Yo lo quería y lo respetaba, dado que era para mí algo más que un simple modelo a seguir, era una persona que me había dado luz para refugiarme. Y yo también quería darle eso, pero me salió mal y dejé que una persona con mucho poder tuviese más luz de la que necesitaba. Creí que haciendo esto lo ayudaba, pero sólo me hundía cada vez más.

“Nadie puede sobrevivir solo”, eso lo sé desde niña y lo terminé de aprender de grande cuando mi soledad permitió que aquel hombre se aprovechase de mí. Yo creía poder leer su mente, me creía la persona más cercana a él en todo el mundo. Tanto que comencé a pensar que era superior al resto de las personas con las que hablaba ¿Por qué? Porque según él, era a la única que le contaba sus cosas.

Mi arrogancia fue tal, que siempre pensé que podía salvarlo. Y la manera más certera de hacerlo era haciendo todo lo que él quería, todo aquello que supuestamente le hacía feliz. Con el paso del tiempo me volví su herramienta y ya no podía decirle que “no” a nada, claro que él se encargaba de dejarme esto bien en claro y de la forma que le parecía.

A veces pienso que fue mi culpa, que en parte fui responsable de su sed de poder por no haberlo dejado a tiempo. No me di cuenta de que la mejor forma de ayudarlo era alejarme y seguir mi vida tal como lo hago en estos instantes. Y si me preguntan, ahora mismo siento pena porque él mismo tenía la capacidad de seguir un camino diferente. Si él hubiese querido, desde un principio pudo haber cambiado y seguir adelante. Pero dejó pasar esa oportunidad porque su propia oscuridad no lo dejó ver.

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