Mi historia empieza como muchas otras. Tenía 15 años, era amistosa y me sentía bien conmigo misma. Era feliz. Ah, y conocía a Alejandro. Él era medio año más grande que yo, alto, rulos, adorable, le gustaban las mismas cosas que a mí así que me enganché rápidamente. Antes de darme cuenta, ya estábamos saliendo. Fue un comienzo precipitado, pero lindo ya que era un buen novio, me sentía amada y respetada. Desde el principio de la relación le aclaré que no permitiría que me levantara la mano, ya que no sabía que había otras formas de violencia mucho más sutiles que una cachetada.

El primer año pasó apacible. Me encantaba estar con él, aunque era un poco celoso. Pero ¿Qué tenían de malo algunos celos? No le hacían daño a nadie en ese momento. Total él me cumplía todos mis caprichos, de a poco, me mal acostumbré a que me diera todo lo que quería.

En el segundo año todo cambió, pero fue tan paulatino que ni me di cuenta hasta el final.

Las frases más comunes en nuestras conversaciones eran:

“No quiero que salgas de noche”

“¿Qué vas a hacer con las putas de tus amigas?”

“Sabes que soy celoso, no te juntes con chabones”

“Sos ‘bisexual’ nada más para hacer que me ponga celoso también de las minas”

“Ese short es muy corto, anda a cambiarte putita”

“¿Por qué no me avisaste que ibas a salir?”

“No vas a salir con esa mina porque es una borracha de mierda”

“No empieces con tus lagrimitas y tu drama”

“No quiero volver a verte con ese escote en la calle”

“¡Qué me vas a dejar! Nunca vas a encontrar a nadie como yo”

“¿Ves? ¡Después me decís que no te controle! ¡Con las cagadas que te mandas cuando salís con tus amigas!!”

Y la lista sigue y sigue. Quería saber todo lo que hacía, mis contraseñas, mis horarios, con quién me juntaba. Quería que dejase de hacer actividades extraescolares porque “nunca tenía tiempo para él”. En todas las discusiones yo terminaba siendo la culpable. Me sentía inútil, sumisa, impotente. Sola, muy sola aun estando con gente. Entré en una depresión que no me dejaba ser yo misma, ya no era ni alegre ni amistosa. Me volví insegura y retraída. Odiaba mi cuerpo, me odiaba profundamente.

A pesar de todos los problemas que me hacía, tenía un mejor amigo. Siempre me gustó un poco, pero estaba súper enamorada de mi novio, enceguecida. Este mejor amigo estuvo en todas, y siempre se me insinuaba. Un día, por Whatsapp, le confesé que me gustaba desde siempre. Él se lo tomó muy en serio e instó engañar a mi novio. Debí haber dicho que no, debí haber hecho las cosas bien, pero me ganó la tentación. Yo siempre borraba nuestras conversaciones, peor una vez no lo hice y Alejandro vio los mensajes. Algunas veces me había agarrado de las muñecas o me había intimidado. Pero no me vi venir la cachetada de revés, ni el tirón de pelo que me hizo caer al piso, ni su mano rodeándome el cuello. Nunca me había dado cuenta de ese odio, de ese rencor que siempre tenía en la mirada. Me asusté, grité y lloré pidiéndole perdón para que me soltara. Mi hermano y mi papá lo sacaron a la rastra mientras me gritaba que nunca me iba a olvidar de él, que era una zorra, y otras cosas que calaron hondo en mi corazón. Mi “mejor amigo” nunca dio la cara.

Es al día de hoy que no lo puedo sacar de mi cabeza. Todavía me lo cruzo en la facultad y trato de evitarlo siempre que puedo. Con el tiempo volví a reírme y a confiar un poco más en la gente. Pero sigo siendo insegura y dependiente de la gente a mí alrededor.

Espero poder sacarlo de mi mente y mi corazón alguna vez.

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