El año pasado iba a un colegio público, pero este año, por cuestiones de la vida, me cambié a uno privado. Ese año mis padres se habían dejado de hablar, por lo que yo vivía con mi papá y mi hermanito en casa de mis abuelos en Avellaneda porque papá había perdido el trabajo.

En el colegio público logré un vínculo bastante profundo con personas que no voy a olvidar e hice muchos amigos. Cuando entré al colegio secundario privado, de entrada me sentía incómoda con el uniforme. Me pesaba y presentía que no iba a encajar. Por empezar, formábamos fila y era algo a lo que yo no estaba acostumbrada, porque en mi otro colegio salíamos y entrábamos a los caballazos. En la fila había que ir formados de menor a mayor y permanecer callados, yo aunque me esforzaba, no lo lograba. Nunca pude amoldarme a ese colegio, me sentía demasiado incómoda y los demás lo notaban. Desde ese entonces, empecé a ser la “rara”.

Para mi mala suerte, una amiga me presentó a un chico del otro curso y yo, crédula, boba y honesta, me fui enamorando de él por la forma en la que me trataba. Nos hablábamos por WhatsApp constantemente, pero mi ilusión se aplacó cuando me di cuenta que él salía con alguien más y se la pasaba hablando mal de mí con los chicos del curso. Él me había dicho que era soltero, que no salía de noche y que se la pasaba en su casa o jugando al fútbol. Pero era todo lo contrario. De un día para otro, me bloqueó de todas las redes sociales. Desapareció virtualmente.

Mi amiga nunca llevaba su celular al colegio y siempre usaba el mío, entonces cuando me lo pidió no me resulto raro. Un día me llevé la sorpresa de que las pocas fotos que tenía con aquel chico, no estaban más. Tampoco las conversaciones. Entonces comencé a hacer lo mismo que ella, no llevar el celular, porque claro, si se lo negaba me amenazaba con no ser más mi amiga y con avergonzarme frente a toda la escuela. Pero a mí ya me daba igual hacer el ridículo o no, así que la bloqueé de todos lados para darme valor a mí misma, como me había dicho mi papá.

Con el pasar de los meces comencé a recibir amenazas por parte de mis compañeros. Me maltrataban, me humillaban y me hacían quedar mal, inclusive en lo virtual. Llegué al punto de inventar excusas para faltar al colegio constantemente porque me hartaba tanto maltrato. Pero mis padres, comenzaron a sospechar y me preguntaban qué pasaba. Quisieron mandarme al psicólogo, pero los convencí de que no lo necesitaba.

Corría la primavera, y con ella, llegaron los días lindos. Pero yo siempre llevaba ropa abrigada para que no se me notaran los moretones y las cortadas que me hacían mis compañeros, porque todo lo que empieza como verbal y psicológico, tarde o temprano, termina en lo físico. Yo informaba esta situación a los profesores y a los directivos constantemente, pero insistían con que debía aguantarlo porque me la buscaba. Y así me obligaron a vivir, aguantando lo inaguantable.

Un día me decidí y le mostré los golpes y cortadas a los directivos. Ellos tomaron medidas, no sé cuáles, pero me pidieron que me retire para poder hablar con los alumnos. También citaron a mis padres y les preguntaron si habían visto las cortadas que me habían hecho mis compañeros, cosa que claramente no había hecho.

La medida que tomaron los directivos fue mandarme tareas a casa que luego debía entregar. Mis padres serían los intermediaros entre el colegio y yo.

Estoy escribiendo esto en noviembre de 2016. Actualmente no estoy concurriendo a clase por el miedo que me generan mis compañeros. Créanme cuando les digo que yo jamás busqué esto. Sé que el año que viene voy a concurrir a una escuela ni mejor ni peor. Sino a algún lugar en el cual me sepan respetar, valorar y querer por sobre todo. Reconozco que a veces es difícil estar conmigo, pero me considero buena persona.

En cuanto al colegio y las tareas debo decir que no tolero estar todo el día allí sin hacer nada, entonces colaboro en casa. Hago la comida, atiendo a mis padres y cuido a mi hermano de 5 años. Lo llevo y lo trago al jardín todos los días. Lavo la ropa, plancho, ordeno y limpio. En breve, soy la consiguiente después de mi mamá.

Esto que estuve viviendo hasta el mes de octubre siempre dejará una profunda marca dentro de mí, y por más que reciba todo el amor del mundo, nunca se podrá olvidar ni remediar.

(Visited 272 times, 1 visits today)