Se suponía que era el hombre que más me amaba, pero todo era idealización plena. También era un supuesto que yo lo amara de esa forma. ¿Viste cuando la gente te tiene lastima por ser parte de una relación insana? Eso me pasaba a mí.

Mi padre era golpeador. Me maltrató muchas veces por cosas muy tontas, me golpeó en la nariz cuando estaba recién salida de una cirugía. También me dejó una cicatriz en la ceja por golpearme con una correa metálica. Me hizo comer basura y armó una especie de látigo con el cable de un poste de electricidad, me golpeó una sola vez, pero bastó para caer arrodillada y casi desmayada.

A los 11 años ya era una experta en amortizar los golpes para que no me quedaran hematomas.

Siempre me menospreció. Si alguien me decía que era linda, o si yo misma lo decía, él se encargaba de que no pensara más de esa forma. Vale aclarar que soy hija de una miss belleza, de esas que usan corona y hablan de la paz mundial. Pero en mi casa siempre fui la fea, lo cual mi madre abalaba cuando decía, con un dejo de ternura, que cuando me arreglaba un poco, era atractiva.

Mi madre, esa mujer exageradamente hermosa, esperaba a que mi padre llegara de trabajar y le decía todo lo que yo había hecho en el día. Así él se enojaba y juntos podían golpearme. La verdad es que nunca fui una chica tan terrible, solamente muy sagaz y contestona, cosa que hoy en día me permite vivir mejor pues trabajo dando clases y soy muy ágil para hablar y pensar.

Cuando se enteró que no era más virgen, a mis 18 años, me dijo que era una puta y una promiscua. También se encargó de contárselo a mi novio cuando vino a pedirme matrimonio, el cual obviamente canceló. “Si te la querés llevar así usada, llevátela; pero a mí no me la devolvés”, le dijo.

Jamás nadie me incentivó al esfuerzo porque era “lo mínimo que debía hacer”. Siempre fui alumna destacada, de esas que están entre las 10 mejores de la escuela, pero en esa misma en la que el psicólogo citaba a mis padres porque sospechaba de abuso familiar. Citas a las que nadie fue, y las que me condenaron a irme a otra escuela. Por ello, y por el trabajo militar de mi padre, me cambiaron 11 veces de colegio y me mude un montón más. Supongo que así se cultiva el real desapego.

Soñaba con una vida mejor, con alguien que me quisiera. Al fin y al cabo mis padres no eran malos, sino que eran mal amados y nadie puede dar lo que no conoce.

Tuve dos episodios de agresión sexual cuando era niña, supongo que fueron parte del mismo descuido familiar en el que vivía: un vecino me tocó un par de veces cuando tenía 7 años, y un tío abuelo se masturbó encima de mi espalda. Cuando se lo conté a mis padres no hicieron nada, mi madre dijo que era normal lo que hizo mi tío y que lo perdone porque estaba enfermo. La última vez que visité a mi familia vi como compartían y saludaban con cariño a aquel pedófilo, el cual ha violado incluso a sus propias hijas.

A los 18 años perdí un bebé de mi primer novio, Marcelo. El médico me realizó el aborto sin anestesia alguna y me amenazó diciendo que si me desmayaba o gritaba me dejaría así y me moriría desangrada. Luego del procedimiento me fui a mi casa y fingí estar bien, tuve que pasar sola por ese proceso porque Marcelo era cocainómano y claramente tenía cosas más importantes que hacer. De ninguna manera podía tener un hijo viviendo de esa forma, en medio de una familia de golpeadores, donde la única escapatoria que tenía era estudiar. Mi destino con ese bebé hubiese sido quedarme con mis padres o ime con el drogadicto. Por suerte no escogí ninguna de las dos, me elegí a mí misma.

Todas mis parejas fueron violentas o me engañaron de alguna forma, estaba predispuesta a eso.

Lorenzo, mi ex marido, me provocó una crisis nerviosa luego de que me agredió verbalmente durante un largo rato. Logró sacar lo peor de mí y lo golpeé en mi propia defensa, pero lo único que logré fue que él me devolviera el golpe y me dejara marcas. Recuerdo que tuve que disculparme con él porque logró hacerme sentir mal, me decía que yo era una enferma y una violenta que se buscó aquella agresión.

También me dieron una golpiza, tratando de robarme, en la calle. Fue tan brutal que me generó una escoliosis y me tuvieron que operar nuevamente la nariz.

Creo que las padecí todas, si hablamos de violencia de género soy la indicada.

Mis padres me han pedido perdón varias veces, asumen algunas cosas pero jamás tanto maltrato. La última vez que hable con mi papá de ese tema me gritó: “¿Quién te va a querer más que nosotros? Nadie”. Ojalá esté equivocado, creo que me merezco ser amada de mejor forma.

En contra de todo pronóstico que puedan darme, soy una romántica empedernida, soñadora, idealista y monógama. Fiel a mis afectos y buena compañera. Jamás lastimaría a alguien voluntariamente ya que me considero buena mujer. Realmente no sé cómo no habita en mí el rencor y la bronca, agradezco que no suceda. También pude formarme como profesional, estudié mucho y soy buena en mi área, disculpen pero esta vez no voy a tener la modestia de negarlo, valoro mucho mi esfuerzo.

Empecé terapia y estoy mejorando mis lazos, entendí por qué buscaba gente que no me convenía y espero encontrar pronto a alguien que vea más allá de todo lo que me pasó y me trate bien.

Ojala mi historia sirva para que otras personas se sientan identificadas y no permitan que esto les ocurra.

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