. “Puta de mierda. Lesbiana. Yo que te amo y vos me haces hacerte esto”, decía una y otra vez. Yo me ahogaba entre sus manos y con mis lágrimas. No sé como pero logré escapar, lo empujé y divisé una tijera. La tomé y amenacé con apuñalarlo si no se iba de mi casa, pero se me vino encima. Pasé por debajo de él y pude encerrarme en el baño. Me gritaba para que saliera, insultaba y pateaba la puerta a más no poder. Yo no sabía qué hacer, estaba aterrada.

Cuando el alboroto cesó, abrí la puerta y pude verlo con un banco de madera en los brazos. Estaba a punto de derribar la puerta con eso. No recuerdo más nada…

Yo estaba sola, no tenía amigos y mi mamá sabía lo que pasaba pero no hacía nada. Todos los viernes cortábamos, todos los lunes volvíamos.

Nos habíamos peleado y reconciliado varias veces, pero esta última vez lo mantuve en secreto porque me daba vergüenza decir que habíamos vuelto. Mis amigas no sabían mucho sobre las agresiones él ejercía sobre mí, pero sí sabían que algo raro pasaba. Yo ya tenía 20 cuando el cumplió 19. En el festejo tomó demasiado, entonces me quise ir porque no me sentía cómoda. Él decidió acompañarme pero me negué y como represalia comenzó a gritarme puta y lesbiana en medio de la Avenida Córdoba. Yo caminaba delante de él, ignorándolo. Enseguida empezamos a golpearnos, era algo normal entre nosotros. Le rompí la nariz y no lo vi nunca más.

Cuando por fin terminé la relación me enteré de que había estado paralelamente 7 meses con otra chica.

Al año empecé a salir con mi actual novio. Yo seguía teniendo la contraseña de Facebook de mi ex así que le revisaba los mensajes todos los días para saber si hablaba de mí o si sabía de mi nueva pareja. Tenía miedo, quería anticiparme si planeaba hacernos algo.

Es a la única persona en el mundo que quisiera ver muerta, a veces deseo hacerle daño. Se aprovechó de mis desórdenes alimenticios y de mi depresión para aislarme de todos los que me querían. Me dejo con muchísimos problemas y sigue ahí con su vida, como si nada hubiese pasado.

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