Mientras me besabas pude sentir tus manos, enormes, sobre mi espalda y acaricié la tuya, sintiendo pequeñas a las mías. Entre la excitación y los nervios, sentí bajar tus manos, aún enormes, por la espalda y subir nuevamente, con suavidad por el frente. Taquicardia, dudas, ganas, miedo, ansiedad, todo. Me tranquilizaban tus manos, tan enormes, tan seguras. Hábiles, las sentí desvestirme con prisa. Tal vez demasiada. O tal vez no, no lo sabía. Por amor, por frío, por miedo, por vergüenza, por estar desnudos, intenté abrazarte, pero me llevaste hacia la cama.

Sentí tus manos separar mis piernas. Sentí el peso de tu cuerpo, enorme, sobre el mío. Sentí tus manos deslizándose con fuerza, tus labios sobre los míos… No había imaginado nunca que mi primera vez iba a oler a cigarrillo y cerveza. Miré alrededor y me di cuenta de que tampoco me había imaginado el telo, ni la música ochentosa, ni el espejo ni mucho menos ese griterío de fondo. Nerviosa y ya menos excitada, cerré los ojos y con los escasos segundos previos como escuela, te imité: deslicé mis manos por tu cuerpo y mi boca por tu cuello, con miedo, con emoción, y seguramente con torpeza. Todo iba demasiado rápido. Vos ibas demasiado rápido. Y yo no sabía cómo seguir… Te pedí que te pusieras el forro, pero te negaste. Desconcertada, insistí, pero no tuve tiempo: con fuerza y de un sólo golpe estabas adentro. Gemí de dolor, pero no paraste.

Te lo dije: “¡Así no! Me duele”. Pensando que no entendías, lo repetí. Entendiendo que no me escuchabas, con mis manos te empujé y te pedí que te detuvieras. Esta vez eras vos quien me miraba desconcertado. “¡No! ¡Pará! ¡Me duele!”. No sé con seguridad si en ese momento quise decirte que por esa noche ya habíamos terminado, si quería esperar o sólo quería que lo hicieras más despacio, no lo sé, pero era un no. Tampoco me diste tiempo para pensarlo. Con tu mano derecha, esa misma que hasta recién me acariciaba, me diste vuelta la cara. El golpe fue tan doloroso e inesperado como el insulto. Y seguiste.

Entendiendo que me ignorabas deliberadamente, reaccioné: traté de moverme, me retorcí. Pero te apoyaste con todo tu peso sobre mí y ya no pude moverme. Traté de empujarte, clavé mis uñas, te grité. Ésta vez sentí tu puño sobre mi boca y me miraste con esa mirada que más adelante se nos haría costumbre. Casi como si me hubieras ordenando que me callara. Con esas manos, que me parecían ahora más enormes que nunca, tomaste con fuerza mis muñecas. Y seguiste. Podía sentir tu aliento agitado en mi oído, un jadeo constante, casi rítmico. Podía sentir el calor del golpe en la cara y un ligero gusto a sangre en la boca. Podía sentir el dolor en la boca, en la cara, en las manos… pero sobre todo el de tu continuo vaivén, que con cada venida me obligaba a expulsar aire, cortándome la respiración, ni siquiera podía gritar.

Estabas en todos lados y cuanta más fuerza aplicaba, más aplicabas vos y más me dolía. Finalmente entendí o me agoté, o me paralicé, no estoy segura, pero me quedé quieta.

Te sentí por lo que a mí me pareció una eternidad de imágenes y sensaciones sueltas, de vos, de la habitación, del espejo, de la música, de dolor… Finalmente acabaste. Te permitiste descansar unos minutos sobre mí y después me soltaste. ¿Podría haberme movido? No sé, pero no lo hice.

Me miraste y te miré. No sé con qué expresión, pero te miré. Y no sé qué te habré dado a entender, pero me miraste. Te miré y como si nada de todo esto hubiera pasado, te acostaste a mi lado y me pasaste un brazo por encima. Como si nada. Atónita, no atiné a levantarme, no atiné a llorar, no atiné a gritar, nada. Permanecí mirando el techo con miedo de moverme hasta que finalmente decidí girar el cuerpo para el lado contrario. No quería verte. O que no me veas. O las dos cosas.

No podía pensar, no me podía mover, no podía entender. La cabeza me trabajaba a mil pero no entendía nada. Me aterré cuando me acariciaste el brazo. Empecé a temblar. No podía, de nuevo no. Preguntaste amorosamente qué pasaba. No pude ni contestarte. Me hiciste girar hacia vos y viste las primeras lágrimas y el labio hinchado. Lo ví en tu cara, en tus ojos: entendiste. Y me abrazaste, me pediste disculpas, me acariciaste, me explicaste, y lo repetiste hasta que para los dos tuvo sentido: no había sido para tanto, la adrenalina y las ganas nos habían jugado una mala pasada y yo me había asustado de nada y por eso te habías enojado, ya iba a aprender como era esto y me iba a gustar, siempre duele la primera vez.

Me levanté a lavarme, a vestirme, a taparme, a salir de ahí. Noté que me dolía todo, por dentro y por fuera. Y me miré: el maquillaje corrido, la cara empapada, los ojos hinchados, el labio lastimado, las muñecas marcadas, los muslos manchados. Me bañé. Me alcanzaste la ropa y me llenaste de mimos. Eras otro, eras de nuevo el mismo flaco que yo conocía, el mismo de antes. ¿De antes de qué? Si no había sido nada…

Salimos, compraste dos cervezas y me diste una para ponérmela sobre el labio. Me llevaste hasta la casa de mi amiga, teníamos una fiesta, y nos quedamos a la vuelta hasta que el labio se desinflamó. Fue maquillable. Me puse un saco para que nadie me viera las muñecas, me pinté los labios, te despedí con un beso y me bajé del auto a saludar a mis amigos. Ésta vez era yo la que hacía de cuenta que no había pasado nada.

Más de un año estuvimos así, haciendo de cuenta que no pasaba nada, pero aguantando tus embestidas, tus golpes, tus insultos. No te quedó parte de mí sin usar.

Fuiste mejorando conforme avanzaba la relación: Si me resistía, me golpeabas, si no, me decías que era una puta, una masoca. Aprendiste que los golpes se dan donde la ropa pueda cubrir los moretones, y que, cuando fueran visibles, me servirían de recordatorio de cuál era mi lugar. Me dejaste sin nada, sin familia ni amigos, porque no podía hablar con nadie, no podía dejar que nadie lo supiera: seguí siendo la misma minita alegre y extrovertida de siempre, la chica 10. Me volví una excelente actriz, una improvisadora de excusas para salidas a las que no podía ir, una maquilladora envidiable, y una mina torpe, tan torpe que siempre me estaba llevando cosas por delante.

Para vos fui muchas cosas. A veces tu novia, de a ratos una puta, tu puta. A veces una bolsa de arena, a veces el amor de tu vida. Vos para mí fuiste un hijo de puta que me cagaba a palos y me cogía cuando y como quería para demostrar (y demostrarse) su hombría, que me trataba de pelotuda cuando hablaba de estudiar una carrera, de viajar, de un futuro que vos no podías tener pero yo sí.

Y lo entendí tarde: un día me quemaste la pierna con un cigarrillo por reírme de algo que a vos no te causaba gracia. ¡Por reírme! Yo ya había entendido que no era dueña de mi cuerpo, ni de mis horarios, ni de mi ropa, ni de mis afectos, pero ahora tampoco era dueña de mi risa. Me volví loca y te devolví todos los golpes que me diste, todos los insultos que me dijiste y te grité todos los “basta” que ignoraste. Hasta yo me asusté.

Después de todo lo que me hiciste, mira vos por qué pelotudez me puse loca. Me fui, decidida a no verte más. Tenía casi 17 años y estaba muerta de miedo.

Si llegás a leer esto alguna vez, vas a saber que lo estoy escribiendo yo. Quiero que sepas que tengo 29 años, una vida maravillosa, llena de amor, y un futuro hermoso por delante, ese futuro que vos no pudiste construir para vos mismo.

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