Yo tenía 18 años cuando todo comenzó, era virgen y bastante ingenua. Él tenía unos 16 años más que yo, estaba en pareja y tenía un niño pequeño. Hacía años que teníamos una gran amistad, un vínculo bastante paternal y de mucha confianza. Además, trabajábamos juntos casi todo el día. Él era mi jefe y entrenador desde que yo tenía 10.

Todo empezó con comentarios y chistes que se ponían cada vez más incomodos. Obviamente yo no sabía jugar a ese nivel, allí se notaba la diferencia de edad.

Ya con 19 años y con una ruptura en puerta, él se encargó de encontrar mis debilidades. Un día, llevándome a mi casa, estacionó a unas cuadras y comenzó a tocarme. Me quedé paralizada y el miedo me invadió completamente. Hoy en día, dos años y medio después, recuerdo con exactitud su respiración en mi cuello y sus dedos introduciéndose en mí. No podía respirar, sentía que me ahogaba. Bajé del auto casi sin emitir sonido, caminé media cuadra y me largué a llorar. Llegué a mi casa en medio de un ataque de nervios y me llegaron varios mensajes que me inquietaron aún más: “Por favor no le digas a nadie sobre esto”, “¿Seguís viva pequeña? ¿No te suicidaste?”.

Al otro día, por la mañana, se suponía que él debía pasarme a buscar para ir a trabajar. En ese momento no sabía cómo reaccionar, la situación me parecía totalmente inverosímil.

A partir de allí, comenzaron dos años de abusos y manipulación emocional, sexual y laboral. Al principio era un poco más resistente, pero el miedo me consumió. Con 20 años, esas situaciones se volvieron normales en mi vida. Era horrible, estaba aislada de todos, abandoné la facultad y mi mundo se había reducido a su empresa y a él. A veces estaba todo el día allí metida.

Mi autoestima había caído en picada, sentía que no servía para nada y que nunca iba a poder trabajar en otro lado. A su vez, yo sabía que tenía relaciones con sus alumnas, eso provocaba celos en mí y daba a lugar a su manipulación.

La única vez que estuve con un chico, me trató de puta y me reprochó que gracias a él yo había aprendido todo lo que sabía a nivel sexual.

Un día me mandaron a hacerme estudios de sangre para descartar un posible embarazo ectópico. Dieron negativo, pero en cuanto salí de la clínica tiré los estudios a la basura ya que nadie sabía que estaba con él. Mi cuerpo me estaba diciendo basta, tenía alergias, asma, crisis de ansiedad y repetidas gastroenteritis.

La discusión más fuerte que tuvimos fue en el medio de la calle, cuando él comenzó a gritarme: “Estás enferma, pendeja. Vos no te das cuenta que estas enamorada de mí, hasta que no te consigas un novio no vuelvas más”. Creo que a él le dolían sus palabras, pero a mí me dolían aún más. A la semana me pidió disculpas y me rogó que no me fuera de su vida, así que volví con él.

Estuve trabajando en su empresa un mes y medio, hasta que la tensión no dio para más. Yo necesitaba que todo aquello termine porque me estaba destruyendo, pensaba que iba a enloquecer, o peor, morirme. Sabía que la única forma de terminar mi contrato de trabajo era haciéndolo enojar, entonces le envié un mail con todos los episodios detallados de sus encuentros con alumnas.

Hoy estoy yendo al psiquiatra y al psicólogo. Las veces que me lo crucé, me ignora totalmente. Volví a la facultad y encontré otro trabajo, estoy rearmando mi vida y tratando de focalizarme en volver a quererme.

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