Cuando era muy pequeña mi familia y yo vivíamos en casa alquilada. Una noche, cuando mis padres salieron a comprar, mi hermana pequeña y yo nos quedamos durmiendo. Fue entonces que el hijo del dueño de la casa entró a nuestro cuarto. El chico se dirigió hacia mí. Mientras seguía haciéndome la dormida, él acariciaba mi cuerpo, me subía la falda y sacaba mi trusa. Cuando estaba a punto de quitarse los pantalones, mis padres llegaron. Yo me encontraba aterrada. Lógicamente, decidieron que debíamos mudarnos.

A mis 8 años, mis padres estaban separándose y mi primo de 16 años vivía con nosotros. Una una noche que no estuvieron, mi primo vino a mi cama y me despertó. “Vamos a jugar y tienes que obedecerme en todo para que te diviertas”, dijo. Entonces empezó acariciarme y dijo que lo imitara, primero me tocaba el rostro, luego mis brazos, mis piernas, y posteriormente comenzó a tocarme la vagina con una mano, mientras con la otra, me sacaba el pantalón. En ese momento, quedé pasmada. Al bajarse el pantalón, me pidió que me arrodillara y me introdujo sus genitales en la boca. Terminó y se fue. Nunca más me volvió a tocar.

Muchas veces intenté suicidarme porque me sentía sucia, una persona que no valía nada y que nunca podría ser feliz. Ya a mis 11 años podía afirmar que en aquellas dos ocasiones, murió una parte de mí. Pero cuando ya esperaba ansiosa mi muerte, llegó mi madre con una sonrisa enorme y me preguntó qué hacía sentada en el suelo. Sólo atiné a ir al baño y vomitar lo que había tomado.

Dos años más tarde, cuando tenía 13, mi madre recibió en casa al hijo de su hermana mayor. Como ella salía a trabajar por las noches, mi primo aprovechó para acercarse a mí. Estábamos mirando una película y me abrazó fuerte mientras me susurraba al oído que vayamos a otro cuarto. Me violó, sentí como algo se rompía dentro de mí y la sangre comenzó a brotar. Él se asustó y me dejó ir. Yo no sabía qué hacer ni qué había pasado, creí que venía mi menstruación, pero no era así.

Esta es mi vida. No soy la única que ha pasado por este tipo de situaciones, pero nunca he podido contarlo enteramente. Con mis 24 años y un año de terapia conté apenas esbozos porque mi psicóloga cambiaba de tema al escucharlo. Y eso es lo que pasa cuando intentas contárselo a otras mujeres, te cambian de tema y no quieren seguir escuchando. Algunas personas me dijeron que es mejor olvidar y que me lo tomara como una pesadilla. Pero en mi mente siempre me pregunto cómo continuar si no valgo nada.

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