La primera vez que mi pareja me lastimó, fue en la calle. Me levantó y me tiró de espaldas, cual luchador, contra el concreto.

La segunda vez que me golpeó fue en presencia de mis padres, quienes sólo se limitaron a observar lo que ocurría. Él me azotó contra la pared muy bruscamente, al intentar defenderme y devolverle el golpe, mis padres me detuvieron como si yo fuese quien actuó mal.

Así hubo muchas más, pero la última vez hizo que me diera cuenta de lo que ocurría, dado que fue frente a mis hijos y varios testigos. Él terminó amenazándolos a todos. Para ese entonces ya había perdido la cuenta de cuantos insultos y cuanta humillación padecí.

Con el tiempo me hice fuerte, algo fría y sumamente desconfiada, pero nunca me he permitido sentir lastima de mí. Eso sería negar que aprendí a no ser víctima.

Hoy en día vivo tranquila. Aunque los problemas económicos sobran, lo importante es que respiro tranquila y sonriente, siendo yo, sin que nadie me impida serlo.

La sensación de esclavitud se fue, es realmente fabuloso.

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