Nuestra relación comenzó cuando terminé con otra chica que exigía todo mi tiempo: en la escuela, en el chat, en todo. Conocer a esta mujer fue señal para terminar esa relación tan absorbente.

Esto que cuento sucedió hace 5 años. Coincidimos en una clase, llegué tarde y me senté donde ella estaba (cerca de la entrada). La había visto de lejos y era como ninguna mujer en la vida, y de cerca era todavía más bella. Me gustó más por su estilo “dark”. Liberando el estrés del retardo, comenzamos a platicar, nos hicimos amigos. Al cabo de unos días, conocerla más a fondo y todas las ‘mágicas’ coincidencias que había entre nosotros, me dieron el valor para terminar con mi entonces novia. Al cabo de un mes, ya estaba en pareja con esta otra chica.

Ella era 5 años más grande que yo, de fe cristiana y tenía un hijo. Por esto último yo estaba más adelantado que ella y sólo compartíamos una clase.

Pasamos grandes momentos juntos: con ella salí de noche por primera vez en mi vida y nos fuimos de viaje solos y a escondidas. Pasábamos tanto tiempo juntos sin cansarnos el uno del otro, que hasta llegamos a comprometernos. Realmente pensábamos que éramos el uno para el otro. Pero yo estaba obnubilado por todo esto y no me estaba dando cuenta que ese intenso torbellino de emociones comenzaría a desgastarnos de a poco.

Nunca noté su melancolía instantánea, al contrario, me propuse quererla más; aunque hubo un momento en que ya no toleré eso. Las peleas comenzaban, las reconciliaciones también. Siendo músico y escritor por pasatiempo, quise despegar pronto al promover mi música, pero ella decía que no le gustaba que yo fuese “egocentrista”, que le gustaba mi sencillez, entonces mi carrera musical y literaria tuvo que esperar. Yo era muy inmaduro, reprimido, manipulable, no era muy social, no supe entender ni manejar la situación, así como tampoco ella supo controlarse en los momentos más problemáticos.

Esa inmadurez emocional me hacía caer en cualquier trampa posible. Cuando salí de la facultad, busqué dónde hacer mi servicio social y ella me siguió, entramos juntos, pero en diferentes turnos. Ahí conocí a otra chica a la que frecuentaba más. Cuando esta ‘chica nueva’ me agregó a Facebook, mi entonces pareja me empezó a celar, aunque no había nada. Así crecieron los problemas, comenzó a ser más agresiva conmigo, y yo comenzaba a sentir que ella me reprimía: se molestaba si conversaba con más gente, si no podía salir con ella, si tardaba en responder sus mensajes, si no la llamaba… Comenzó a asfixiarme. Y yo, un iluso sin personalidad propia, empecé a imitar ese modelo.

Lo único malo que hice fue comenzar a ver más seguido a esta nueva amiga, ya que terminamos besándonos… Me sentí muy culpable. Comencé a buscar ayuda con amigas y amigos, y concluí que tenía que mantenerme fiel a mi relación. Nunca le dije nada a mi pareja.

Ella se mantuvo reclamándome, casi aleatoriamente, los meses posteriores de mi amistad con ciertas personas en ese lugar (todas ellas mujeres), aunque sólo nos haya visto platicando. Fue entonces que comenzó mi paranoia, agravándose a la misma velocidad que sus celos. Junto con la culpa de mi infidelidad, comencé a salir sólo con ella, aislándome todavía más del mundo.

Una noche no pude salir con ella. En esa furia, me pidió la contraseña de Facebook y terminé dándosela. Ahí se rompió todo, porque encontró mis conversaciones con esta mujer.

Al otro día en la mañana, me llamó y me dijo de forma cariñosa, como siempre, que había entrado a mi cuenta, antes de romper en llanto y exclamar “¡¿Por qué me engañaste?!”. Yo salí de mi casa en cuanto colgamos, la fui a ver, y entre tanto llanto logramos “calmarnos” y acordamos ir a un bar con su hermana en la noche, rentamos una habitación y esperamos. Fue de las peores noches en nuestras vidas. Yo no podía decir nada en mi defensa, me sentía completamente culpable, ahí perdí control de toda la relación. Fuimos al bar, volvimos a besarnos, volvimos a la habitación, tuvimos sexo, y en la mañana acordamos continuar la relación, aunque ella me advirtió que no iba a ser lo mismo.

Su advertencia fue cierta. El resto de nuestros días juntos fueron una montaña rusa de emociones: de repente eufóricos, de repente felices, de repente nos amábamos como nunca, pero prevalecía la violencia verbal, los celos, el acoso, los gritos y las “escenitas” en la calle. Incluso llegó a cachetearme en público por una discusión totalmente irrelevante. Lo peor, yo me volví celoso, acosador, más agresivo, más estresado, y comencé a violentarla verbalmente. Nos dimos nuestras contraseñas para “reforzar la confianza”, pero fue peor.

Sentía que todo lo que yo podía hacer o pensar era malo. Comenzó a guardarme secretos y a salir con otras personas mientras yo cada vez era más abierto con ella y cada vez más servil. Me volví realmente paranoico, depresivo, y le dejé de gustar porque “había dejado de ser alegre”. ¿Y cómo iba a serlo así? Hasta me metí a la Biblia, a la Fe, pedía desesperadamente a Dios que esto terminara para ser felices juntos.

Como trabajábamos juntos en una escuela, me celaba con una alumna, con otra maestra, me hacía llegar tarde a mi otro trabajo porque se molestaba si no me quedaba con ella. Mi ritmo de vida y su compañía me hicieron enfermar de colitis.

Cumplíamos 2 años y medio juntos. Mi hermano mayor, tras haberla conocido, me dijo que ella me estaba manipulando y que no me convenía estar con una mujer así. Su experiencia hablaba por él, pero yo no hice caso. Me aislé cada vez más y aunque mi madre me haya escuchado peleando con ella a altas horas de la noche, yo seguía regresando.

Comencé a cortarme, sentía que todo había sido mi culpa por haberla engañado. Hasta hace un tiempo, su actitud me confundía mucho. Quería estar conmigo, yo con ella, y estando juntos no nos soportábamos; me decía que sentía que “alguien más la estaba esperando”, que tenía una fila de hombres esperándola, me hacía sentir una basura.

Cuando cumplimos 3 años conseguí otro trabajo en donde ganaba muy bien. Gran parte de mi dinero (y del poco tiempo que tenía) lo gastaba en ella. Salía de trabajar y la llamaba  puntual a la hora de la salida.

La última vez que peleamos como “novios” me comenzó a jalar de los cabellos y a gritarme en la escuela. Estando de espaldas a ella me defendí golpeando su pierna con mi puño, entonces llegó un tipo de seguridad y le preguntó a ella si no quería levantar una denuncia contra mí. Me dio mucho coraje. En mi enojo le devolví su Biblia, me fui a la estación de trenes y me bajé porque me quería aventar a las vías. Hablaba solo, una mujer me preguntó si estaba bien, y luego mi ex-pareja me llamó. Regresé a donde ella estaba, me pidió que tuviéramos relaciones y al otro día estuvimos juntos por última vez.

Después de eso, creí que todo estaría mejor, pues ya no seríamos más novios. A los dos días, me llamó para reclamarme de que había estado con otra mujer, siendo que yo no había estado con nadie más que con ella. Me dijo que alguien en mi trabajo, “un amigo suyo”, le dijo que me había ido con esta persona. Sigo pensando que mi ex inventó todo eso; ella se excusó en que “creería todo (lo que dijeran) de mí”, “estaba enferma de celos” “¡yo sé que sí lo hiciste!”. Esa semana renuncié al trabajo, y con lo último que me quedaba de dinero le compré un par de libros para ayudarla en su trabajo de titulación. Era fin de año.

Al comienzo del año siguiente entré en depresión. Seguíamos platicando por Facebook, discutíamos y me decía que ya había encontrado a otro hombre mejor que yo.

Tras intentar suicidarme varias veces, salí a buscar trabajo, y me llamaron de la escuela donde trabajábamos juntos. Sentí que cometía un error al aceptar. Oh, gran error. Salíamos a la misma hora, regresábamos juntos, y para hacerme enojar me daba indirectas del hombre del que “estaba enamorada”.

Tras decirle que me gustaba otra mujer, ella perdió la cabeza una vez más con más escenas de celos. Me dijo que ese día sentía que me perdía, confundiéndome más. Lo peor fue que cortó con su novio, y ahí estaba yo, consolándola en su mar de llanto. “También así lloré por ti, ¿eh?”, me decía entre lágrimas. Estando más tranquilo yo, la llamaba para hacerla sentir mejor y estuvimos “bien”, pero tiempo más tarde, regresó con su novio.

Ese último año que trabajamos juntos fue tempestuoso. Nos llevábamos bien, pero nos llevábamos mal. Ni como compañeros de trabajo me respetaba, no dejaba de insultarme, de humillarme y de darme a entender que yo era una basura.

Llegó 2015. Tras otro intento de suicidio y una crisis nerviosa, le confesé a mi madre de mis deseos suicidas y comencé a ir con un psicólogo. Sentí que realmente había tocado fondo.

Empecé a superar esa relación poco a poco. Me acerqué más a mi familia, a mis amigos y sobre todo a mis amigas y hasta conocí nuevos grandes amigos. Comenzar a alejarla, a darme a respetar con ella y con mis alumnos, a respetarme más como persona, se convirtió en un nuevo deporte. Sentía que ella tenía menos control sobre mí, y eso me daba mucha confianza.

Todavía no me acostumbraba a salir solo, pero en un arranque de resentimiento hacia mi ex, decidí ir a un concierto de mi banda favorita. Ahí conocí a mi actual pareja.

Hace un mes, discutió conmigo en el tren por última vez debido a una situación con un grupo de niños, y al ver que yo no cedía a sus humillaciones más, me exclamó con arrogancia que ya se había casado; “¡Qué bueno!”, le respondí, y se bajó del tren. Ahora puedo ver esa situación con humor.

Lo último que hice, tras otro intento de humillación suya frente a un profesor, fue felicitarla por su título profesional. Eso me liberó. La noté confundida porque me enfrenté a sus indirectas, a su arrogancia, a su soberbia, y encima la felicité. No volvimos a hablar, aunque ella lo haya intentado un par de veces más. Tres semanas después, escribo esto.

Sigo yendo al psicólogo. Él me hizo comprender todo esto que por primera vez me atrevo a escribir. La lastimé mucho, ella hizo lo propio conmigo, al final no éramos tan compatibles como creíamos, no éramos para nada estables. Nuestra inmadurez nos hizo cometer muchos errores, y creo que esta es la moraleja de la historia. Aquí hablo de dos personas que se destruyeron mutuamente, que desearon nunca más estar uno al lado de otro, pero con desenlaces diferentes. No volví a violentarla, aunque ella lo hiciera conmigo, y yo me fui sin resentimientos cuando ella me seguía buscando.

Esto me sirvió para madurar mucho. Mi familia, mis amig@s, mi psicólogo, mis alumn@s y hasta mi estilista lo reconocen. A la gente le proyecto un yo que no coincide con lo que fui en esa relación, y ahora con mi actual pareja hago las cosas de la mejor manera posible, con pleno entendimiento de qué amar no implica manipular ni ser servil a nadie. Llevo 4 meses con ella y no hemos peleado, cada malentendido lo solucionamos, y coincidimos en que tuvimos que pasar una mala relación para llegar a una buena.

Mi consejo para tod@s los que se sienten en una situación de violencia de pareja: dense a respetar, busquen ayuda, platiquen con sus familias, no se queden en silencio ni se aíslen del mundo por estar con una persona que no les corresponderá de la misma manera. No por sentirse culpables de algo, lo hayan hecho o no, sientan la obligación de estar con alguien, porque sin duda las cosas “no volverán a ser igual”. Ámense a sí mism@s como les gustaría ser amad@s.

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