Tenía 6 años y como enfrente de mi casa hay un almacén, fui prácticamente toda mi infancia a jugar con la hija del dueño.

A los 14-15 años, el padre de mi amiga (de más o menos 50 años) me empezó a acariciar la mano cuando me daba el vuelto, me incomodaba pero no decía nada. Luego me regaló caramelos. Yo lo aceptaba porque no pensaba nada malo, para mi era el padre de una persona que conozco desde la niñez. De los caramelos pasó a chupetines, y me decía que eran para que piense en el cuando lo comiera. Me decía que me quería chupar todo. Yo no entendía mucho, pero me incomodaba demasiado. Nunca comía lo que me daba, me daba asco.

Un día el almacén fue reformado y la ventana reemplazada por una puerta. Esa tarde mi mamá me dijo que fuera a comprar. Él abrió la puerta y me hizo entrar al local. Se me quiso acercar y le pedí el café que necesitaba. Cuando me lo dio me puso contra la puerta del local, me empezó a decir que me quería hacer de todo, que me quería chupar y se acercaba como para besarme. Me empezó a bajar las manos por la espalda y lo saqué, lo empujé como pude, le tiré la plata y salí rápido. No podía hablar. Apenas salí escuché su risa y que me grito: “¡chau, hermosa!

Se lo conté a mi mamá porque mis amigas me convencieron de hacerlo. Simplemente lo escribí y se lo di llorando porque me daba vergüenza. Ella me creyó.

Tengo 18 años y hasta el día de hoy hay vecinos que me tildan de ser una puta y no me saludan porque lo defienden a él. Nadie hizo nada, siempre que lo veo se mete a su casa o mira hacia otro lado, no puedo evitar sentir asco.
Lo cuento gracias a mis amigas.

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