Estaba pasando por un mal momento en mi vida. Tenía problemas con mi imagen, era extremadamente insegura. Solía ponerme muy nerviosa y vomitar lo que comía. Hasta pasaba días sin comer. Apareció Matías y todo cambió: me trataba como una princesa, me preparaba comida cuando sabía que yo no había almorzado, me repetía todo el tiempo que yo era hermosa. Me convertí en la mujer más feliz de la tierra.

Lo lindo duró 3 meses.

En un momento comenzó a tener problemas con el trabajo y los estudios. Y también conmigo. Me gritaba, me decía que era una tonta, que era insoportable, que no quería estar más conmigo. Y yo, en vez de darme cuenta de que no iba para más, le rogaba que sigamos juntos.

Una noche me vio hablando con un chico en un boliche y quiso ir a pegarle. Lo defendí, me gritó y terminamos discutiendo. Esa noche siguió tomando y cuando llegó a su casa, estaba completamente borracho. Me siguió gritando y se acercó al balcón, como queriendo tirarse. Su mejor amigo, que vivía con él, me dijo que eso era normal en él, que ya se le iba a pasar. Fue la primera vez que vi que quiso matarse y me culpó.

La siguiente fue un tiempo después cuando se quiso cortar las venas luego de discutir un día y terminé en su casa consolándolo. Muchas veces me amenazó diciendo que se mataría para que yo me quedara con la culpa toda mi vida.

La última, la noche después de discutir,  me dijo que yo le hacía tan mal que quería dejar de vivir y que yo tenía la culpa de la decisión que había tomado. Se tomó toda una botella de pastillas psiquiátricas con una botella de whisky. Terminó vomitando todo y se salvó.

Se llevaba mal con mis amigas así que dejé de verlas tan seguido. Mis papás me vieron llorar tantas veces que lo odiaban y yo les mentía cuando lo veía. No me acuerdo cuántas veces cortamos y volvimos. Todo dependía de su humor. Cuando estaba mal por algo o cuando salía, tomaba mucho. Y siempre eso traía problemas.

Los insultos se hicieron cada vez más hirientes. “Estás gorda y fea”, “´tenés que agradecer estar con alguien como yo, no podés conseguir nada mejor”. “Yo no soy así, sos vos que sacás lo peor de mí”, “arruinaste completamente mi vida”. Me hería mucho y yo no podía controlar las situaciones. Terminaba en casa encerrada y vomitando. Un par de veces me dijo que “me deje de joder y vaya a vomitar”. Yo lo perdonaba, estaba convencida de que yo tenía la culpa. Y por nada en el mundo quería que él se haga daño, así que siempre asumía los cargos de las discusiones.

En una oportunidad acordamos que después de las vacaciones no nos veríamos nunca más, pero nos dimos el tiempo para despedirnos. Fuimos a un bar y él tomó de más. Cuando salimos discutimos. Que yo nunca lo invitaba cuando salía con mis amigas y no sé qué. No pensaba discutir, entré a su casa para agarrar mis cosas y cuando me estaba por ir, se desmayó. Me quedé para ayudarlo. Me dijo que me fuera. Me quise ir, volvió a caer sobre el piso. Le dije que debía llamar a un médico. Respondió, con ojos rojos y gritando, que no se me ocurriera hacer eso. Abrí la puerta y esperé el ascensor. Él abrió la puerta, me metió devuelta en su casa y me llevó hasta la cocina.

Me dijo de todo. Agarró mis manos y empezó a golpearse. Le pedí, llorando, una y otra vez que me dejara salir. Me empujó y en un momento se movió y yo corrí fuera de su casa. No tenía cómo salir del edificio. Finalmente me dejó salir. En la calle me agarró fuerte y no me dejó moverme. Me di cuenta de que no podía con él, si él no quería yo no me iba a poder ir.

Me preguntó por qué yo lo estaba dejando y me quiso dar un beso. Yo corrí la cara y él me dijo “¿qué te pasa mi amor? ¿por qué no me querés dar un beso?”. No sé cuánto tiempo duró eso, pero logré llegar a la esquina y paré un taxi. Se subió conmigo. Le pedí al taxista que no lo deje subir, pero él dijo que nos subíamos o nos bajábamos. Supuse que era mejor estar cerca de mi casa y dejé que nos lleve. Me habló todo el viaje y yo no le contesté ni una palabra. A la mitad del camino, abrió la puerta con el auto en movimiento y se tiró.

Llegué a mi edificio y me quedé un rato en el hall de entrada. Al rato lo vi aparecer, tocó el timbre y contestó a mi hermano. Yo salí, le dije a mi hermano que era Matías y él bajó. Matías me pidió que lo ayude, diciendo que había corrido desde donde se bajó hasta casa, que no tenía plata y que se sentía muy mal. Mi hermano me obligó a entrar y yo subí.

No lo vi durante dos meses, en los cuales viví con miedo de encontrármelo.

Lo volví a ver, hablamos y me pidió perdón. No lo perdoné. Luego de hacer terapia y de haberme alejado un tiempo considerable, estoy mucho mejor. Aprendí a quererme y valorarme.

Dependo solo de mí para ser feliz.

(Visited 805 times, 1 visits today)