En cuestión de hombres, mi vida ha sido un cúmulo de eventos desafortunados.

Desde antes de nacer, ya me habían hecho daño: mi padre me abandonó antes de si quiera haberme conocido. Al crecer, lejos de recuperarme de las malas experiencias, éstas abrieron aún más la herida.

De pequeña fui abusada por un primo que se divertía jugando conmigo al doctor. Todavía no puedo entrar en detalles con esta experiencia, así que procuraré contar mi vida a partir de los 14 años.

Comenzó todo con mi primer novio, el de la primaria, ese que supuestamente es un amor puro e inocente, resultó ser para mí una experiencia de humillación y falta de respeto. Engaños, mentiras y destrato, consiguieron que me aleje de ese “amor” tan rápido como llegué a él. Uno podría suponer que de esas experiencias uno aprende, pero no fue el caso.

A los 16 me enamoré de un muchacho 10 años más grande que yo, lo cual se repetiría en mis siguientes parejas como un patrón. Con este amor, aprehendí la angustia de la opresión. El primer año, comenzó a manifestarse lo que luego sería la violencia física: no podía siquiera visitar sola a mis amigas. Pasaron los años y esas situaciones se convirtieron en persecuciones, debía llamar desde el teléfono fijo de mi casa a su celular cuando volvía de trabajar (debía ser desde el fijo para que me crea que estaba allí), no podía tardar más por nada del mundo, no podía irme de su casa cuando discutíamos y es por ello que un día, porque me quise ir, apretó mi cuello hasta que me desmayé. Para que no me fuera, para que haga lo que él quisiera. Y así, me vi marcada por él y por el siguiente: un hombre que cuando dije que no quería, me obligó, y que cuando quise dejarlo, me amenazó de muerte.

Elegí estar sola, por un tiempo, para sanar el dolor y renacer.

El tiempo pasó y conocí a Mateo quien, en ese momento, era el amor de mi vida. Él era lo que siempre desee: amor, dulzura, ternura, proyectos, sueños, felicidad. ¡Al parecer, había sanado! Pero no fue así, lejos, muy lejos de los horrores del maltrato que había vivido, me encontré con una nueva forma del mismo: los dos lo amábamos a él. Y con mi poca autoestima permití que me convenciera de que el que importaba era solo él, y me olvidé de quien era yo. Sufrí, me deprimí y pasé días sin comer, a causa de su manera poco ortodoxa de manejarse conmigo. Sobre todo, por esa vez, en la que me dejó y apareció públicamente con otra mujer, para luego volver a buscarme como si nada. Como deben suponer ya, accedí, volví y me dejé pisotear anímicamente hasta que lo pude soltar. Lo solté porque, el día en que le diagnosticaron cáncer a mi madre, Mateo prefirió quedarse ensayando con sus amigos antes que venir a apoyarme en aquel duro momento.

Salí, solté, crecí, me animé a amar nuevamente. Y me equivoqué.

De pronto se unieron todos los males en un solo ser: humillación, maltrato, golpes, destrato, gritos, prepotencia. En esta relación, siempre la culpable fui yo. Para él, yo era una loca, una desquiciada, una pendeja, una puta, una mentirosa, una caprichosa. No me importaba nadie, y nunca hacía nada por él. Me usaba para su conveniencia y cuando no yo “no era las vacaciones que él merecía”, entonces no servía para nada. Y no lo quería, y era una egoísta, si sufría, o si tenía un mal día, todo era mi culpa. Si discutíamos, siempre era mi culpa. Si él estaba enojado, también era mi culpa. Y nunca jamás nada podía refutarle, porque era peor. Y así me vi hundida en mi propia miseria. Me daba pena yo misma, me pensaba y lloraba porque me deprimía mi existencia, el lugar que me estaba permitiendo ocupar en el mundo.

Hasta que, por primera vez, elegí por mí: empecé terapia y comencé el proceso de sanación, en mí. Por mí. Conmigo.

Acabo de empezar a curarme el alma. Espero conseguirlo pronto.

Y espero que vos, que estás leyendo esto y sentís que estás como yo, también lo puedas conseguir.

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