Esta carta es para vos, que durante meses me heriste y trataste de hundirme más de lo que ya estaba.

Me fui a estudiar a una ciudad extraña, la cual padecí aquellos 10 meses, hasta que decidí volver a mi casa con mis padres y mis hermanos. En ese momento te conocí, yo estaba pasando por una gran depresión y vos estuviste ahí siempre. Desde el primer momento supe que no íbamos a llegar a ningún lado, estábamos 2 días bien y 10 mal.

Nunca entendiste realmente lo mal que estaba ni tampoco lo que sufría cuando vos te matabas de risa en mi cara. Todo lo que vos esperabas de mí nunca iba a estar, porque jamás te enamoraste de como yo era, te enamoraste de lo que vos querías que sea.

Fuimos hasta a la psiquiatra que me trataba, para que entiendas lo que me pasaba, pero aun así me dijiste “yo no voy a ir a terapia de pareja”. ¿Terapia de pareja? Me estaba muriendo por dentro y vos encerrado en tu cabeza de enfermo y manipulador.

Si salía me tenía que olvidar de estar bien al otro día, ya que vos podías ir a todos lados, pero si yo iba a boliches era una puta que buscaba a alguien porque “las personas que van a bailar, van de levante”. Hasta me decías que, si de verdad no iba a ver pibes, que vaya vestida con la ropa que usaba de tarde y que no me pinte.

Violencia psicológica hubo siempre, si me llevaba el novio de una amiga con ella a tu casa después del boliche, me puteabas. “¿No ves que sos una imbécil? me das lastima, me das asco. Mírate toda borracha, puta de mierda. Dale pasá, idiota”.

No puedo creer lo que me deje hacer por vos. Destruiste mi confianza, mi autoestima y mi seguridad, te llevaste todo y me dejaste el pensamiento de que sin vos no soy nadie. Me dejaste inseguridades, pusiste a toda mi familia en contra, me dejaste la imagen de mis viejos teniéndome de piernas y manos, dándome rivotril para que me tranquilizara porque estaba loca por buscarte cuando te habías “enojado”.

Recuerdo que me dijiste que te de mi celular y te contesté que era la privacidad de cada uno. A lo que respondiste: “yo no tengo privacidad con vos, somos novios y no tenemos que tener privacidad”.

Millones de veces me fui corriendo a mi casa desde la tuya, sin rastros de seguirme por si me pasaba algo. Me querías, me celabas todo el tiempo, pero me odiabas, y esa locura por un momento me atrapó. Me fui metiendo cada vez más en algo que no podía salir.

Te reías de mí en mi cara, nunca te olvidabas de comentar cuánta lástima te daba que siempre esté con el celular, que mis amigas eran unas putas y que mis viejos eran una basura.

Me tratabas mal enfrente de tu hermana, de tu mamá y hasta de tu papá y su esposa. Yo contenía las lágrimas y cuando no daba más, me iba a mi casa a llorar. Pero, como siempre, vos te enojabas porque yo “era muy sensible” y me convencías de que “no era para tanto”.

Te mentía, por miedo, porque siempre me tratabas como alguien inferior, siempre vos estabas arriba mío y nunca podía llevarte la contra ni decirte absolutamente nada.

Lo último fue cuando volví del boliche a tu casa y me mandó un mensaje un pibe, al cual le había dicho que “no” toda la noche. Le respondiste como si fuera yo, le pusiste lo que se te cruzó por la cabeza y después de eso me agarraste del brazo y me ahorcaste. Vomité, y obviamente, me puteaste porque te había ensuciado la cama. Después de eso, como apague mi celular por un par de días, salí del consultorio de la psiquiatra y ahí estabas, con una carta en la mano y con un perdón que ni bien cediera mi respuesta se iba a evaporar como todos los “te amo” que me decías.

Terminamos porque me aseguré de ser lo que vos más odiabas y logré que no quisieras estar más conmigo. Después de eso, me cruzabas por ahí y ni saludabas, hasta hace poco que tuve que pedirte por favor que me dejaras de molestar.

Me querías convencer que habías cambiado, que porque te fuiste de viaje eras distinto, hasta que me empezaste a decir que ya me iba a caer la ficha. Y sí, me cayó la ficha de que con gente basura como vos no pienso relacionarme nunca más.

No sé cómo aguante, como el cuerpo y el alma me dieron para tanto, pero hoy puedo decir, después de todo, que la vida se encarga de poner todo en su lugar.

Te escribo esto y sé que jamás lo vas a leer, como también sé que jamás voy a decírtelo, pero estas marcas que dejaste en mí nunca se van a ir. Las dejo en el pasado, pero siempre van a salir.

Me dejaste la mente enferma, y si bien vos eras el enfermo, yo fui más enferma por dejarme hacer lo que me hiciste.

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