Considero que he tenido una vida muy feliz. Nunca me he quejado de casi nada, excepto de lo violentos que eran mis padres cuando era pequeña. Siempre he intentado sacarme buenas calificaciones, y casi toda mi vida lo he conseguido. Pero todo esto conlleva a que desde pequeña, si me sacaba una baja nota, recibía una bofetada de mi mamá.

Una vez mi papá, cuando tenía diez años, me golpeó con la correa luego de haberse enterado de que había mentido. Estaba parada frente a él y, gracias al golpe que me dio, recuerdo haber terminado en el sofá. Sólo en esa ocasión mi mamá hizo algo que nunca pensé que fuera a hacer: se puso enfrente y me protegió. Pero de nada sirvió porque no logró protegerme de lo peor: la mirada de desprecio de mi padre.

Menos de un año después, mi mamá continuó con el maltrato. Por no limpiar mis zapatillas de deportes, volvió a agredirme.  Sus agresiones no eran constantes, ni se desarrollaban diariamente, sino que eran muy esporádicas. En ese momento recuerdo haberle preguntado qué le había hecho yo para que me tratase así, la respuesta que me dio me persigue hasta hoy: “Nacer”.

Cuando tenía 14 años, el día de mi cumpleaños, mi mamá empezó a discutir conmigo y, cuando le contesté, me dio tres bofetadas encima de la boca. En aquel entonces tenía braquets o frenillos, así que deben imaginarse cómo me dolió.

A los 16 fuimos a la casa de mi tía a visitar a mis abuelos. Mi primo me dijo que necesitaba mi ayuda para resolver una duda que le habían planteado sus compañeros de colegio, así que fui a ayudarlo. Él estaba en primero de secundaria, era más chico que yo y siempre lo quise mucho. Por alguna extraña razón terminé de espaldas a él, apoyada contra la pared, y sintiendo como ejercía presión con su pelvis sobre mi trasero. Me asusté y me fui de ahí. Le dije a mi mamá, y ella se enfrentó a mi tía, pero ella dijo que era imposible que su “hijito” haga eso y que en todo caso yo lo incité. Cuando le dijimos que era imposible que yo haya obligado a un chico que, a pesar de que era menor que yo, era cabeza y media más alto y más musculoso, nos pidieron que nos vayamos. Los únicos que me creyeron fueron mis abuelos.

Mi tía hasta ahora se ríe, alegando que fue un juego de niños y que yo quise abusar de mi primo. Mi mamá me dijo que fui tarada al haber permitido algo así, a pesar de que le expliqué las circunstancias. A los 16 años nunca había hecho algo así, era virgen, y casi todas las frases en doble sentido no las entendía. La segunda vez que lo vi, fue similar, pero esta vez en frente de sus papás. Se rieron, dijeron que se estaba haciendo hombre y que yo era una incitadora de menores.

Se los perdoné hace poco. Mi mamá me apoyó y cambió su forma de ser, aunque me sigue tratando mal de vez en cuando. Mi papá nunca más me levantó la mano, pero su violencia ahora es psicológica.

Todavía me duele que me traten así.

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