Mi papá siempre fue una persona violenta, a la cual nunca le importó mucho lo que los demás decían. Y ahí estaba yo, su hija, quien siempre perdonaba sus golpes, desde los 4 años. Increíblemente lo perdoné hasta cuando me ató en la parte trasera de su auto, mientras intentaba matar a mi mamá.

Con el tiempo fue “mejorando” y, diez años después, ya todos pensamos que estaba mucho mejor. Para ese entonces yo tenía 14 años y sufría depresión, ataques de pánico y trastornos de ansiedad por todo lo que él me había hecho en el pasado. Vivía medicada.

Una noche me invitó a comer, estaba muy emocionado y me dijo por teléfono que quería proponerme algo. Entonces, como siempre hacía, pasó por casa de mi mamá a buscarme y me llevó a la pizzería de su amigo. “Vi que la hija de un amigo festeja sus quince años y quiero que vos también tengas tu fiesta”, me dijo. Yo me negué rotundamente ante sus ideas, le dije que no quería y comencé a llorar. En ese momento, se puso muy violento. Saludó a su amigo desde lejos, me tomó del brazo y comenzó a insultarme de todas las formas más hirientes que uno puede soportar. Mientras conducía a toda velocidad, me decía: “inútil”, “fracasada”, “no servís para nada”, “aborto fallido”, entre muchas cosas más. Yo sólo me limitaba a dejar la mirada en el piso.

Ahí fue cuando sentí que el auto se detuvo bruscamente, yo continuaba llorando mientras escuchaba su respiración jadeante a mi lado. Espié de reojo y lo vi desabrochándose el pantalón, acto seguido, tiró de mi mano y la apoyó sobre su ropa interior. Con la otra mano me tiraba del pelo y estrujaba mi cabeza contra el apoya brazos. Cerré mis ojos y traté de ignorar lo que estaba pasando, mi cuerpo se volvió tenso y comencé a notar como me bajaba la presión por la sangre que brotaba de mi nariz. Cuando vio esto, me soltó y me golpeó contra la ventana del acompañante. Mi cabeza daba mil vueltas, mientras él seguía gritándome.

Sentía que me quería matar y pensaba cosas como ¿Qué diría mi familia? o ¿Cómo explicarían lo que me pasó?

Cuando reaccioné, mi padre ya estaba llevándome a mi casa. Entonces comprobé que las puertas no estén bloqueadas y deposité todo mi peso sobre una de ellas. Logré abrirla y caí, lo sentí como algo placentero, pero al mismo tiempo me dije a mi misma “no puedo morir así”. Él frenó diez metros más adelante, me agarró de los pelos y me arrastró hasta el auto. Ya no podía ni moverme, el dolor era insoportable, y no sólo el físico sino también el psicológico.

Recuerdo ver la puerta de mi casa y a él riéndose con mi sangre desparramada por toda su cara, manos y ropa. “Tirate ahora que te viene a buscar tu mamá”, dijo entre risas, mientras abría la puerta. Me tomó de la nuca e intentó besar mis labios, me sentí repugnante, todo era repugnante. Por último, me empujó para bajarme y me levanté rápidamente sacando fuerzas de donde ya no tenía. Cuando se subió al auto, atiné a patearlo, subí a la vereda gritando: “¡Mamá, ayúdame por favor!”, y me desplomé.

No recuerdo qué más pasó ya que me desperté en el hospital de la zona llena de vendas, con mi familia llorando a mi alrededor y un médico que trataba de hacerme entender lo que pasaba.

Esta historia la saben pocas personas y es lo que provoca mis pesadillas diarias.

Mi padre no fue preso, pero tengo una orden de restricción y contacto. A pesar de eso, cuando me ve, comienza a seguirme…

 

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