Ésta historia es absolutamente verídica y marcó tanto la vida familiar de mis hermanos como la la mía, aunque supuestamente quedó en la historia y son pocas las veces en que sacamos el tema. Aunque son cosas de 40 años atrás, en realidad, están presentes siempre, y más en mi que fui protagonista directo de lo ocurrido.

Mis padres, Juan Antonio, mecánico de maquinas de oficina y Blanca, modista, se casaron en 1953. Mi padre era español y estuvo en la guerra civil española, donde perdió a su familia. Vino exiliado a Argentina en 1950 donde, un año después, conoció a mi mamá. Mi padre nunca superó lo vivido en esa guerra civil y su recuerdo lo atormentó toda su vida. Conformaron una típica familia de clase media baja argentina, ambos trabajaban en forma independiente por lo que a veces había algo de dinero y en otras no. La familia marchaba dentro de lo esperado, llegaron los hijos rápidamente , mi hermano Raúl en 1954, Alejandro en 1955 y yo en 1958. Pero, lentamente, los problemas comenzaron, papá nunca se adaptó a la Argentina, y volver a España era imposible mientras estuviera Franco, además de no tener más familia (muertos en la guerra). Así, de a poco, se convirtió en alcohólico.

Mi niñez, como nos pasa a la mayoría, es un lindo recuerdo lleno de juegos y alegría, totalmente inocente. El sexo no me importaba en absoluto, mi mundo era la escuela y el fútbol, el cual jugaba todas las tardes en los baldíos de mi barrio. Pero todo se interrumpió a los nueve años, me costó reconocerlo, pero allí se acabó mi inocencia.

Como dije, por las tardes jugaba al fútbol, y al regresar a casa tenía tierra hasta en las orejas, por lo que mi madre me mandaba a bañar. Al principio todo bien, no había necesidad pero mamá me lavaba el cabello, el cuerpo, las piernas, y riéndonos ambos, me lavaba los genitales. A medida que pasaban los días, y los baños, se acrecentó cada vez más el interés de mamá en lavarme, cosa en lo que se demoraba cada vez más. Hasta que comenzó a masturbarme y a practicarme sexo oral.

Todo avanzó rápidamente. Yo estaba seducido, el fútbol me seguía gustando, pero me gustaba más estar con ella cuando estábamos solos. Ya no hacia falta bañarme, ella siempre estaba tocándome, y yo también, bajo su guía hacia lo mismo.

Un año después la sorprendí en la cocina de casa con el panadero. Ella se dio cuenta y sólo me dijo que saliera, yo me quedé mirando cerca y ella sabía, pero siguió. Cuando este hombre al fin, se fue de casa, mamá me pidió que no contara nada y acepté. Me convertí en su cómplice, lo cual le permitió traer distintos hombres a casa. A estas alturas la figura de mi padre estaba totalmente desfigurada, borracho, enfermo con sus pesadillas y enorme cornudo. Lo despreciaba.

Con mi madre nos convertimos en amantes durante los siguientes años. En ese momento, yo tenía 13 años y ella 49. Al principio, tonto e inocente pensé: “bueno, lo que no le da papá se lo doy yo”. Es evidente que no tenía noción de la pedofilia ni de todos los tabúes que giran alrededor de semejante relación.

Al poco tiempo, como sucede en la escuela, me hice amigo de un grupo del curso y empezamos a frecuentar nuestras casas, sobre todo la mía. Mis amigos tenían un interés especial en conocer a mi madre. Ella era una mujer de 1,60 de altura, rubia, delgada y se vestía en casa con sus eternos botones realizados por ella misma, sin mucho gusto. Como una típica ama de casa y de atractivo sexual nulo. Para mis amigos nuevos era entretenido venir a casa porque mamá era muy simpática, hasta que me di cuenta que ella cada sumaba un interés cada vez más explicito.

Una de tantas tardes, estando con mis amigos en casa, nos pusimos a bailar entre nosotros. Mamá dejó de cocer y se sumó a la charla. Los chicos la abrazaban hasta que, de reojo, vi como la tocaban sin disimulo. En conclusión: se acostó con todos mis amigos y conmigo también. Por supuesto, la promesa fue de no contar nada. Duró hasta el otro día y en la escuela se enteraron todos de inmediato. A partir de allí me convertí en el “hijo de puta”, era mi apodo oficial. A ella no le importó.

A todo esto, papá falleció en 1975 y mis hermanos se fueron de casa. Los volví a ver 30 años después, cuando falleció mi madre en 2005.

Esta es mi historia y muy pocos la conocen en su totalidad. Siempre me preguntan porqué no me casé y respondo con algún chiste para cambiar de tema, no se cómo actuarían si supieran la degradante verdad.

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