Incluso antes de nacer ya sufrí la violencia por parte de mi papá. A los pocos meses de embarazo, mi mamá, quien sufría de presión alta, se descompensó y presencié inconscientemente, tal vez aún protegida por ella, la violencia de ese señor.

Mi infancia y adolescencia se caracterizaron por golpes e insultos. Incluso algunos con secuelas permanentes. Pero lo que quiero relatar, tal vez para mostrar el ambiente enfermo que se maneja, es un acontecimiento determinado.

Tenía aproximadamente 5 o 6 años, vivía al lado de la casa de mis abuelos maternos. Estábamos todos en la mesa de la cocina cuando alguna tontería desató su furia. En ese momento agarró el arma que tenía guardada y nos gatilló, sabiendo sólo él que el arma no tenía balas. Fueron los peores segundos de mi vida. Al ver esto desde la ventana, mi tío más chico fue a buscar a mi abuelo para que nos ayude. Pero sólo recibimos humillación, ambos se sentaron a tomar café como grandes amigosel grito de “algo habrás hecho” mientras mi madre y yo llorábamos en un rincón.

Hoy lo cuento libre, hace ya 10 años que nos animamos y lo denunciamos. No les voy a decir que es fácil, pero se puede.

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