Cuando tenía 15 todavía no había tenido contacto sexual con nadie, sólo chapaba. Mis amigas también eran vírgenes, incluso algunas no habían dado su primer beso. Yo era de esas que salían del boliche y se chapaba a tres locos en una noche, la más alocada por decirlo de algún modo.

Por esa época, en una fiesta de disfraces, me frenó un chabón disfrazado de mujer. No sé bien que me dijo, pero la cuestión es que empezamos a chapar. Se llamaba Sebastián, era gordo y alto, siempre me gustaron los tipos grandotes. Yo estaba ligeramente ebria, él un poco más. A los 5 minutos me dijo de ir afuera, salí. Hicimos una cuadra y media, y empezamos a apretar contra la pared. Sus manos recorrían todo mi cuerpo, estaba anonadada, jamás me había pasado algo así. Le dije que baje un cambio, y a modo de respuesta, sacó el pito para que se lo tocara. Yo no entendía nada, en ese momento me sentía grande, pero ahora con 19 años comprendo que era poco más que una nena. Le dije que no quería tocarlo, que se corriera. No me dio bola. Llevó mi mano a su pito y lo tuve que tocar. No recuerdo bien cómo, pero lo convencí de volver a la fiesta de disfraces. Entramos y no lo vi más.

Estaba bastante atontada, no entendía y me sentía mal conmigo misma. Me sentí una provocadora, pero me distraje y no quise darle más importancia al asunto. Claramente no era algo que quería contarles a mis amigas (todas católicas) porque me retarían.

Al día siguiente Sebastián me habló por Facebook, me pidió perdón y me dijo si quería ir a su casa a dormir la siesta. Me comentó que vivía solo. Fui, y en mi vida me volví a sentir tan pelotuda. Fui sin que nadie lo supiera, subimos a la pieza y empezamos a apretar. Me quiso sacar la ropa, le dije que no. Me sacó igualmente la remera y el corpiño, él en dos segundos se desnudó completamente. Yo no quería estar ahí con él, toda mi vida me habían martillado la cabeza diciendo que mi primera vez tenía que ser con alguien cercano, pero jamás me habían dicho que la relación tenía que ser consentida y que se tenía que respetar mi “no”. Así que mi preocupación sólo era esa, que era un desconocido. De haber sido algún amigo no hubiera sido abuso sexual (por más que yo me negara). Como verán por mi forma de pensar, realmente era poco más que una nena. No entendía que estaban abusando de mí.

La cuestión es que el gordo grandote quería coger, lo persuadí diciendo que estaba indispuesta y me dijo que me quería romper el culo. Ahí sí que me negué rotundamente, entonces me llevó la mano y me hizo tocarlo. Me resistí un poco, pero terminé cediendo por mi propio bien porque recordemos que era un completo desconocido. Pensé “si cedo en eso quizás me deje ir”. Empezó a decir “dale un besito, dale un besito” queriendo que le haga sexo oral. Para mí masturbarlo ya era demasiado, había cruzado una línea, no quería hacer eso ni nada más.  Inocentemente había ido a la casa de un chabón que se había comportado como se comportó la noche anterior queriendo solamente charlar. Volqué la culpa de todo lo que me hizo en mí misma y le cedí los derechos de mi cuerpo así que, forzadamente, terminé haciéndole sexo oral. Forzadamente porque me empujó. Cuando estaba por acabar dijo que quería hacerlo en mis tetas, entonces me sentí lo suficientemente asqueada como para tomar coraje, pararme y exigirle que abriera la puerta. “Bueno che, pero no te enojes”, dijo. Me puse mi buzo y en el bolsillo mi remera y mi corpiño, no quería pasar un segundo más de lo necesario ahí. Abrió la puerta y me dio un beso en el cachete. Me fui llorando hasta mi casa. Llegué y me bañé porque me sentía altamente contaminada, después me tiré en la cama y seguí llorando.

No podía contarle eso a nadie, moría de ganas, pero a la vez sentía vergüenza, muchísima, cuando en realidad él debería haberse avergonzado. Me sentía usada y engañada. Me sentí sola.

Pasaron dos semanas y pude hablarlo con una amiga, ella se horrorizó y me juzgó de todas las maneras posibles. Probé con otra amiga y la reacción fue idéntica. A pesar de eso, jamás las juzgué por haberme dado la espalda, porque yo misma me daba la espalda.

Vivo en una ciudad chica y fueron muchas las veces que me lo encontré en la calle. Era una mezcla de sensaciones horrendas. Cuatro meses después me enteré que se mudaba a Buenos Aires, fue la mejor noticia que me podían dar.

En cuanto supe que él se había ido, yo salí al boliche, me levanté a un flaco y tuve mi primera vez. Fue todo consentido. Era un desconocido, pero no me afectó, mi mentalidad había cambiado abruptamente. Ya no me importaba nada, si quería hacer algo lo iba a hacer ¡adiós a los prejuicios sociales! Y como fue algo alegre para mí, se lo conté a todas mis amigas, quienes nuevamente volvieron a juzgarme porque era un desconocido.

Creo que siendo virgen no tenes nunca ganas de coger, pero una vez que lo hiciste sentís la falta de eso. Así que empecé a mantener relaciones casuales con dos chicos más. Los veía a veces, cogíamos y chau. Nada de adornos sentimentales. Y me parece bien, ambos nos dábamos lo que queríamos. Ninguno quería algo romántico. Paradójicamente, fue ahí cuando dejé de sentirme una puta. No era puta, era libre. Realmente hacía lo que quería y era una sensación hermosa.

Cuando yo ya me había acostado con tres locos, Sebastián volvió de Buenos Aires. Y, lógicamente, me buscó. Dudé un poco, pero gracias a mi cambio de mentalidad le dije que sí, que iría a su casa. Seguía sin ver lo que había pasado como un abuso, pero tenía algo pendiente con él y quería cerrar el tema. Así que lo vi, y tuvimos sexo consentido. Esa vez y, al menos, quince veces más. Se convirtió en otro de mis “amores” casuales. Era muy feliz. Después no me acuerdo por qué dejé de verlo y nuestro vínculo murió ahí.

Hoy tengo 19 años. Tuve sexo con 18 pibes en total, me quedó ese hobby de los encuentros casuales, me parece algo muy práctico y provechoso. Lo único triste, es que a los 17 años entendí que mi primer encuentro con Sebastián había sido un abuso, que yo no había tenido la culpa de nada y me pude perdonar. A partir de ese momento el loco empezó a darme asco, pero ya no era la sensación de antes. Ahora sabía que era un hijo de puta y que yo había sido una víctima.

Valoro como algo positivo el haberle hecho frente volviendo a visitarlo y a tener sexo reiteradas veces, porque realmente sirvió para superar lo que había pasado. Sin embargo, después de haber entendido todo puedo decir que jamás volvería a acostarme con él.

(Visited 1.058 times, 1 visits today)