Damián era un pibe bueno, un poco controlador quizás pero como era mi primer novio pensaba que todas las relaciones eran así. Imaginaba que estaba bien si él quería revisarme las redes sociales o si me preguntaba por todos mis compañeros del colegio. Lo consideraba tierno, pensaba que se preocupaba por mí. A cada momento quería saber dónde estaba y con quien, a veces hasta pasaba con el auto para vigilarme. Si tardaba dos minutos en contestarle un WhatsApp, se enojaba. Me molestaba un poco su actitud pero ¿Qué sabía yo del amor? Tenía entendido que enamorarse consistía en desvivirse por el otro, y eso hacía Damián conmigo. Además, ni siquiera me pegaba cosa que mi papá sí hacía con mi mamá. Eso fue lo que me llevó a pensar que nuestra relación no tenía nada anormal.

Mi primera vez no fue con él, fue el séptimo hombre en mi cama. En cambio, yo sí fui su primera mujer. Era lógico que desconfiara de mí. La verdad es que me hizo sentir una puta, me decía que si había estados con otros seis hombres entonces debía tenerme vigilada. A pesar de eso, siempre supe muy bien que no sería capaz de engañarlo, y de hecho, aunque él me hacía dudar, nunca lo hice.

Para demostrar mi devota fidelidad, cedí en todo lo que me pidió. Así fue como dejé de ver a mis amigas, dejé de salir y de hacer todo lo que quería. También dejé de vivir tranquila porque Damián vigilaba absolutamente todo lo que hacía. Si un compañero del colegio me hablaba, yo me desesperaba y borraba la conversación para que mi novio no se entere ya que si descubría que alguien me había hablado, se enojaba. Me manipulaba tan bien que yo realmente creía en todas las cosas que me decía. Todas las peleas comenzaban con frases absurdas como: “¿Quién es ese pajero que te empezó a seguir en Twitter?”, “Te hablé a las 11:47 y me contestaste recién a las 11:50”. Lo más insólito era que lograba convencerme de que yo tenía la culpa, siempre. Me arruinó por completo la cabeza. Llegamos a pelear porque mi celular estaba en silencio mientras dormía o porque no estaba para él las 24 horas del día.

Veía a Damián muchas horas al día. Mi rutina era levantarme para ir al colegio, que él me acompañe hasta la puerta, whatsappearme con él toda la mañana, salir del colegio y que me acompañe hasta mi casa, almorzar, ir a su casa para pelear y que me revise el celular porque seguramente yo le estaba siendo infiel. Yo seguía pensando que los novios hacían esas cosas, por alguna razón seguía pensando que todo era normal. Los días que no tenía clase me quedaba a dormir en su casa y volvía a la mía sólo cuando mi mamá me reclamaba, obviamente terminaba discutiendo con ella.

Mi mamá sabía que algo pasaba y hasta trató de alejarme de él. Me advirtió muchas veces pero Damián me llenó la cabeza y llegué al punto de agarrarme de los pelos con ella por las cosas que me decía de él.

Todo lo malo que pasaba se agudizaba porque Damián era drogadicto. Al principio me preocupé muchísimo por él y le hice jurar un millón de veces que no iba a drogarse más, como si eso hubiera servido de algo. Pero “como no me pegaba, no era para tanto.”

Un día me di cuenta de que tenía que dejarlo. No recuerdo muy bien qué había pasado pero estaba segura de poder tomar la decisión. Hablé con él y le dije que no quería que sigamos juntos y, para mi sorpresa, se alteró menos de lo que pensé. A las 7 am del otro día me llegó un whatsapp suyo diciendo que iba a morirse porque había tomado un frasco entero de pastillas. Corrí hasta su casa, me abrió su mamá y fui hasta su habitación. Estaba tirado en la cama. Le pedí que vomitara y no reaccionaba, entonces empecé a gritar para que los familiares me ayuden. Vino la ambulancia, se lo llevaron y le hicieron un lavaje de estómago. Fue una mañana muy fea, él estaba en observación y no quería hablar conmigo, así que no sabía si estaba vivo, muerto o en coma. Cuando le dieron el alta me dijo que estaba muy enojado y que yo era una traidora por haber llamado a sus padres. No hablamos de nuestra relación, simplemente volvimos. Me hizo sentir una basura porque me echaba la culpa de haber querido suicidarse.

Unos meses después llegó septiembre y con él, el viaje de egresados. Por alguna cosa maravillosa de la vida, lo dejé y me fui a Bariloche soltera. Hice mi vida y conocí bastante gente. La adolescente de 17 años que Damián había reprimido durante tanto tiempo, salió. No lo engañé porque lo había dejado, pero cuando volví se victimizó y volvió a manipularme. Terminé siendo yo quien le insistía para volver.

Pasaron meses y las peleas de siempre volvieron hasta que yo comencé a revisarle sus redes sociales, me di cuenta que hablaba con muchísimas chicas y se sentí inexplicablemente mal. Se me partió el alma y le dije de todo. Creo que nunca en mi vida me sentí tan traicionada, aquel novio bueno que tanto se preocupaba por mí, que tanto me celaba, me estaba engañando. Quise irme de su casa pero me agarró del brazo y se puso en papel de víctima, una vez más. Le dije que si no me soltaba, llamaría a la policía así que lo hizo. Me soltó y me fui. Hice un par de cuadras y me sonó el celular, era él diciéndome toda clase de insultos. A pesar de eso, volvimos.

Un día, después de hacer el amor, nos abrazamos y me di cuenta de que yo no había hecho el amor sino que era solamente sexo. Estaba abrazada a la persona que amaba y me sentía sola. Es feo sentirse sola, pero peor es sentirse sola cuando estás abrazando a tu novio. Me di cuenta de todo y me pregunté para qué seguía a su lado. Lo dejé, y esa vez fue la definitiva. Entendí que no es egoísta priorizar la felicidad de uno mismo, y que si no te queres a vos mismo, no te va a querer nadie. Entendí que amar es confiar.

Damián me buscó un par de veces, pero jamás le contesté. Lo bloqueé de todos lados. Empecé a vivir mi vida y soy más feliz que nunca.

Ahora pienso en el 2014 y estoy completamente agradecida de haberme alejado de una persona así, agradecida de haberlo dejado para Bariloche y agradecida de haber aprendido que el amor no es dependencia.

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