A los 16 años me puse de novia con quien creía era el hombre de mi vida, después de buscarlo por un año.

Al mes, en nuestra primera salida a un boliche, me agarró del brazo y me dijo: “vos de acá no te movés”.

En todo ese tiempo logró hacerme sentir culpable de lo que me pasaba. Yo ya estaba enferma. Ver a mis amigas no era una opción. Una vez me amenazó con ir con un revolver al colegio si llegaba a hablar con un pibe. Yo le hacía caso y me parecía razonable. Hablar con un pibe era “de puta”.

No podía hablar con ninguno de sus amigos pero si quería que asistiese a todas sus reuniones, por eso es que en su grupo era conocida como “la mudita”. Cuando alguno me hablaba por lástima, me decía al oído “deja de mirarle la pija a mi amigo, puta”.

Llegué a pensar en tirarme abajo de un colectivo. No servía para nada y lo tenía cada día más claro. Nunca se alegró por alguna noticia que yo le dijera. Una ocasión le dije que me había sacado diez en una prueba a lo que me respondió “seguro abrazaste a algún compañero para festejar, putita”.

Pasada la etapa de violencia psicológica, me sometió físicamente: me ahorcaba, me tiraba del pelo y me arrastraba por el piso por discusiones irrelevantes.

A los 19 años, ya terminado el colegio, una noche salimos a bailar para festejar que yo había conseguido trabajo. La pasé muy bien. No me molestó en ningún momento. Bailé y me sentí realmente feliz. Cuando salimos, pedí un remise y la recepcionista me avisó que tenía 40 minutos de demora. Le dije que no había problema. Cuando se lo comenté a él, se enojó y me terminó pegando una piña en la nariz.

La semana siguiente me sonó el celular a las seis de la mañana. Era mi entonces suegra internada. Sorprendentemente mi suegro le pegaba.

Con 19 años y gracias a la madre de mi entonces novio, descubrí qué no quería para mi vida.

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