Hace ya tres años que me separé de mi entonces marido. Me llegó, tiempo después de eso, una solicitud de amistad de alguien con quien tenía un sólo amigo en común. A los diez minutos ya se habían acumulado más de 20 notificaciones suyas dándole ‘me gusta’ a todas mis fotos. Y al rato recibí un “hola como andas”. Le respondí y empezamos a hablar. Me dijo cosas como “No sabía que Adrián tenía amigas tan lindas”. A mí me gustó, claro, y le respondí cada mensaje que me mandó.

Adrián es un amigo mío con el que hablo seguido pero me veo poco. Nunca pasó nada entre nosotros, somos distintos y no nos atraemos, pero le tengo confianza y es una persona distendida, agradable para charlar y pasar el rato. No sé cómo se conocen ellos, nunca se lo pregunté.

Charlamos prácticamente todo el día por una semana. Me preguntó si vivía cerca de la casa de Adrián, le dije que no y le di mi dirección. Me respondió sorprendido que él pasaba todos los días por la puerta de mi casa. Le dije que me avise cuando pasara devuelta así salía y lo saludaba. La verdad, me encantaba. Era grandote y muy lindo. En sus ratos libres era profesor de jiu jitsu. Un día pasó, salí y me dio un abrazo tan fuerte que por poco me suena la espalda. Quedamos en vernos esa noche en un bar. Me puse lo mejor que tenía y salí para allá. Él llegó con su moto, estuvimos hablando un rato y nos fuimos juntos a pasar la noche. Al otro día me dijo que estaba encantado conmigo y que quería tener algo serio. Yo estaba sorprendida pero por dentro me moría de ganas. Le dije que sí y empezamos a salir “formalmente”. Sólo el primer mes estuve bien.

La ex mujer se enteró de que él estaba conmigo y me llamó diciéndome que por favor me alejara de él. Pensé que lo decía porque tenían hijos en común y por celos, claro. La señora, que para mí era una extraña del otro lado del teléfono, detalló muchísimos problemas que él tenía y que había causado en su casa, desde noches de llegar descolocado, agresivo y a los gritos, hasta violencia explícita que ella después tenía que maquillar. Me contó algunos episodios que en ese momento me fue imposible creer, pero hablaban de empujarla contra paredes y de los pelos llevarla a un espejo para que se viera, golpeada y llorando. Cuando le conté a mi mejor amiga, me dijo “¿como te vas a enganchar con un borracho? ¡por favor pensá en tus hijos!”.

Quizá ella también tenía celos, así que no le presté mucha atención. Un par de días después, en una cena, le comenté todo lo que me habían dicho su ex mujer y mi mejor amiga. Le conté las conversaciones paso por paso. Agarró su plato y lo tiró al piso. “¿Sabés lo que pasa?” —me dijo— “esa puta de mierda siempre me tuvo ganas. No soporta que yo sea feliz”.

Mis hijos estaban ahí mismo en la mesa. Con el fluir de la situación, la menor se asusta y se pone a llorar. Yo, enojada, me levanto de la mesa e intento calmarla. La convencí de que se fuera a dormir temprano y la acosté. Él, al verme enojada, se tranquilizó. Cuando volví al living lo vi limpiando del suelo lo que había tirado. En un momento me quiso abrazar y no lo dejé. “Lo mejor va a ser que te vayas”, le dije. Me miró enojado, nuevamente con un odio en los ojos parecido al de cuando le conté lo que había dicho su ex pareja. Agarró un vaso de vidrio, lo revoleó contra la pared y se fue.

Yo en ese momento pensé en lo ocurrido como algo circunstancial, como un episodio de bronca. De los que tenemos todos, pero mucho más intenso. Inevitablemente quise encontrarle justificación a lo que había pasado por todo el cariño que ya le tenía. Supongo que el hecho de que a mis hijos no les hubiera hecho nada ayudó a caer en esa “comprensión”. Quizás era su ex pareja la que lo sacaba de quicio, quizás tenía razón y ella no soportaba que él fuera feliz con otra. De todas formas, no pude dormir.

Al día siguiente vino a mi casa con un ramo de flores pidiéndome perdón, argumentando que lo que había pasado fue una reacción innecesaria, y que se iba a encargar de que su ex novia no me llamara más. No sé qué habrá hecho, pero así fue. Después de pensar un rato decidí perdonarlo.

La semana siguiente me llamó mi mejor amiga, enojada. “Quiero saber cómo estás. Estoy yendo a tu casa”, me dijo por teléfono. Cuando llegó me dijo “por más de que a mí no me guste, no voy a dejar de hablarte”. Estuvo un rato en mi casa y la invité a que se quede a comer. Esa noche, cuando sevía la cena, él llega y la ve. “Ah bue… cuando esta se vaya yo salgo” dijo, y se fue a encerrar a mi habitación. Yo estaba muy avergonzada y ella incómoda, así que decidió irse. Apenas cruzó la puerta, me dirigí a la habitación y entré enojada. “¿Cómo vas a decir así? ¿Estás loco?”. Se levantó de la cama, se colocó a pocos centímetros de mi cuerpo, me agarró la cara con su mano gigante, me empezó a apretar fuerte y me dijo “ya mismo tirá esa mierda de comida y lava todo que no pienso comer donde esa pelotuda tocó”. Me soltó. “¿Vos te olvidás de que estás en mi casa?”, le dije. Se volvió a acercar mirándome a los ojos con esa mirada diabólica. Yo estaba aterrada, con mucho miedo. Con un tono dulce pero terrorífico me dijo “quiero que entiendas amor; esa mina es mala influencia para vos. Gorda, pido una pizza ¿si?”. Respiré hondo y volví al comedor. Mi hijo detectó que la situación estaba rara y me dijo “Mami, ¿querés que lo llame a papá?”. Con la garganta cerrada y como pude le dije que no.

Los días pasaban y él se ponía cada vez más posesivo. Me revisaba el facebook y bloqueaba a cualquiera que veía o pensaba que “me tenía ganas”. Si el padre de mis hijas me mandaba un mensaje, yo no podía sólo contárselo. Él debía ver la conversación. El nivel de paranoia era tal que se fijaba los horarios para descubrir si había borrado algún mensaje. Mi mejor amiga no volvió nunca más a mi casa.

Un día me dijo que Adrián, mi amigo y el que teníamos en común, me había mandado un mensaje a mi facebook; y él lo leyó y contestó haciéndose pasar por mí. Supuestamente Adrían había me declarado su amor. Le dije que era imposible que él dijera algo así, porque siempre me hablaba de que lo único que buscaba en una mujer era divertirse y nada serio, y yo al tener hijos no podría seguir su ritmo. A lo que él me respondió “ah… pero si te dice para algo serio, vos enseguida le dirías que sí, ¿no?”. Me estaba psicopateando demasiado y no merecía ese trato, pero decidí no contestarle más porque sabía que lo mejor era no ponerlo nervioso, y la verdad sentía ganas de que se fuera.

Cerró con un portazo y sin mirarme. Lo escuchaba maldecir por el pasillo hasta que eventualmente se alejó del todo. No dijo a dónde iba pero sé que agarró la moto porque escuché el encendido y su partida.

Esa misma noche, mientras yo dormía, él llegó borracho. Me levantó de los pelos de la cama y me revoleó contra la pared, de espaldas, haciendo que me dé la cara contra el marco de la ventana. Me bajó el pantalón, la bombacha y me violó. Mientras yo como podía le pedía por favor que pare, él me decía “te gustaría que fuera Adrián, ¿no? Puta”. Y mientras tanto me pegaba piñas en las costillas. “¡Dale! Decime si Adrián te cogería como yo”, me repetía a cada rato. Cuando terminó, me pegó una patada en la entrepierna y me vomitó encima. Esa noche agradecí al cielo estar yo sola en casa sin mis hijos (estaban con el padre). En un momento se fue al baño y cuando volvió, me agarró de nuevo de los pelos y me llevó arrastrándome a que me duchara, diciéndome que él no pensaba dormir en la misma cama con una sucia como yo. Me bañó él y al terminar noté se le había pasado el estado de furia y borrachera. Lo noté porque me secaba la cara con delicadeza y llorando, pidiéndome perdón. Me decía que no aguantaba los celos, que no quería que vuelva a nombrar a Adrián.

Lo miré y no dije nada. Me agarró del cuello, esta vez con sutileza y me dijo “gorda, hoy hablé con el amigo de mi hermano, el de la comisaría que queda a unas cuadras de acá. Él me convenció de que venga a hablar con vos y arreglemos las cosas. ¿Querés que estemos bien?”. Ahí descarté poder acudir a la policía en caso de algún problema. Me puse a temblar del miedo pero él pensó que era de frío. Volví a la habitación y nos acostamos. Se me acercó de nuevo y le dije que no me abrace porque me dolía el cuerpo.

— ¡¿Qué?! ¿No querés arreglar las cosas? —me dijo.

— Sí, pero me siento mal.

Se levantó y caminó alrededor de la cama. Le pegó una piña a la pared y se me acercó nuevamente.

— ¿Querés casarte conmigo?

— ¿Qué?

— No, nada.

Se desnudó, se subió encima mío y muerta de miedo dejé que me violara otra vez. Esa noche fue eterna. No pude pegar un ojo.

A la mañana se fue a trabajar y a eso del mediodía me llega un mensaje suyo: “Comprá la pastilla del día después”. Le respondí que no tenía plata y me dijo “Pedile al boludo de tu ex novio”. No le pedí a nadie. Él desapareció y no lo vi más. Al mes me hice un test de embarazo y dio positivo. Mi mejor amiga tampoco había aparecido más. La busqué, le conté lo que me había pasado y se puso a llorar. Me dijo que ella se había borrado porque él la había agarrado en la calle y le había prohibido verme. Hasta la amenazó con lastimar a su hijo. Tenía mucho miedo y no sabía cómo hacerme entender que estaba con un enfermo psicópata. Cuando le conté que estaba embarazada, me dijo “yo consigo las pastillas para abortar, salen $800”. Muerta de miedo, sin un peso, no tuve otra opción que llamarlo y contarle lo que pasaba. Fue lo peor que pude haber hecho. Me dijo que a la noche iba a venir a mi casa porque ahora estaba ocupado. Sabía que esa noche debía estar sola porque presentía que iba a estar enojado y no quería que mis hijas vieran la situación. Cuando llegó le conté que estaba embarazada de él y me respondió que era una puta, que le quería encajar un hijo de otro. Comenzó a acercarse a mí y le dije que no lo quería tener, pero que no tenía la plata para abortar, que por favor me la dé y que yo me las iba a arreglar. “¿Así que no lo querés?”, me dijo y me dio una piña en el estómago. Sin respirar traté de correr, me agarró del pelo y me tiró al suelo. Ahí mismo decidió lastimarme el vientre. Piña tras piña dejé de sentir dolor. No sé cuántos golpes habré recibido realmente. En un momento paró. Habrá pensado que me desmayé, supuse. Me dejó inmóvil en el piso y se fue.

Dios quiso que el padre de mis hijas haya ido a buscar algo a mi casa después que ese monstruo se fuera, y al ver que estaba todo abierto y yo sin contestarle el teléfono, entró a mi casa y me encontró en el piso tirada. Me levantó y me llevó al hospital. En el camino, me decía que le dijera qué había pasado. “Me robaron” le dije. No por defenderlo, sino porque pensaba que era lo mejor. En el hospital me dijeron que tenía una costilla fisurada y lastimados los dos riñones. Yo seguía embarazada de ese monstruo. Mi ex marido me insistió para saber qué había pasado y le volví a repetir la mentira. “Necesito plata”, le dije. Me dio mil pesos y apenas me dieron el alta, llamé a mi amiga y aborté.

Hasta el día de hoy no hay momento que no me sienta horrible por haberme hecho un aborto.

¿El hijo de puta? Lo último que me enteré es que se juntó con una señora mayor. Adrián nunca supo nada. Para mi familia yo perdí un bebé cuando me robaron en la calle.
Al tiempo volví con el papa de mis hijos.

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