Estoy acá para intentar cortar con una fatídica tradición familiar. Si me portaba mal, era golpeada por mi mamá; como ella lo fue por mi abuela, y esta, por mi bisabuela.

La realidad es que las amo porque fueron quienes me cuidaron siempre, pero nunca lograron entender que su forma de “educar” no es la más acertada. Ahora que lo pienso tal vez por eso quiero ser docente, para educar desde el amor y la sabiduría.

Con el tiempo naturalicé la violencia que viví en mi casa y llegué al punto de agredir a mi hermana cada vez que hacía algo “mal”. Fui muy violenta durante un tiempo, recién hace unos años pude comenzar a cambiar y hace un mes le pedí disculpas a mi hermana por todo lo que le hice padecer. Pero no fue la única, mi ex también lo sufrió.

Estaba pasando por un momento horrible en mi vida y tomé a mi ex pareja como saco de boxeo, la violencia era física y psicológica. Cuando me dejó, tardé mucho tiempo en darme cuenta de todo el mal que le había hecho. Meses después, hablamos y pude pedirle perdón.

A los cuatro meses conocí a otro chico, el flaco, como me gusta llamarlo. Nos enamoramos enseguida y a la semana nos pusimos de novios. Allí pasé de victimaria a víctima. Que loco ¿no? Resulta ser que este chico también había sido golpeado por su madre de más pequeño, pero con una única diferencia: su padre también contribuía. Siempre los trataba a él y a sus hermanos de “pelotudos”, y el flaco había naturalizado esto, tal como me pasó a mí en su momento. Siempre recuerdo a su madre golpeando al hermano menor frente a mis narices y haciendo comentarios malos e incómodos.

Al primer mes de novios, el flaco, me encontró una conversación con un chico. A partir de entonces, se obsesionó con el hecho de ser cornudo. Nadie se imaginaría que luego la cornuda terminaría siendo yo…

A medida que pasaba el tiempo, la violencia se incrementaba: tenía la contraseña de mis redes sociales, revisaba hasta mi registro de actividad, me limitaba a usar ciertas vestimentas y ni siquiera podía maquillarme. También dejé de tener WhatsApp, de hacer teatro y boxeo. Y ni hablar de nuestra primera vez, fue tanta la insistencia de su parte que terminé accediendo a la fuerza y de mala manera.

Al poco tiempo conocí a uno de los grandes amores de mi vida. Era un chico de mi escuela, no era lindo pero me fascinaba su inteligencia. Empezamos a hablar y a llevarnos realmente muy bien, además, él militaba y yo quería empezar a hacerlo desde hacía tiempo. Esto me incentivó a no dejar atrás aquel sueño e ingresé a la web de la agrupación para unirme. Ese día, al salir del colegio, se lo conté a mi novio. “Lo haces porque queres estar con el otro, ya lo sé. Si vos militas, yo te dejo”, me dijo. Termine dejándolo atrás, como todo. Recuerdo aquella frase que citaban mi mamá y mi hermana: “La mandona se deja mandonear por el mandón”. Lo decían como su fuese algo gracioso, como si yo no sufriera. Lo que pasa es que él era tan agradable con mi familia, que era imposible dar vuelta esa imagen. Hasta el día de hoy siguen preguntando por el flaco.

Llegó un momento en el que no pude reprimir más mi amor por este otro chico, buscábamos cualquier medio para comunicarnos. Intenté dejar al flaco pero vino a casa y lloró hasta que decidí pedirle un tiempo ya que se acercaba nuestro aniversario y ya nos habíamos comprado regalos. Durante ese período me vi con el otro chico. Podrán pensar que soy una atorranta y una cualquier cosa, pero estaba enamorada y no me importaba nada.

Cuando llegó el día de mi aniversario con el flaco, teníamos planeado ir a cenar pero “inesperadamente” el restaurant se había quedado sin luz así que nos quedamos en su casa. Sin apetito, cené con él. Al rato tuvimos relaciones y cuando terminamos me preguntó si quería hablar, le dije que prefería irme a dormir pero no le importó. Como estábamos en la habitación de su hermano, él iba a cada rato a buscar al a la suya. Eso me daba mucho miedo, no sabía con qué podía aparecer. Trajo un cuaderno, en el cual teníamos cosas nuestras. Allí había ciertas pautas escritas por él que yo debía cumplir, como por ejemplo: no mentir. El flaco me dijo que me perdonaba todo lo que había pasado pero que no hable más con el otro chico, pero aproveché el momento y lo dejé. Él lloró y yo también, tenía miedo y sentía tristeza a la vez. Luego mi papá me pasó a buscar por su casa. Recuerdo que le mandé un mensaje al chico y le puse “Terminé con el Flaco. Estoy bien. Después hablamos.”

A los pocos días me llegó un mensaje de mi ex, diciendo que había perdido peso y que por mi culpa lo iban a tener que internar. Él me extorsionaba, diciéndome que cuando peleábamos vomitaba y bajaba de peso. Su mejor amigo también participaba en el acoso: me mandaba mensajes bastante hirientes acusándome de prostituta.

Con este “gran amor” lamentablemente no funcionó, pero le tengo mucho aprecio porque fue una muy linda relación y duró lo que debía durar. Con el Flaco intentamos volver cinco veces, pero con mis condiciones.

Hoy en día sigo viéndolo, sin ser su pareja intento ayudarlo a salir de aquel entorno familiar que tanto lo enfermó. Antes de terminar nuestra relación, él me confesó que había tenido problemas por acosar sexualmente de su prima, a la que no vio nunca más. Necesito que recapacite, como hice yo. Pero en esa familia no puede.

De a poco retomé mi vida, en parte con el chico con el que había optado estar y en parte sola. Volví a tener WhatsApp, volví a teatro, empecé a militar y lo más importante: volví a ser libre.

Todos merecemos un final feliz. Y a todos ustedes que lean, ya sé que mi historia no es tan fuerte como otras, pero yo me sentí realmente ultrajada y tuve miedo. No quiero que ninguno de ustedes pase por lo que yo, ni más ni menos. Me encanta que esto se haga visible y me pone feliz porque así lo erradicaremos de a poco.

 

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