Lo conocí hace tres años. Era ese hombre ideal que prometía una familia, amarme y respetarme para toda la vida. Y todo fue así hasta que empezó a pegarme. Lo curioso es que no recuerdo la primera vez que lo hizo, por más que haga mucha memoria no logro hacer volver ese recuerdo, pero sí recuerdo que se hizo costumbre.

Yo nunca le di razones para sospechar de mí, por eso sus golpes tenían motivos absurdos: si le iba mal en el trabajo, me pegaba; si perdía en un juego, me pegaba; si la comida estaba fría, me pegaba. Nunca me pude olvidar de la vez que se enojó porque perdió en un juego de computadora. Me hablo de forma prepotente y respondí, entonces me tiró a la cama, me agarró de los pelos y me dijo: “yo te voy a terminar matando”.

Ese hombre me enfermó y me bajó a su altura de tal forma que no podía irme, quería pero no podía. Sentía que lo amaba mucho y sabía que todo lo hacía por la mala infancia que había tenido, ya que sus padres habían sido abusivos. Así que empecé a buscarle ayuda. Él accedió, y me dijo que quería hacerme feliz. Le conseguí una psicóloga y empezó a ir, pero al poco tiempo de haber mejorado, me dejó.

Lloré mucho y hasta me pareció injusto, pero luego comprendí que él no me amaba sino que estaba obsesionado conmigo.

Hoy en día creo que uno de los peores errores de mi vida fue no haber huido de esa relación al primer golpe. Me hice pedazos para reconstruir sus errores y sigo pagando las consecuencias. Los golpes físicos duelen en el momento, pero los psicológicos dejan cicatrices que aún siguen latentes.

 

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