Lo conocí a Federico en mis primeras vacaciones de verano con mis amigas, en el año 2007. Una de ellas estaba “noviando” con un chico, y dentro de ese grupo de amigos estaba él.

Al principio es como todo, son innumerables las historias que comienzan así, él es un divino y después se transforma. Y así fue, en el comienzo era todo hermoso, realmente hermoso. Se preocupaba por mí, me demostraba interés, me celaba pero nunca de manera violenta sino que, por el contrario, hasta me generaba ternura.

Y con el tiempo honestamente no sé qué le pasó. Lentamente con el paso del tiempo me encontré teniendo charlas interminables con él en las que negociaba una salida a bailar con mis amigas, que en caso de que accediera y me dijera que sí, me ponía una serie de condiciones que no podía, bajo ningún punto de vista, no cumplir.

Siempre pienso por qué dejaba que me hiciera esas cosas, y nunca le encuentro respuesta. Honestamente no lo sé. Al principio fue pasando minuciosamente casi sin que me diera cuenta, y después para cuando me di cuenta no decía nada porque tenía miedo. Miedo de perderlo, y a su vez miedo a que me dejara el ojo roto de una trompada.

A Federico no le gustaba que tuviera amigos varones, y así fue como me fui alejando de cada uno de ellos, o algunos incluso me ahorraron el trabajo alejándose ellos de mí.

Tampoco quería a muchas de mis amigas porque estaban solteras y “seguro cuando salen hacen cualquiera y te incitan a vos a hacer lo mismo, son todas unas putas tus amigas”.

Todo le daba celos, todo era un motivo de discusión: la ropa que usaba, los lugares a donde iba, cuántas veces salía a bailar por mes y cuántas debía quedarme con él, la gente que me rodeaba. Todo.

Llegó un punto en el que ya no le quedó grupo social del cual alejarme, y se metió con mi familia. Porque claro, nadie lo quería, y nadie estaba de acuerdo con mi relación con él, y por supuesto se daba cuenta de eso. Así que de a poco empezó a intentar llenarme la cabeza con que mis viejos y mis hermanos nos querían alejar porque no me querían y no podían verme bien. Y así con todo.

La cuestión iba tornándose agotadora y angustiante. No la pasaba para nada bien, lloraba todos los días y casi ni comía. Me sentía sola, no sabía a quién contárselo, no sabía si debía contarlo. Federico me rompía la cabeza día a día, me enfermaba, yo no tenía paz.

El 24 de Diciembre de 2007 tuvimos una discusión porque yo quería salir a festejar Navidad con mis amigas y él quería que nos quedáramos juntos. Yo siempre daba el brazo a torcer porque de alguna forma me convencía y hasta me hacía creer que mi planteo estaba totalmente desubicado, pero ese día no. Ese día no le di la razón, ese día peleé por mi derecho a elegir con quién salir a festejar, peleé por mi deseo de hacer lo que realmente tenía ganas y no quedarme con alguien para evitar una pelea. Peleé por mí, y Federico me agarró del cuello y me puso contra la pared del garaje de mi casa, en medio de insultos y amenazas. Y sin embargo yo seguí con él, porque después vino el perdón, y yo era una nena de 17 años que no entendía nada sobre el amor.

En Enero del 2008, me fui nuevamente de vacaciones de verano con mis amigas, después de meses de discutirlo con él, era como pedirle permiso. Un día, sin decirme nada, Federico apareció en Villa Gesell a las diez de la noche, cuando yo estaba cambiándome para salir a bailar. Obviamente no pude ir. Revisó todo mi celular para ver si había estado hablando con alguien o si había conocido a alguien nuevo en la costa quizás.

En Marzo de 2008 tuvimos una discusión en la puerta de mi casa, se estaba yendo pero volvió y se me vino encima con toda la furia, con el puño cerrado directo a meterme una piña, cerré la puerta rápido para que no me pudiera pegar y le pegó a la puerta quebrándose la mano. Tres meses con yeso, echándome la culpa y diciéndole a todo el mundo que yo le había cerrado la puerta a propósito.

Tengo muchas más escenas violentas para contar, pero no terminaría, y algunas prefiero guardarlas. Pero llegó un momento en el que, no sé cómo, fui perdiendo el miedo. Ya no lo veía tan imponente, ni tan superior. Ya me había empezado a dar cuenta de que sí iba a poder vivir sin él, y que de hecho iba a ser muy feliz sin él a mi lado. Y ahí fue cuando tomé la decisión de cortar la relación.

Ya había intentado muchas veces antes, pero él siempre acudía a la lástima o a distintas amenazas y yo terminaba cediendo.

Cuando le corté definitivamente fue otro calvario más. Federico se aparecía a la salida en la puerta de mi colegio, me llamaba por teléfono al celular todos los días de mi vida, y si no lo atendía llamaba a mi casa. Iba a donde yo iba a bailar y me seguía por todo el lugar.

Por suerte, porque eso fue lo que tuve, con el tiempo se cansó, se resignó y entendió que yo no quería saber absolutamente nada más con él y dejó de aparecer.

Después de Federico nunca más volví a tener una relación de ese tipo, nunca más dejé que un tipo fuera violento conmigo, ni que me dijera qué tenía que hacer, a dónde ir, con quién juntarme o qué ponerme.

Aprendí tanto de esa relación, lamentablemente lo hice a base de dolor y sufrimiento, pero aprendí al fin, y todo es experiencia.

Quedé tan marcada con esa relación, que habiendo pasado ocho años, ante cualquier signo mínimo de violencia verbal o física que veo en un tipo, me alejo automáticamente.

Ojalá ninguna chica tenga que pasar por esto, ojalá puedan tener relaciones sanas, y no dejar envolverse por este tipo de gente que lo único que hacer es lastimarnos y cagarnos la cabeza.

Ojalá encuentren un amor que sea sano, en el que si no están de acuerdo en algo puedan resolverlo hablando y no tengan miedo de decir lo que piensan ni de ser quienes son.

Ojalá no hayan más Federicos que nos digan a qué hora tenemos que volver, ni que nos prendan un botón más de la camisa.

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