Tenía 13 años cuando descubrí el amor, o al menos eso creí. Mentalmente era una niña que todavía confiaba en la historias de los cuentos de hadas, pero mi príncipe azul había venido con fallas. Quería tenerme más allá de lo que yo pensaba darle, no toleraba perder el control.

Solía mostrarse amable frente a todo el mundo, pero tenía dos caras. En la intimidad me agarraba de los brazos, me mordía el cuello y trataba de abrirme las piernas a la fuerza para comenzar a rozarse.

En vez de decirme cosas lindas como haría cualquier novio, me decía que estaba gorda. Él no me mentía, expresaba sus verdades aunque fueran duras. Me reprochaba que le gustaba más mi hermana pero que ella no le daría bola, y que por eso estaba conmigo, porque yo era una “pelotuda enamoradiza”. Otras veces me dijo “aprovechá ahora que sino nadie más te va a tocar”. Me convenció que él era lo mejor para mí, que no conseguiría algo mejor. .

Muchas veces intentaba tocarme y me negaba, pero ganaba por insistencia. Lloraba e intentaba moverme mientras él se reía. Cuando se cansaba, me soltaba diciendo que era todo una broma y prometía que no iba a volver a hacerlo.

Volvía como una tonta. Una y otra vez, dejando que me consolara por lo que él mismo me hacía.

Una de las últimas veces fue en la calle. Era de noche y la luz casi no llegaba hasta donde estábamos. Estábamos sentados charlando. En un momento se calentó y se abalanzó sobre mí. Me apretó los brazos y hasta me mordió. Incluso recuerdo que me sangró el cuello tras ese tarascón animal. En un instante logré liberar mis brazos y lo empujé.

Me pegó una cachetada y volvió a tomar control de mi cuerpo. Metió su mano en mi pantalón e introdujo sus dedos en mí. Mis lágrimas caían mudas. El dolor psicológico era intolerable. “Ahora sos una puta más”, me dijo.

Durante varios días no pude orinar sin que me ardiera debido a que me había lastimado con sus uñas. Decidí terminar con él. Mi pequeño cuerpo ya no aguantaba más sus agresiones. Además, había caído en la bulimia, enfermedad que logré superar a los 18 años.

Pasó mucho tiempo hasta que pude deshacerme de él definitivamente. Tuve que soportar llamadas constantes, agresiones, amenazas y persecuciones. Ya ni quería salir de mi casa porque vivía cerca. Tenía miedo de que me lastimara de nuevo.

Nunca le conté a nadie lo ocurrido, por miedo a que me juzgaran.

Aún lloro al verme al espejo y al recordar las marcas que dejó en mi piel, y en mi corazón.

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