A los 18 años me fui a vivir con mi primera pareja. Él tenía 26 años, era un rasta amoroso y re pacífico.

A las 2 semanas de empezar el noviazgo, salimos a un boliche. Esa noche un chico quiso sacarme a bailar, él se enojó mucho y se puso bastante nervioso. Llegamos a su casa y ahí me dio el primer golpe: un cachetazo, que yo, con mi inocencia de niña, justifiqué pensando que los celos correspondían cuando uno amaba.

Al mes me presionó tanto que me tuve que ir a vivir con él. Al principio le molestaban mis amigos, luego que estudie, luego mi familia. Me golpeó siempre, los 3 años que convivimos. Era vivo. Me golpeaba en lugares donde no podían ver mis marcas (siempre la cabeza). Me ahorcaba, me tiraba del pelo y me agredía verbalmente todo el tiempo. Puta, infeliz, bruta. Me enfermé terriblemente. Anorexia nerviosa. Perdí 10 kilos en meses. 40 kilos, 39, 38, 37… tenía ataques de pánico, terror y ganas de morirme. A los 20 años no pude más, luchaba para vivir, me estaba muriendo cada día un poco más.

A mis 28 años, puedo hablar sin tapujos: si, fui una mujer violentada y golpeada. Sí, me tocó a mí y ya no me da vergüenza asumirlo. Hoy en día tengo a un hombre maravilloso al lado mío, que me banca y lucha por mis derechos a la par mía.

Y a vos, macho, cagón, cobarde: acordate que el universo es cíclico. Te deseo luz, porque sos un ser perverso y oscuro. Te deseo paz, porque no creo que tu mente descanse después de haber golpeado a todas tus parejas (si, a todas). Y te deseo arrepentimiento sincero. No te guardo rencor, pero te recuerdo como lo peor de mí vida siempre.

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