Mi papá falleció cuando tenía 5 años de edad. Después de esa pérdida jamás me sentí amada devuelta. Él era todo. Mi vieja es hija de turcos y para colmo religiosa. Soy la única mujer de 4 hermanos. El último varón es hijo de otro hombre. Ese hombre se fue y dejó a mi mamá y a su hijo casi al nacer.

Recuerdo que un día él me estaba cambiando después de bañarme, y llegó mi tía. Al ver la situación se enojó mucho. Esto lo pude recordar hace muy poco, en una sesión de psicoanálisis. Y me enojé conmigo y con mi psicoanalista por forzarme a recordar algo que no quería recordar.

Después que este hombre desapareciera de la vida de mi mamá, y por lo tanto de la mía, mi mamá tuvo que jugar dos roles. Aunque uno lo delegó. No podía hacer otra cosa más que ir a la escuela, encargarme de mis hermanos y, si limpiaba bien la casa, ir a la iglesia adonde acudía todo el grupo de mis amigos de toda la vida.

Nunca pude hacer casi nada de lo que hacían mis amigos porque era mujer. Y si me mandaba alguna, mi mamá me daba palizas que todavía recuerdo.

Mi hermano más compinche a veces se echaba la culpa de situaciones para que yo no recibiera los golpes. Si me iba mal en la escuela, mamá incluso me rompía la libreta. Recuerdo tener 12 años y decirle: “ya voy a tener 18 años y me voy a casar e ir de acá”, a lo que respondía con más golpes. En ese momento pensaba que casarme sería la solución a mis males. La misma iglesia me lo dijo. Y le creí.

Tuve 18 y me fui. Ese día me comí la paliza de mi vida, no me olvido más. Me había tirado en el piso y me pateaba con todo el odio del planeta, mientras mi pequeño hermano, que por entonces tenía 9 años, le gritaba que dejara de pegarme. Decidí empezar de nuevo, como pude. Necesitaba con urgencia que alguien me quisiera.

Intenté estudiar pero siempre estuve mambeada y nunca lo logré. Me sentí una burra desde chiquita y no motivarme me asfixió. Me quemó la autoestima.

Comencé a trabajar de moza en un bar y conocí a un chico que fue mi refugio. Me ayudó mucho. Fue mi salvavidas. Pensé que me iba a salvar de toda la bosta de la que venía. Tener a alguien en quien sostenerme era un montón. Y me entregué con locura y desesperación.

Después de 4 años de noviazgo nos fuimos a vivir juntos. Mi sueño era formar una familia. La que nunca tuve. Pensé en no casarme, quizá como una venganza a lo que me impusieron de chiquita. Intentaba transgredir mis miedos.

La convivencia fue muy violenta psicológicamente. Desde el “planchame la ropa”, hasta el “¡esta casa es una villa! ¡limpiá un poco que trabajás menos que yo!”. La indiferencia fue cada vez peor. Se lo atribuía al laburo.

Me fue infiel muchas veces (lo intuyo), pero solo una vez me lo confesó. Esto fue hace un año y medio. No pude separarme porque el alma no me daba. No tenía fuerza. Caí en el alcohol.

En más de una oportunidad amanecí sin ropa. Aprovechaba mis noches de penurias y bajezas para violarme. Hace 3 meses me di cuenta que tenía un problema con el alcohol. El me lo minimizó. “Son etapas”, me dijo.

Empecé una terapia para adictos. Actualmente soy una alcohólica en recuperación. Me rompo la cabeza cada vez que no puedo más con una situación. Hace 15 días decidí separarme. Estoy decidida a que nadie más me manipule. Estoy decidida a luchar por mí y por todos los niños, mujeres y personas maltratadas. No aguanto más la indiferencia.

No puedo dar más detalles porque se me parte el alma en mil pedazos.

Todavía estoy tratando de salir.

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