Empezó sin darme cuenta. Celos, eso fue lo que desató su ira, pensó que yo lo había engañado.

No sé decir qué fue lo primero que hizo, sólo sé las consecuencias: me alejo de todos, de mis amigos y de mi familia, que, si bien la veía, disimulaba todo lo que estaba pasando. Y es por eso que nadie nunca se enteró tampoco, estaba sola.

Lo peor de todo no eran los golpes, eso era lo de menos. Tampoco que me hiciera dormir sin abrigo en pleno invierno y en un piso son colchón. Lo peor es que no me dejaba estudiar, tenía terminantemente prohibido ir a la facultad, y eso me dolía de verdad.

Solía escaparme para ir a clases, pero lo hacía todo peor porque me iba a buscar para darme una paliza. He tenido moretones en brazos y piernas, mi cabeza estuvo contra el piso muchas veces, y ni hablas de las tiradas de pelo, las cuales no cesaban hasta que él se quedaba con un mechón en la mano. Obvio que tampoco faltaban los “sos horrible”, “nadie estaría con vos” o “agradecé que te doy bola”.

Por tolerar todo eso adelgacé hasta mi punto más bajo, ya que muchas veces no me dejaba comer. Un día me obligó a comer un paso de arroz duro que había quedado del día anterior porque me había olvidado de guardarlo.

¿Cómo me retenía? Me decía que si yo lo dejaba o le contaba algo a alguien se iba a suicidar.

Terminó cuando me volví cada vez más sumisa, sin hacerle frente a nada, sin luchar más. Eso hizo que él me dejara ¡por suerte! Y ahí volví a nacer.

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