Lo conocí en el liceo cuando yo tenía 16 y él 18. Comenzamos siendo amigos pero no tardamos mucho en ponernos de novios.

Al mes quedé embarazada, el mismo día que se enteró, me dijo que no quería tenerlo y se fue a bailar con su mejor amigo para luego agarrarse una borrachera de novela. Su madre y su hermana me trataron de atorranta, me dijeron que yo lo obligaba a no usar preservativo y que seguramente el bebé era de otro. Ambas habían abortado en una ocasión, pero, a pesar de eso, no me apoyaron en absoluto. Terminé haciéndolo, una decisión que supuestamente tomamos “en familia”.

Mi novio no quería a mis amigas, ni mis amigas lo querían a él. Sin embargo mis padres lo adoraban. Él era un tipo sociable, gracioso, de esos con los que te morís de la risa. Tenía muchísimas amigas, de las cuales creo que a una sola le caía bien. El único amigo que tenía era un imbécil que limitó a la risa cuando se enteró que yo estaba embarazada, el mismo que lo invitaba a salir todos los fines de semana y lo incitaba a que me fuera infiel.

Cuando estábamos por cumplir un año, discutió con el padre; un tipo soberbio que daba asco, alcohólico en abstinencia, infiel y golpeador. Supuestamente la discusión había sido por mi culpa, al padre le molestaba que yo fuera todos los días a la casa y mi ex saltó a defenderme. Después de eso, armó los bolsos y se fue a vivir con una de sus hermanas. Tuvo que aprender a ganarse la vida, a dedicarse a la casa y crecer de golpe. Conoció una mujer en el laburo con la que se llevaba re bien, de la que me vivía hablando y con la que se pasaba escribiendo mensajes. Una chica que en una reunión de compañeros del trabajo se dio vuelta de la borrachera que tenía y él se la llevó a dormir a la casa.

A esa altura él ya manejaba mi vida, jamás aceptaba mis opiniones o mis perspectivas. Siempre tenía la razón y yo siempre decía pendejadas, pero al mismo tiempo decía que me amaba por mi forma de ser. Solía criticarme y no de manera constructiva, para él siempre fui una inútil que no sabía hacer nada. Me quería amoldar a su manera y se defendía diciéndome que todas las cosas que me decía eran porque me amaba y quería que creciera. Hasta tuvo la caradurez de meterse con mis padres y criticar la forma en que nos criaron a mí y a mi hermana.

Cuando entré a la Facultad la relación se empezó a complicar, me sentía tan feliz que no dudaba en compartir todas mis experiencias con él; quien, al mismo tiempo, hacía pedazos mis ilusiones. “Esa carrera de mierda que estás estudiando, no sé cómo te da el estómago”, “Mirá tu letra, ya jurás que sos doctora eh”, “No me cuentes porque a mí no me interesa”.

El “boom” fue cuando empecé a conocer gente copada: “Estás haciendo amigos nuevos y te vas a olvidar de mí”, “Va a llegar un punto en que no me vas a necesitar y te vas a cagar en mí”, “Yo te amo y no tengo a nadie, si me dejás yo me muero”, “Las cosas que te digo no son para lastimarte, lo que pasa que no sé expresarme”.

También tuve que aguantar comentarios demasiado crueles, los cuales me hicieron abrir un poco los ojos. “Si va tu amigo gay yo no voy”, “Ese se debe hacer el gay para manosearte, y a vos te encanta que te manosee”, “No entiendo qué le ves de útil disfrazarte de payaso, no le vas a curar el cáncer a los niños así”, entre muchas muchas otras. Ni hablar de las veces que tuve que soportar tener relaciones cuando a él se le cantara, porque si yo me negaba se ponía a llorar y me taladraba la cabeza con que yo no lo amaba. Con el tiempo las reacciones fueron algo violentas, como empujarme y no hablarme en todo el día, pero nunca más de eso.

No me daba privacidad ni para ir al baño, le molestaba que mis amigos y compañeros me escribieran en el Facebook, llegando a inactivar su cuenta con la excusa de que no soportaba ver las pendejadas que me escribían. Me obligó a eliminar a muchísimos chicos con los que me llevaba bien, y si me negaba era porque quería estar con ellos. Al poco tiempo empezó a cuestionarme sobre el uso de maquillaje, me decía que me pintaba las uñas para estar más linda para otros hombres. Cuando salía con mis amigas no dormía en toda la noche, me mandaba mensajes que estaba obligada a responder enseguida si no quería que pensara que lo estaba engañando.

Durante las últimas dos semanas casi ni nos vimos, él se pasaba en la casa de su “mejor amiga” “preparando exámenes” y no me mandaba ni un mensaje de texto en todo el día. A veces caía a mi casa muy tarde sin previo aviso, luego de una tarde entera sin dar señales de vida, y si le decía algo enseguida se ponía a llorar. Yo sabía que la relación estaba llegando a su fin pero no podía asimilarlo. No podía seguir así, pero a la vez me negaba a darme por vencida. Estuve un año y medio con la esperanza de que algún día cambiara, muchas veces sintiéndome culpable y muchas otras justificando el acoso psicológico que estaba sufriendo. También creí merecerlo, que así era el amor, que él me amaba a su manera.

Mi padre me decía que lo dejara, que yo no era feliz, que me pasaba llorando. Un día no aguanté más el nudo en la garganta y le inventé una historia; le dije que yo estaba sintiendo cosas por un compañero de la facultad y que lo mejor era terminar. Le dolió, pero era la única manera de que, aunque sea por orgullo, él quisiera terminar la relación. Terminamos por acuerdo mutuo, y me dijo que nunca más iba a saber de él. Pero para mí desgracia, estuvo alrededor de dos años escribiéndome para darnos otra oportunidad. Jamás quise volver a tener algo con él, a pesar de que me repitiera hasta el cansancio que estaba arrepentido.

Lo único positivo de esta relación, es que aprendí a quererme y a valorarme por mí misma. El primer amor de todas las mujeres debe ser el amor propio. Querernos y valorarnos, hacernos respetar. Alguien que te quiere de verdad, no te hace mal.

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