Tenía 16 años y estaba en la fiesta de 15 de una de mis amigas de danza. Esa noche no quería salir, mi humor no era el mejor porque días tras le habían diagnosticado cáncer a mi mamá. Pero fui igual, por compromiso. En esa fiesta conocí al hombre que arruinó mi adolescencia, se llamaba Felipe y en ese momento pensé que era el amor de mi vida.

Felipe era pariente de mi amiga, pero no era de mi pueblo. Situación que llevó a que, a 15 días de la fiesta, volviera al pueblo para verme y me proponga ser su novia. Aunque me parecía muy rápido, acepté porque me sentía sola y pensé que él sería una especie de salvavidas.

En su segundo viaje conoció a mi familia. Rápidamente tomó confianza y se pasaba casi todo el día en casa, aunque para la hora de dormir, volvía a lo de su tío. Todas aquellas primeras visitas fueron lindas, hasta que pasaron 3 meses y llegó mi último año de secundaria.

No recuerdo cuál fue la primera señal, pero llevo tatuado en las retinas a mi mamá pidiéndome que lo deje mientras yo lloraba porque me había llamado “puta” porque un chico me puso me gusta en una foto de Facebook. Ella me lo pedía seguido: “déjalo, no hay forma de que terminen bien”, pero yo no la escuchaba. En aquel momento no quería llevar más problemas a mi casa, todo era un caos. A mi mamá le estaba costando mucho pelear contra su enfermedad y yo me desvanecía frente a ella, totalmente cegada por Felipe.

Cuando venía a visitarme, no me dejaba usar polleras o algo que fuera corto. Si veía a alguien mirándome en la calle, iba y les pedía que dejaran de hacerlo. Una de esas tardes, tenía mi Facebook abierto y justo me habló un chico. No sólo me calificó de puta nuevamente sino que se sentó a contestarle haciéndose pasar por mí. Yo ya no sabía con qué cara salir a caminar por las calles de mi pueblo, estaba muy avergonzada. Otra noche salimos a un boliche y yo, lógicamente, quería pasar el rato con mis amigas. Le pedí que fuera a divertirse con sus primero pero no lo hizo, se sentó en la barra solo y comenzó a llorar. Lo ignoré porque decidí no dejar que me arruinase la noche, me quedé y planeé volver a mi casa sola. Cuando me vio atravesando la puerta del boliche, me tomó del brazo muy fuerte. No me soltaba. Tuve miedo y grité. Comencé a pedirle con voz muy alta que me suelte hasta que se acercó un policía, me preguntaron si estaba todo bien y le pidieron a Felipe que se fuera. Yo les dije que no había problema, que sólo era una pelea boba, pero mientras, me temblaba todo el cuerpo. Cuando estábamos llegando a mi casa comenzó a decirme que en el boliche no sé quién me había mirado. Tomó mi celular, sacó el chip y lo tiró en un baldío. No recuerdo cómo reaccioné, siento que entré en shock.

Este tipo de historias se repetían todo el tiempo. Felipe ya me había borrado a todos mis amigos hombres de Facebook. Cuando yo salía a bailar sin él, me decía que si no le mandaba mensajes durante toda la noche.

Luego de 6 meses, la salud de mi mamá se complicó aún más. Recuerdo que lo llamé llorando y lo único que él hizo fue preguntarme quien era tal chico que me había agregado a Facebook. En ese momento me di cuenta que él no era mi salvavidas, sino quien me estaba ahogando.

Ese fin de semana Felipe decidió viajar a mi pueblo, pero yo estaba tan concentrada en el tratamiento de mi mamá que no me interesaba verlo. Le dije que cuando yo esté disponible, le hablaba. Él no me creyó y fue a todas las casas de mis amigas preguntándoles si sabían dónde estaba, y les rogaba que le cuenten si estaba con otro. En ese momento ellas se preocuparon por mi relación, pero mi cabeza ya estaba más allá de eso. Ese fin de semana fue la última vez que nos vimos como novios porque fue a mi casa y cantó una canción espantosa adelante de todos mis familiares. Me dio asco que se vendiera como un novio ejemplar.

Un mes más tarde, me mandó un mensaje que decía: “esto se terminó”, y lloré desconsolada delante de todos mis compañeros sin saber que me estaba haciendo un favor. Le respondí preguntándole por qué y dijo que necesitaba tiempo. Luego de eso recibí una catarata de mensajes durante una semana insultándome y amenazándome con que iba a suicidarse. No me importó. Gracias a mi mamá y mis amigos entendí que era tóxico.

Una noche mis amigas me invitaron a salir a un boliche que está a unos 20km de mi pueblo y ahí estaba Matías. Lo vi y le dije a mi mejor amiga que me encantaba. A los días este chico me mandó una solicitud de amistad y comenzamos hablar y vernos. Cuando Felipe se enteró, la situación empeoró: no solo me mandaba mensajes insultándole y amenazando, sino que en una caja me mandó todos los regalos que le hice rotos y las cartas que le escribí prendidas fuego. Pero ya no me nada de él. Con el tiempo se calmó hasta que reapareció mandándome mails. Jamás se los respondí. Tiempo después le mando un mensaje por Facebook a Matías diciéndole que yo era puta, pero a él tampoco le importó porque fue mi novio durante dos años, enseñándome a ser mi propio salvavidas y brindándome su compañía.

Ya pasados 5 años de nuestra relación, Felipe sigue mandándome mensajes por las distintas redes sociales. Me invita a tomar algo o me envía imágenes que le recuerdan a mí. Evidentemente tiene una visión distorsionada de nuestra relación, ya que para mí, fue lo peor de mi adolescencia.

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