Tenía sólo 15 años, era una chica introvertida, solitaria y tranquila. Me gustaba leer, escribir y hacer tareas que a los chicos de mi edad no les gustaría hacer, algunos me definían como “rara”. Por ello era completamente marginada de todo y de todos, digo era porque ese 23 de noviembre de 2006 cambió todo para mí.

Aquel día me encontraba sentada en una plaza, fumando un cigarrillo como de costumbre. Él estaba sentado frente a mí y no me sacaba los ojos de encima, era alto, corpulento, castaño y con ojos color miel. Al principio me incomodé y sólo miraba de reojo, pero luego me gustó aquel juego que él me proponía. Me gustaba que me mirase de esa forma y que me endulzara con la mirada, así que me atreví a mirarlo. Así pasó un rato hasta que chocamos miradas, me sonrío, le devolví la sonrisa y se acercó a mí. Conversamos un largo rato en aquel banco de plaza y después de un rato pasamos números de teléfono y me fui.

Pasados dos meses, nos pusimos de novios. Era todo más que perfecto y ya no me sentía sola o marginada como antes.

Luego de 7 meses de amor, placer y risas, todo cambió. Él comenzó a salir con unos chicos que había conocido hacía muy poco y empeoró en cuanto al trato conmigo. Llegaba borracho a casa, muchas veces al borde de la inconsciencia.

Un viernes llegó más loco que nunca, estaba violento y agresivo. Hablamos un rato hasta que él, en su estado de inconsciencia, me preguntó si quería que tengamos relaciones. Por supuesto le dije que no porque era virgen y pretendía seguir siéndolo por el momento, pero mi novio no pudo comprenderlo y no sólo se enojó sino que también me gritó alegando que quería tener relaciones conmigo desde el primer día en que me vió, y así lo hizo.

Me tomó de las muñecas, apretándolas con fuerza, me tiró sobre la cama y comenzó a besarme. Yo me sacudí para todos lados mientas le pedía que me deje, allí fue cuando me soltó y me pegó el primer cachetazo. Sentí un dolor tan profundo que se me derramó una lágrima, él ya no era él y no sabía con quién estaba tratando. Sin ningún resguardo me bajó los pantalones, me tomó nuevamente de las muñecas y me violó. Me dolía todo el cuerpo, gritaba desesperadamente que pare pero hacía oídos sordos y seguía. Cuando por fin terminó, me empujó de la cama y me tiró al suelo para luego levantarme de los pelos. Lo empujé con la poca fuerza que tenía y me volvió a pegar, pero esta vez a puño cerrado y en la boca. Me quedé allí tendida en el suelo, no tenía fuerzas ni para gritar.

Ese día comenzaron los golpes y los insultos, fue un camino de ida. Fueron insultos que llegué a creerme de tanto que me dolían. Estaba triste y sola nuevamente, porque a él ya no lo consideraba nada para mí, se convirtió en ese chico que solo me usaba para tener relaciones y para descargar su ira.

Hoy en día estoy bien. Pude dejarlo y me encuentro llena de amor y cariño.

 

 

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