Mi papá falleció cuando yo tenía 10 y mi hermano 15 años. Desde ese entonces él me golpea y me maltrata.

Quedamos al cuidado de mi tía así que tuve que hacerle decidir a ella, si él no se iba de la casa entonces me iría yo. A los 12 años lo denuncié con ayuda de ella y de la escuela. Aquella vez me había desfigurado la cara a golpes y me había intentado clavar un cuchillo de mesa. Luego de la denuncia y de la intervención del juzgado, se calmó.

A los 19 me encontraba cursando el último año del colegio. Mi tía había fallecido y vivía solo con mi hermano. Yo trabajaba y estudiaba para mantenernos, él no hacía nada, por lo tanto yo debía mantenerlos a él y a su hija.

Un tiempo después me puse de novia y le dije que dejaría de mantenerlo porque quería poder comprarme cosas para mí. Le pendí que se buscara un trabajo y que ya no le pagaría ni las cuentas del celular. A los pocos días agarró a mi novio y le apunto con una pistola calibre 38, amenazándolo. Yo había ido a comprar comida y los había dejado solos en la casa, así que me enteré tiempo después. Luego de cenar fuimos con mi novio a tomar algo, cuando volví a casa mi hermano me golpeó y me dejo el ojo morado con la excusa de que me había ido y no había ordenado la casa. “No salís más con tu novio si no ordenas la casa, lavas la ropa y paseas a los perros”, dijo.

A los 10 días llegó otra factura de su celular pero no la pagué ya que le había dicho que no lo haría más. Resultó ser que le cortaron la línea por falta de pago. Cuando se enteró comenzó a golpearme y me apuntó con una escopeta mientras gritaba: “Vas a terminar un el hospital y te vas a acordar de mi toda tu vida”. Tuve que agarrar las llaves de mi casa y salir corriendo. Me refugié en la panadería de la esquina y le pedí a mi novio que no le dijera nada de mí. Termine muy golpeada y con la mandíbula dislocada.

Realicé la denuncia en la UVD. El año pasado, ya con 22 años, terminaron de condenar a mi hermano a 2 años y 3 meses de cárcel en suspenso. Hace meses casación lo fijó como pena definitiva.

Las última vez que me agarró fue el año pasado, a la salida de la facultad. El primero de abril me agarró del brazo y me dijo que era una pendeja de mierda y que iba a terminar en el Riachuelo. El miércoles 8 de abril estaba esperando a mi novio cuando de repente apareció y me llevó arrastrada hasta la esquina. Me abrió la cabeza con la culata de un arma y me pegó. Nadie me ayudó, nadie hizo nada. Cuando apareció mi novio, llamó a la policía. Mi hermano dijo: “¿Este es el boludito de turno que te moves ahora, putita?” y se fue corriendo. La tercera vez fue el jueves 16. Estaba saliendo de la secretaría de alumnos con un amigo y nos pegó a ambos, en esta ocasión me quebró 3 costillas.

Cuando lo denuncié por todo esto que sucedió en abril, lo sobreseyeron. No entiendo cómo ni siquiera llamaron a declarar a los testigos.

Hago tratamiento con un equipo de violencia familiar. Luego de los ataques del año pasado, me la paso sin querer salir a la calle y dependo de la custodia policial, del botón anti pánico y de mis presentaciones semanales en la fiscalía. Mientras tanto, mi hermano está libre.

Después de tanto tiempo y de mucho trabajo puedo decir que se puede salir adelante y que denunciar estos casos es lo mejor. No importa si es tu papá, tu hermano, tu tío o tu primo. No hay que permitir que nadie te levante la mano, nunca.

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