Empezamos a salir cuando yo tenía 13 y él 16. Creía que era el hombre de mis sueños, lo único que me daba miedo era la diferencia de edad, y tenía razón.

Siempre se hacía rogar, me plantaba, me citaba en la casa y llegaba horas después para luego pasarse la noche jugando online. Me decía que no me vaya, y yo me quedaba ahí sentada, mirándolo divertirse.

Cuando estaba con sus amigos y yo quería saludarlo, me apoyaba el cachete. Mientras tanto, yo rechazaba miles de salidas con mis amigas, esperando para ver si él tenía planes conmigo. Pero nunca los tenía, y siempre era tarde para armar mis propias salidas.

Si él tenía que estudiar, yo me daba a hacerle compañía porque no iba a saber qué hacía yo realmente. Así que esperaba horas en aquella habitación, con la televisión en mudo para no molestarlo. Y cuántas cosas más que me hicieron sentir la nada misma, desvalorizada. Lo que más me afectó fue que alejó a mis amigas por completo. Además de eso, me hacía llorar todos los días y me gritaba por cualquier cosa, cosa por lo que mi madre nunca intervino, sino que trataba de averiguar qué había hecho yo. Por él perdí clases y exámenes de la escuela, y hasta instaló en mí el celular una aplicación que me rastreaba

Al llegar mi primera vez, él no fue ni atento, ni cariñoso, ni tampoco cuidadoso. Gracias a Dios no estaba bien dotado, porque me dio vuelta sin preguntarme, me puso el cuatro y me apoyó la cara contra el apoya brazos del sillón. Me dolió aquella mejilla durante varios días.

Una vez discutimos y tiró su guitarra arriba de una mesa ratona, del otro lado estaba yo. Marcó la mesa, rompió un florero y me asustó a morir. Cuando me fui, me tiró un zapato, pero justo llegué a cerrar la puerta. En otra ocasión, como salí a bailar, me llamó miles de veces y me inundó a mensajes agresivos, intentando así arruinar mi buen rato. La idea de separarnos era extrañarnos, dejar de molestarnos y estar bien, pero esos mensajes me partieron el alma. Había confiado en él, mi corazón, mi razón y mi cuerpo, perdí tantos momentos de mi adolescencia por él, y así me lo reconocía, haciéndome sentir vulgar, sucia, sola. Como no le atendía, siguió llamando y apagué el celular. Pero se le ocurrió llamar a mi casa y decirle cualquier barbaridad de mí a mi mamá durante la madrugada. Ella, desesperada porque mi celular daba apagado, llamó a la policía.

Un día, estaba hablando tranquilamente con un chico, fue directo a agredirlo. Los amigos de aquel chico quisieron defenderlo y saltaron también los amigos de mi ex. Ahí estaba yo, tratando de calmarlo, pero lo único que obtuve fue un cabezazo en la frente. Volví a mi casa aturdida, y él con la nariz sangrando porque también recibió un cabezazo cuando uno de ellos le dijo que yo era una puta. Su madre me culpó por esa pelea y nadie nunca me pidió disculpas por el golpe que yo había recibido gratuitamente.

Mi mamá me negó ir a hacerle una denuncia y pedir una restricción perimetral. Tal vez si lo hubiese hecho, hubiese cortado mucho tiempo antes.

Una amiga mía lo vio besando a otra chica y él le ofreció plata para que se calle ¿Qué clase de chico de 16 años hace eso?

En una ocasión, estábamos teniendo sexo, y como me hizo doler, quise parar, pero me agarró del cuello. Discutimos y cuando al fin me soltó, me dijo que en ese tiempo podría haber terminado.

Me volvió loca, le agarraban ataques de pánico y se tomaba no sé cuántos alplax. Para colmo, se quería ir en la moto y dejarme sin saber si se iba a matar o no.

No es una historia tan fuerte como muchas de las que leí acá, pero me hizo sentir diminuta, sola, con miedo y me marcó por mucho tiempo.

Ya no tengo miedo de que los hombres sean todos así, mi marido es un sol y odia cuando se me cae una lágrima. Pero sigo odiando lo mucho que me hizo crecer, los momentos que perdí.

Agradezco haberme despegado a tiempo y no tener hijos con él, y dios sabe a qué punto podría haber llegado sus actitudes psicópatas y su violencia.

(Visited 925 times, 1 visits today)