Lo conocí durante su último semestre de la universidad y la mitad de mi carrera, era 6 años mayor que yo.

Él había tomado clases de teatro, por ello sabía de retórica y gustaba de la poesía. Todo eso en conjunto le permitía tener grandes muestras de afecto, exageradas y exacerbadas.

Al principio se mostró temeroso de una relación amorosa y del compromiso, pero no me importó… yo estaba encantada. Con el paso del tiempo la relación se tornó seria, y en seis meses nos comprometimos.

Formamos una familia, yo siempre apoyándolo y dejando de a poco todo lo demás, pasé muchos años encerrada en casa. Mis únicas salidas eran para atender a mis hijos, si llegaba a salir y no estaba cuando él regresaba, sentía miedo porque sabía que me lo reprocharía.

Con los años se produjo un quiebre en la relación: retomé mi carrera. Fue entonces cuando empezó a ser más demandante y a pedirme que lo atendiera más. Muchas veces me sobrecargaba de trabajo y responsabilidades para que él pudiera progresar profesionalmente, y yo no. Trataba de mantenerme ocupada todo el tiempo para que yo no pudiera ni estudiar.

La violencia comenzó con el pretexto de sentirse descuidado.

Inició con chantajes emocionales, pidiéndome que no saliera. A eso le siguieron los reproches por no estar todo el tiempo en casa, y por último aparecieron los gritos, los insultos, las críticas constantes hacia mi ropa, mi forma de caminar y hasta de peinarme.

Mis hijos y yo comenzamos a tener miedo cada vez que él llegaba a casa, nos sobresaltábamos cuando escuchábamos la puerta de entrada abriéndose.

Por un largo tiempo tratamos de evitarlo, pero era imposible. A veces salíamos de casa e íbamos a caminar, pero cuando llegábamos nos culpaba por no haber estado cuando él llegó de trabajar.

En una ocasión salí del baño y me preparaba para salir, entonces, él entró silenciosamente en la habitación y comenzó a observar todo lo que hacía. Cuando me percaté de su presencia empezó a decir que le gustaba mi ropa interior y me preguntó por qué ya no lo dejaba tocarme. Era cierto, ya no me gustaba sentirlo cerca mío, estaba deprimida y no tenía ganas ni de sentir placer.

Sin decir nada más, me lanzó sobre la cama y empezó a quitarme la ropa a la fuerza. Cada beso me daba náuseas, cada caricia retorcía mis entrañas y los ojos se me llenaban de lágrimas. Desgraciadamente yo ya sabía que debía hacer en estas oportunidades, me quedé quieta y esperé.

Me había convertido en todo lo que no quería ser. Ya no era capaz de concentrarme, de cuidarme a mi misma o de llevar una vida normal.

Sus agresiones fueron subiendo de tono de tal forma que hasta me amenazó con un cuchillo. 4 meses después de eso abandonó la casa, llevándose todo lo que pudo y pidiéndome cantidades demenciales de dinero.

Ya pasó más de un año de esto y sigo luchando por mis hijos. Llevo más heridas que días de vida pero me mantengo firme.

Su violencia continúa, pero ahora en tribunales.

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