Voy a intentar hacer esto sin llorar. No es fácil revolver sobre esos 18 años de mierda sin que se me acabe el aire, sin que mi corazón se acelere, sin que me entren náuseas.

El primer golpe que recuerdo fue hace 15 años. Un día cualquiera me desmayé, como solía pasarme de vez en cuando, debido a un problema médico. Cuando desperté, mi cuerpo ardía. Mi padre, a quien yo adoraba con la pasión de una criatura inocente, me había azotado con un cable.

Agarraba mis trencitas y metía mi cabeza en una pileta llena de agua como castigo, por no entender matemáticas. Yo estaba en primer grado. También me hacía dormir en el patio en pleno invierno, y otras veces simplemente me ignoraba por completo. Durante meses enteros actuaba como si yo no estuviese ahí, como si yo no existiera. Su indiferencia me causaba mucho dolor.

Esa fue mi infancia. La que él me dio, bajo la mirada aprobatoria de mi madre.

A ella también la golpeaba.

A los 9 años me entregó la etiqueta que me acompañaría el resto de mi vida, recibí mi primer “puta de mierda”. A los 12, ya me golpeaba como si fuese un adulto de 90 kilos, pesando en realidad casi la mitad debido a mis desórdenes alimenticios. A los 15 finalmente se fue. Pensé que todo sería mejor, que mi mamá sería feliz con nosotros cuatro y que entre todos cuidaríamos a mi hermanito de dos años, pero nada fue así.

Mi madre se iba un jueves y volvía un martes. Usaba mis minifaldas. Me demostró que estaba tan mal como mi padre, con sus gritos y desprecios en lugar de puñetazos.

Yo seguía haciéndole daño a mi cuerpo de la forma que podía, no comía y me cortaba.

Fue entonces que lo conocí. Estuve con él durante dos años en los que terminé de perder mi dignidad, mi amor propio y los pocos kilos que había recuperado.

Dos años descubriendo infidelidades y escuchando la frase “voy a cambiar” o “volvé conmigo porque te mato, puta de mierda”. Dos años llamando a la policía para que dejara de agredirme.

Me la pasaba llorando, no tenía amigos ni privacidad. Llegué a pensar nunca nadie iba quererme. El mundo se me venía abajo, hasta que mi mejor amiga, la única persona que me quedaba, me dijo “No puedo seguir así. Chau, te quiero”. Ese fue mi punto de inflexión, no pude permitir que ella se alejara de mí.

Mañana voy a denunciar a mi padre. A mi ex no, porque lamentablemente no tengo pruebas suficientes como para que se haga algo.

Al Estado lo señalo con el dedo, ojalá algún día podamos hacerlo reflexionar. Y a la señora Mirtha, sepa que yo nunca hice nada para que me agredan. Solo nací mujer y creo que eso fue suficiente.

 

 

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