Nos casamos increíblemente jóvenes, a los 17. ¿Por qué? Porque quedé embarazada y mi padre nos obligó.

La realidad es que llevábamos dos años juntos, pero no le dábamos mucha importancia al noviazgo, era una relación bastante relajada.

Luego de casarnos, perdí el embarazo, y cuando volvimos a intentarlo, pasó lo mismo. Yo me deprimí mucho, mientras él sólo se dedicaba a tomar y fumar.

Nunca me dio una paliza ni me propinó un golpe, pero sí me insultaba cuando estaba borracho y me maltrataba cuando le daban ataques. También solía reclamarme cosas que nunca pasaron entre un amigo y yo, antes de que nos casáramos. Cuando venían sus padres de visita, llegaba tarde o quizás nunca aparecía. A mí me daba mucha vergüenza y le pedía por favor que, si iba a tomar, se midiese. Pero le daba lo mismo…

Vivíamos a bases de ataques de ira, chantajes, celos y palabras hirientes. Pero lo que más me dolía, era el silencio. Yo tenía miedo a hablar con alguien al respecto porque pensaba que irían a empeorar las cosas, me sentía impotente y con ganas de morir. Quizás fui estúpida, no lo sé, pero realmente era confuso porque también vivíamos momentos felices.

Aún recuerdo cómo lloraba cada vez que discutíamos, era mi única forma de desahogo porque no quería devolverle los insultos por miedo a que me golpeara. Siempre me decía: “Ya vas a empezar con tu papel de víctima”.

Con el tiempo las borracheras ya no eran excusa para insultarme, sino que comenzó a hacerlo mientras estaba sobrio. No niego que a veces yo le respondía, pero nada justificaba semejante agresión.

Aunque vivíamos en casa de mis padres, logró aislarme completamente de mi familia y de mis amistades. Mi mundo era él y, de vez en cuando, yo.

No entiendo como soporté tres años de matrimonio siendo tratada como un objeto. El último año traté de no darle importancia, ya que, esperaba que así cambiase. Me costó mucho entender que él no quería cambiar.

Ya pasó un año desde que le pedí el divorcio. Los primeros meses me rogaba que vuelva con él, yo a veces quería, pero luego recapacitaba y me mantenía firme.

Espero su próxima mujer sea más cabrona de lo que yo fui.

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