Cuando lo conocí tenía 18 años y él 30. Salimos poco tiempo porque me di cuenta rápido de que nuestra relación iba a terminar mal.

Debido a su edad, me trataba de pendeja y de inmadura todo el tiempo. Me despreciaba. También tenía la costumbre de no dejarme salir del auto hasta que el me lo indicara o hasta que él terminara con lo que había ido a hacer.

Cuando lo dejé me llevó al río y se despidió con dos patadas en el estómago. “Para que no te quedes con nada mío”, dijo y se fue.

Me persiguió sin descanso durante 5 largos años. Se aparecía en casa de mis amigas, a la salida de la escuela o en la puerta de los boliches que yo frecuentaba. Al tiempo me enteré de que no era a la única que acosaba de esa forma, al parecer había estado con más chicas al mismo tiempo.

Una noche se apareció y comenzó a llamarme, entonces, en un rapto de coraje, me acerqué a su auto y deslicé sobre la ventana un encendedor prendido. Había ropa en el asiento de atrás, era en su mayoría plástica, había una campera de lluvia y demás. Esa fue la última vez que supe algo de él.

Yo pasé 5 años de mi vida mirando para todos lados cuando caminaba por la calle, escondiéndome en locales y asegurándome de no ir demasiado lejos de mi barrio para evitar sentirme desprotegida. Todos esos años pidiéndole por favor a alguien que me acompañe a comprar algo, o que me espere porque no me gustaba andar sola.

Odio pensar que no todas las chicas acosadas tienen mi suerte, que no a todas las dejan en paz o que no todas tienen el valor de defenderse.

Hoy, gracias a la valentía que tuve aquel día, vivo libre aunque la paranoia resulta muy difícil de quitar.

 

 

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