Rodrigo era un chico popular en mi ciudad, el típico canchero que tiene a todas las chicas enamoradas. Era lindo, agradable y parecía buena persona.

Un día me sacó a bailar en el boliche, yo estaba impresionada de que un chico como él sacara a bailar a una chica como yo, dado que me gusta pasar desapercibida. Después de bailar toda la noche y tomarnos un par de tragos, me preguntó si quería que me acompañe a mi casa y acepté porque me pareció muy tierno de su parte.

Nos tomamos un remis y terminamos en la casa de él, puso como excusa que quería agarrar una campera para caminar hasta mi casa, ya que no quedaba muy lejos de allí. En un empujón y un par de apretones, terminamos en su cuarto. Yo me sentía muy mal, estaba mareada y no tenía fuerza suficiente en los brazos. Luché para que no me tocara, pero me empujó hacia su cama, se me tiró encima y empezó a penetrarme con sus dedos. Lo peor de todo eran las cosas horribles que me decía mientras lo hacía. Cuando se cansó, me dijo que me vaya de su casa, que era una puta y que a él no le gustaban las chicas así.

Salí atónita de aquel lugar y me fui caminando mirando hacia vacío, me dolía la entre pierna y me sentí la peor mierda del mundo, me di asco.

Volví a cruzármelo mil veces y el odio que sentía era tan grande que me largaba a llorar y nadie entendía por qué.

Durante tres años no pude salir con ningún chico porque sentía que todos eran como él. Me daba asco sólo pensar que alguien me tocase. Además, sentía culpa de lo que había pasado.

Meses después se lo conté a mi hermana, y a una psicóloga después de casi 3 años. Gracias a ella, pude salir adelante y ahora estoy felizmente en pareja hace 2 años.

Mi odio por Rodrigo se terminó, ahora sólo lo veo como un recuerdo triste.

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