Todo empezó cuando tenía 18 años. Recién habían pasado 5 meses de la ruptura con mi primer novio y estaba decidida a entrar en el segundo año de la facultad siendo otra persona, alguien más consiente de quién era y de qué merecía. Recuerdo estar segura de no necesitar una pareja nuevamente, pensaba que estar sola me ayudaría para ocuparme más de mí y de mis propios intereses. Me sentía bien, alegre y con mi personalidad estridente recién recuperada.

Vos eras mi amigo de la facultad en ese entonces, le caías bien a la mayoría y eras el típico “picaflor” con el que muchas chicas querían estar. Yo sabía todo esto porque antes de la tormenta fuiste un buen amigo mío y me contabas de tus aventuras amorosas.

Ese año algo cambió entre nosotros, empezaste a verme de otro modo y al parecer querías algo más que una amistad. Insististe sobre lo que podríamos llegar a ser, y yo, algo confundida, acepté. Así empezamos una relación que inició siendo excepcional. Dejaste un poco de lado ese papel de galán que tenías con las chicas porque “te habías enamorado por primera vez en tu vida”. Me terminó de convencer tu madurez situada dos años por encima de la mía y debo admitir que lograste enamorarme. Ahí fue donde cometí el primer error: darte todo y dejar de pensar en mí. Hoy en día entiendo que para querer bien y sanamente a alguien más, se debe querer primero a uno mismo.

Comenzaron los celos (en ambos) y por ello empezaste a ser más crudo en las cosas que me decías. Al principio lo aceptaba porque pensaba que era tu forma de ser y debía apoyarte, pero después comencé a contestarte y aquello derivó en horribles peleas. Ahora que estoy más grande, pienso ¿Cómo es que seguíamos diciéndonos “te amo” después de esas palabras tan hirientes?

Así pasaron los meses. Nuestra relación estaba llena de altibajos, pero lo que más teníamos era la parte de “bajos”.

Elegiste mal a quien contarle nuestras crisis y dejaste entrar con sus opiniones a gente que puedo asegurar, no nos quería ver bien. Gente que me sonreía cada vez que me veía por la calle, pero que cuando estaba a solas con vos, me defenestraba mientras lo permitías con cierto goce. Todavía no puedo creer como vos, que eras mi vida, podías creer en todas las cosas malas que esa gente inventaba.

De a poco me fuiste alejando de mis amigos, los cuales jamás te cayeron bien porque pensabas que me llenaban la cabeza. Me decías que los odiabas, y con mi familia hiciste lo mismo. Te molestaba todo de mí, hasta que me ría de cosas que vos mismo me decías. Te molestaba que tengamos puntos de vista distintos, lo cual considero que es bastante bueno. Te molestaba el hecho de que siempre soñé con viajar y estudiar otra carrera ni bien terminara la que estudiábamos en ese entonces.

Siempre supiste que una de mis prioridades era tener una buena relación con mi mama, y aun así te molestaba que le mande mensajes. Me decías que era una nenita porque le avisaba donde estaba y que hacía, también agregabas que estaba lo suficientemente grande para estar avisando en mi casa sobre mis actividades. Llegaste a decirme que debía enfrentarme a mi mamá y decirle cosas horribles en la cara. Querías destruir todos mis sueños y ambiciones.

Me acuerdo cuando me puse brackets, no parabas de burlarte de mí camuflándolo con bromas aparentemente inocentes. Yo me reí durante meses, pero en el fondo me molestaba. Jamás voy a olvidar la cantidad de veces que me controlaste en las comidas, alegando que vos querías una novia flaca y no una gorda. Tampoco me voy a olvidar de cuando vos mismo me contaste que tu papá vio como eras conmigo y te dijo: “Veo como la tratas y sos bastante asqueroso. Tenes que tratarla mejor.”

Una vez mi mamá había gastado mucha plata en ropa porque no tenía qué ponerme para el casamiento de tu prima. Cuando me viste con zapatos altos, entraste como un loco y me gritaste: “¡Te dije que no te compres zapatos altos, haces todo para llevarme la contra!”. La realidad es que todos esos comentarios “inocentes” eran formas de violencia, pero yo no me daba cuenta. A causa de esto, la relación se destruyó.

Como para seguir metiendo leña al fuego empezaste a buscar a otras mujeres porque evidentemente necesitabas algo que yo no te daba. La celosa y la loca siempre era yo. Admito haber tenido brotes de locura, pero convengamos que no era nada fácil tenerte de novio, como tampoco lo era ver como en fotos de Facebook te escribían algunas chicas de forma provocadora. Por esto decidiste que no podías estar más conmigo, te habías cansado y me dejaste.

Estuve muy mal, después de un año y medio de muchas agresiones verbales, de idas y venidas. Me costó aceptarlo, primero porque te amaba de verdad, y por otro lado, porque vos no te ibas nunca. Siempre decías que querías dejarme, pero no dejabas de perseguirme, y cuando yo entendía que debía dejarte solo, volvías diciéndome que me extrañabas. Si yo cedía, volvías a irte y me contabas como era estar con otras. Seguramente te acordás como venias a contarme las cosas que hacías con ella, como con ella todo era tan fácil. Pero claro, era totalmente coherente comparar una relación de dos semanas con una de un año y medio ¿No?

Por suerte el verano nos separó por unos 4 meses. A pesar de eso, sé todo lo que hiciste, sé que te acostaste con cuanta chica se te cruzo por el camino. Bajé 6 kilos porque no comía de la angustia, tampoco dormía bien. Me costó mucho pero, poco a poco, fui mejorando y recuperé todo lo que tenía antes de que me lo quitaras.

Pasado ese tiempo, volviste a verme. Al parecer no soportabas lo bien que me iba sin vos, así que viniste a decirme que en el verano seguían inventándote cosas de mí y que te dijeron que yo, en algún momento de nuestra relación, te engañé. Encima de creerles tuviste la caradurez de venir a reprochármelo. Volviste arrepentido y juraste que ninguna chica era como yo, pero te dije que lo nuestro era historia pasada y que necesitaba estar sola. No me escuchaste, otra vez.

Me seguiste a la parada del colectivo, rogándome. Cuando subí y miré por la ventanilla, me estabas siguiendo con tu moto. Morí de miedo y no supe que hacer, por eso decidí darte una oportunidad.

Le cerraste la boca a todos y demostraste que eras otra persona, alguien cariñoso. Pero no te duró mucho porque de a poco volviste a controlarme. Pensabas y me decías que todas las personas que conocí mientras estuvimos separados, solamente harían que peleáramos y nos separáramos. Te volviste a reír varias veces de mi forma de vestir, de mi cabello con rulos. “Arreglate ese pelo, que así pareces un macho”, fueron tus hirientes palabras un domingo a la mañana cuando nos acabábamos de despertar.

Un día decidí hacer algo que podría calificarme de enferma, pero que gracias a ello me di cuenta que vivía una mentira. Entré a tu cuenta de Facebook y vi cómo hablabas con otras chicas, les decías que conmigo estabas por costumbre. Ahí definitivamente dije basta, tenía que dejar de hacer el papel de estúpida y ponerme fuerte. Recuerdo tus justificaciones cuando te preguntaba acerca de todo lo que vi: “Agrego muchas chicas y hablo con todas porque es la forma que descanso de vos”, “Me pasa algo raro, porque cuando estoy con vos necesito mirar minas, y hablar con otras. Pero cuando no estoy con vos, te extraño”.

Después de nuestra traumática ruptura y luego de muchísimos llantos que derivaban en dolores de cabeza horrendos, decidí teñirme el cabello. Me acuerdo como te acercaste a mí sólo para decirme que tenía un color de mierda en la cabeza.

Ya pasó casi un año de todo esto y debo admitir que mi vida cambió muchísimo. Logré armarme lo suficiente como para saber que nadie debe hacerme sentir menos. Antes quería cambiar para agradarte, hoy si cambio es por y para mi propio bienestar.

Hoy trabajo, ya me recibí, empecé una nueva carrera, estoy planeando los viajes que siempre soñaba y, lo más importante, puedo afirmar con orgullo que estuve hundida en una relación violenta y salí.

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