Quizás mi historia no sea tan fuerte como la tuya, pero me dolió por mucho tiempo, incluso hoy en día sigue doliendo.

Él era el mejor amigo que uno puede tener, el chico guapo de un grupo de 6 amigos que siempre tenía las palabras correctas, el que te cuidaba cuando habías tomado de más, y el que siempre te escuchaba con semblante preocupación. Pero todo esto era lo que mi cabeza quería creer, la realidad es que él analizaba cada movimiento suyo, para así, manipular la situación.

Todo comenzó con un simple beso durante una reunión ¿Quién iba a saber que ese gesto tan lindo terminaría convirtiéndose en varios meses de vacío? Un día amanecía con un beso, al día siguiente con algo más y, al siguiente, ya estaba en el suelo de aquel estudio con él encima, besándome y tocándome donde nadie nunca lo había hecho antes. Sus palabras eran raras. “Lu, no te hagas la buenita”, fue lo primero que escuché, y sólo esbocé una sonrisa tímida, pero la bulla de gente llegando lo detuvo aquella vez. Aun no sé por qué no me alejé en ese momento.

Amistad, eso teníamos, o eso era lo que yo pensaba. Cada amanecida que teníamos por la universidad, algo pasaba. Un beso, un mano sobre mi pierna, un jalón de mi remera hacia abajo, hasta que ese día llegó. Él me gustaba, no puedo negarlo, así que en parte también tuve cierta culpa o complicidad.

Ese día teníamos que hacer un trabajo para la universidad, me pidió que vaya a su casa, que era más cómodo trabajar ahí. Al llegar me encontré con una sorpresa un tanto obvia: no había nadie. Pero ¿Qué podía pensar yo si siempre estábamos solos? Con los demás jamás había pasado algo diferente a un beso, así que cuando comenzó a besarme, simplemente me dejé llevar hasta que todo comenzó a subirse de tono. Cuando quise parar, me aventó contra una pared y me aplastó con su cuerpo mientras me quitaba la remera y el jean a jalones. Yo sólo le decía que parara, que por favor parara, pero él me miraba sonriente y volvía a besarme con violencia. Sus manos me levantaron en el aire y me lanzó sobre su cama, sin darme tiempo a poder reaccionar. Tenía miedo, estaba confundida. Eramos grandes amigos, y lo que estaba pasando era totalmente surrealista.

Él sabía que yo era virgen y que me dolería sino era delicado, pero aun así no le interesó. Se puso un condón, me miró con aquella sonrisa que jamás olvidaré y me penetró de un golpe seco mientras me tapaba la boca. En ese momento me quedé quieta, con mis ojos llorosos clavados en él, quien sólo se movía con fuerza y seguía tapando mi boca. Cuando terminó, se movió a un lado. Yo seguía sin moverme, hasta que sentí su mano encima mío y me encogí, dándole la espalda. Sus siguientes palabras siempre quedarán marcadas en mi: “Tan tranquilita que pareces y eres tremenda puta”. En total silencio me levanté como pude, recogí mi ropa del pasillo y me dirigí hacia el baño. Mientras lloraba sin decir nada, me vestí y no recuerdo si estuve 30 minutos o más, sólo recuerdo el golpeteo de la puerta. Cuando abrí pude verlo, mirándome consternado: “¿Por qué lloras? ¿Acaso no te gustó? ¿No era lo que querías?”, dijo con tanta inocencia que pensé que quizá yo estaba exagerando. Acto seguido, me pidió disculpas y me dijo que las ganas le habían ganado. Así logró lo que quiso e hizo que le prometiera, por nuestra “amistad”, que no diría nada y que era nuestro secreto. Asentí.

Mientras pasaban los meses, yo intentaba no tener que juntarme con él a solas, ya que cada vez que estábamos solos, me tocaba o teníamos sexo a la fuerza. Si te preguntas por qué nunca dije nada, quiero que entiendas que, a veces, yo misma me pregunto lo mismo. Me lo pregunto histérica, pero luego recuerdo mis propias palabras: “Tú dijiste que querías que tu primera vez fuera así, sin ataduras” y eso me hacía sentir culpable.

Luego llegó su cumpleaños, mis amigas me obligaron a ir ya que todo el grupo estaría ahí. Yo no me sentía para nada cómoda. Aunque sus papas hablaban conmigo y su hermana también, yo estaba como ausente hasta que comencé a tomar. No podía soportar tanta gente a mi alrededor bailando, disfrutando como si nada pasara, así que seguí tomando. No recuerdo como, pero comencé a bailar, tampoco recuerdo en qué momento me dieron nauseas, si fue cuando él se me acercó o cuando me tocó el brazo para bailar. Lo único que recuerdo a grandes rasgos es que me llevó al baño del 2do piso, y ahí, después de lavarme la cara, lo sentí jugando con mi cabello. Recuerdo haberlo mirarlo con asco y haberle dicho que no me toque. Cuando comencé a caminar hacia las escaleras, me aplastó contra la pared del baño, cerró la puerta y me bajó el jean de un golpe, diciéndome al oído: “Es mi cumpleaños, dame mi regalo”. De un momento a otro, lo sentí dentro de mí. Cerré los ojos para no sentir sus arremetidas, me dolía, pero no podía gritar, simplemente no podía, así que lo dejé hacer hasta que se cansó o quien sabe que pasó por su cabeza para que se alejara de mí. Me arreglé como pude y me volví a lavar la cara, bajamos al rato y dijo frente a todos: “No vuelvas a tomar, ya estas mal. No queremos que vuelvas a vomitar”, mientras me guiñaba un ojo. Las horas pasaron y se acercó a querer sacarme a bailar otra vez, cuando lo hizo le dije que me dejara en paz, allí fue cuando sentí que su mano apretó mi muñeca con tanta fuerza, que luego me quedaron marcas durante días.

Los meses siguieron pasando y yo cada vez estaba más retraída. No salía mucho, no conversaba con nadie y siempre estaba ausente. Hasta que tuve una amanecida con mi mejor amiga, y en una conversación privada, le dije que había perdido la virginidad. Ella se asombró mucho y me preguntó cómo. Sólo atiné a decirle “Ya tú sabes, como todos”, y cambié de tema. No sé cómo, pero ella ató los hilos y descubrió con quien había sido, pero jamás llegó a enterarse cómo fue. Ellos se conocían, yo los había presentado, incluso ella le pedía ayuda a él con temas de la universidad. Podría decirse que eran una especie extraña de amigos, así que su curiosidad llevó a que se lo pregunte a él. Lo siguiente que pasó fue lo que puso punto final a esta historia.

Al día siguiente, llegó a la universidad hecho una furia. “Tenemos que hablar”, esas fueron sus concisas y secas palabras. Al terminar la clase, le pregunté qué pasaba y literalmente me arrastró hacia su carro, obligándome a subir bajo la amenaza de que, si no lo hacía, toda la universidad se enteraría de que yo era una puta. Mientras manejaba yo no tenía idea de qué pasaba, estaba muy asustada.

Cuando vi que ingresaba en el estacionamiento de su casa, temí lo peor. Bajé en busca de ayuda, pero él entró detrás mío totalmente desequilibrado, me sujetó del brazo y comenzó a gritar. ¿¡Qué mierda le has contado a Micaela!?, dijo. Su pregunta llegó a mi como un balde de agua fría, sólo pude preguntarle de qué hablaba. “¿Dime que mierda, le has dicho?”, volvió a preguntar mientras me zamarreaba con fuerza. “Nada”, fueron mis únicas palabras. “¿Y entonces cómo sabe que perdiste tu virginidad conmigo?”, preguntó histérico, mientras me lanzaba sobre el mueble y se paraba frente a mí, mirándome como si hubiera cometido un delito. Para ese momento yo ya estaba harta, había soportado muchas cosas: sexo a la fuerza, que me obligara a hacer un oral en un bus, que me dijera cosas hirientes y vulgares cada vez que algo no le parecía, entre muchas otras más. Así que le respondí, levantándome y empujándolo: “Nada, grandísimo idiota. Nada, sólo le he dicho que nos acostamos, nada más”. Su rostro cambió de la ira a la estupefacción, era como si no pudiera creer que le hablara así, entonces continué: “¿O que querías que le dijera que mi primera vez fue a la fuerza? Cada vez que me has dicho que soy una cualquiera, una puta, que te has metido entre mis piernas sin mi consentimiento ¿Que mierda querías que le dijera? ¿Que todo fueron flores, velas y amor?”, grité mientras contenía las ganas de llorar. Su voz cambió totalmente. “Cálmate, tu sabes que eso no es verdad”, dijo mientras intentaba acercarse a mí para controlarme. Levanté la voz y dije: “¿No lo es? ¿Acaso me lo inventé?”, entonces él comenzó a desesperarse y me pidió que bajara la voz. Pero yo continué gritando, necesitaba sacar todo eso fuera de mí. “Maldito Idiota. Te odio, aléjate de mí”, dije. Esto provocó su ira y respondió: “Te he dicho que bajes la voz, maldita histérica”, acompañado con una cachetada que hizo que terminara en el piso.

Cerré los ojos por el dolor de la cachetada y sentí sus brazos levantarme y sentarme en el mueble como si me hubiera caído. “Aléjate de mí”, susurré sin siquiera mirarlo.

Cuando sonó la puerta de la calle, él se despistó y, literalmente, corrí al baño para encerrarme ahí. Pude escuchar la voz de su hermana, un tanto preocupada. Así que me lavé la cara y salí de ahí como pude. En cuanto me vio, su expresión cambió de preocupada a enojada, por un momento pensé que se pondría del lado de su hermano, pero lo que dijo me dejó helada. “¿Qué hiciste Esteban?”, le dijo. Luego giró su rostro y me miró: “¿Te pegó?”. Yo estaba anonadada y no respondía, entonces ella insistió: “Respóndeme nena ¿Lo hizo?”, y estallé en llanto.

Grande fue mi sorpresa cuando volteó y le estampó una cachetada que resonó en toda su casa, mientras lo miraba furiosa. “Te llevo a tu casa”, me dijo y me sujetó del brazo con suavidad. “Marta no te metas”, dijo él, y la empujó para llegar a mí. Eso me hizo reaccionar, entonces le grité que la dejara y me tiré por encima de él. Comencé a golpearlo con fuerza, dándole un rodillazo en la ingle que lo dejó en el suelo. Aprovechando ese momento, comencé a patearlo mientras le decía, una y hora vez que aquello era por todo lo que me había hecho. Lo pateé hasta que su hermana me dijo: “Vamos, tienes que irte porque mis padres llegarán en cualquier momento”. Salí de la casa llorando y esa fue la última vez que pisé ese lugar.

A veces hablo con Marta, ella es una gran persona y su aparición aquel día realmente me salvó de algo peor.

Pasaron meses. Cuando estábamos en finales, me lo crucé sola en uno de los sótanos de la universidad. Cuando se acercó a mí, retrocedí buscando salida. Pero su voz era calmada. “Sé que no quieres hablarme, ni si quiera escucharme, sólo te pido 1 minuto”, dijo y se detuvo a escasos metros de mí. “Lo siento, por todo lo que pasó. ¿Podrás algún día perdonarme el que te haya pegado?”, sostuvo mirándome seriamente. Yo bufé con sorna, “¿Es por lo único que te disculpas?”, dije. Entonces su respuesta hizo que me diera cuenta que la gente como el no cambia. “¿Por qué más tendría que disculparme? o acaso vas a negarme que cada vez que estuvimos juntos no lo disfrutaste”, exclamó. Bajé la mirada y me acerqué a él. “Siempre tuve una idea de ti en mi cabeza que no me permitía ver cómo eras en realidad”, solté y pasé por su lado sin mirarlo. Cuando me quiso tocar, volteé a mirarlo y dije en tono de amenaza: “No te vuelvas a acercar a mí porque te juro que no vuelvo a callarme. Una vez más que hagas algo me dará la oportunidad de acusarte por todo lo que has hecho”, y me fui de ahí sin voltear.

Han pasado años de esta época de mi vida. He aprendido miles de cosas, he vivido miles de experiencias diferentes, pero sigo llorando cuando me acuerdo de todo esto.

Me ha costado mucho escribir esta historia. Tengo problemas con mi cuerpo, todos dicen que debo dejar de comer y bajar de peso, pero ellos no saben que para mí es como una protección para que nunca me vuelva a pasar lo mismo.

(Visited 1.653 times, 1 visits today)