Conocí a Mauro un día en Parque Chacabuco y desde ese entonces, empezamos a salir.  Todo fue muy rápido. Recuerdo la primera vez que fui a su habitación, nunca había visto un lugar tan sucio. El suelo era de madera, pero estaba tan cubierto de tierra y basura, que ni se notaba. Lo primero que se me pasó por la cabeza cuando vi eso fue: “si así está su casa no me quiero imaginar cómo estará su cabeza”, pero no le di mucha importancia.

Él no tenía amigos ni hablaba con su familia, y con el tiempo, me di cuenta que tenía una gran adicción por la cocaína, aunque al principio me lo ocultaba y pensaba que la que tenía ese problema era yo. Al poco tiempo de que empezáramos a salir empezó a hacer un trabajo muy fino en mi cabeza para aislarme de mis amigos y de mi familia, diciéndome que juntarme con ellos era un gasto de energía innecesario y que no me cuidaban ni me querían. Se pasaba horas haciéndome la cabeza de una manera tan sutil que yo no me daba cuenta.

Un día fui a comprar ropa con una amiga y cuando volvía me iba a encontrar con él en el parque, yo salía del subte y lo esperaba en la puerta. Cuando llegó, estaba enojadísimo. Me dijo que me había visto bajar de un auto con tres hombres y que lo estaba tomando por idiota, además de cagando. Lo dejé pasar por que después se excusó diciéndome que su ex novia le hacía esas cosas y que le había dejado una especie de trauma. Me dio lástima.

El día de mi cumpleaños iba a ir a una fiesta con mis amigos y él no quería ir porque no le caían bien, pero al final terminó viniendo. Fue de las peores noches de mi vida. En un momento fui al baño y cuando volví me empezó a decir que lo estaba tomando de pelotudo, que sabía que no había ido al baño porque me vio con un tipo. En ese momento se me puso la piel de gallina y me dio mucho miedo porque terminé de entender que estaba loco. No le respondí. Entré en shock y me escapé de la situación, salí del lugar y me fui a mi casa. Al otro día me despertó mi mamá preocupada contándome que Mauro estaba hace ocho horas en la puerta de mi casa esperando a que yo salga. Tuvo que salir mi papá a echarlo.

Tiempo después me enteré que estaba embarazada de él, pero me practiqué un aborto. Al tiempo me junté con él nuevamente porque necesitaba su apoyo, pero hoy en día no me entra en la cabeza que clase de apoyo podía esperar de una persona tan enferma de la cabeza. Obviamente nunca me apoyó de ninguna manera, al contrario, empezó a tratarme peor. Pero todo eso no me bastó para dejarlo y volví con él.

La última vez que lo vi, estábamos sentados en una esquina y me dijo que tenía ganas de coger. Me levantó la pollera y le dije que no. Él seguía insistiendo y en un momento le grité: ¡para, loco! ¿Qué querés, violarme? Su respuesta fue que sí, seguida de una carcajada. Más tarde se agarró a las piñas con unos chicos que pasaban por la calle y después me empujó y me tiró del pelo a mí. Esa fue la gota que rebalsó el vaso. Nunca más lo volví a ver.

Meses después, charlando con una amiga, caí en que una vez sí llegó a violarme, pero lo negué por mucho tiempo y lo naturalicé como si hubiera sido con consentimiento.

Hoy en día estoy bien gracias a mis amigos y familiares pero dejó secuelas bastante feas en mí.1

(Visited 217 times, 1 visits today)