Tengo 30 años, y aun viviendo con mi novio, mi vida sexual es casi nula. Nunca he hablado de esto con nadie y recién empiezo a pensar que es el motivo por el cual no disfruto mi sexualidad como debería.

Cuando era pequeña convivía mucho con un primo, teníamos la misma edad y ambos éramos hijos únicos. Lo quería tanto, era mi ejemplo, el hijo perfecto a los ojos de mi abuelita, era el que ayudaba, el que tenía beca por buenas calificaciones, el que no pedía juguetes, el que obedecía…

Un día, viendo la tele, dijo que “mis nalgas se veían deliciosas”. Teníamos 7 años. Luego se metió la mano al pantalón y me dijo: “mejor aprende conmigo que con alguien que no te quiera”. No sé por qué acepté. En cuanto me puse boca abajo y empezó a frotarse en mí, sentí asco, pero no dije nada porque me daba miedo gritar y que alguien en casa nos escuchara.

Nunca tuvimos relaciones, pero hubo un par de episodios más de ese tipo. Siempre sentí asco e igualmente le decía que sí. Al final, ya era incapaz de detener la situación.

Pasaron los años, y de visita en casa de la abuela, mi primo más pequeño me dijo: “tus nalgas se ven deliciosas, quiero que me enseñes porque te quiero”. Con 13 años, me quedó claro de cómo y por qué, mi primo más pequeño conocía es frase.

Deje de ver al primo más grande con el que crecí cuando cumplí 18. Se volvió alcohólico, drogadicto, violento, dejó la escuela y está distanciado de toda la familia.

Escribiendo mi historia, caigo en cuenta que, probablemente, él aprendió eso de otra persona. Me apena un poco pensar que él lo vivió con anterioridad.

No entiendo por qué aceptaba, pero sé que un día dije “no” y no volvió a ocurrir. Pero erróneamente lo enterré y asumí que nada pasaba.

Ahora entiendo que no es así.

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