Tenía 8 años cuando ocurrió. Nunca tuvimos problemas económicos, salvo en esa época. Era muy chica. Recuerdo que quería comer todo el tiempo. Siempre me tenía que conformar con un té y galletitas de salvado. Yo quería chocolatada y galletitas rellenas. Mis vecinos siempre tenían bolsas llenas de caramelos. Yo soñaba con tener todo eso para mí.

Un día como cualquiera, estaba jugando afuera de mi casa con los nenes del barrio. Eran las 11:00 de la mañana. Mi hermano mayor estaba en la escuela. Yo no había ido porque me había quedado dormida. Mi papá estaba en su trabajo y mi mamá adentro de casa, haciendo las tareas del hogar. En un momento salió y me dijo que iba a comprar tomate a la vuelta de casa. Me dejó a cargo de la mamá de uno de los nenes, vecina de la cuadra.

En un momento la mujer entró a mi casa a hablar por teléfono. Yo me sentí culpable, pensé que mi mamá se iba a enojar. Cuando estaba a punto de entrar a mi casa, un hombre en un auto desde la calle me llamó. Hablaba “raro” y tenía un aspecto bastante zaparrastroso. Ya de grande me di cuenta que ese tipo estaba borracho. Me preguntó si tenía hambre, si quería tomar la leche o comer torta. No supe que responder. Quise correr adentro de casa, pero me tentaba decir que sí.

Y finalmente, entre murmullos, acepté. Pensé en que si me veía mi mamá, me castigaría. Pero no me arrepentí. No tendría con qué castigarme. Y llenarme la panza aunque no tenía hambre era tentador. Me subí al auto que manejaba el señor. Era negro y el tapizado de los asientos estaba arruinado. Olía a viejo y a algo ácido. Seguramente, alcohol. En ese momento me asusté.

Le pedí que por favor me dejara bajar, que quería ir con mi mamá. Chasqueó la lengua y meneó la cabeza hacia los costados, mientras reía, o eso intentaba hacer. Me empezaron a caer las lágrimas y cerré los ojos hasta que llegamos. No había pasado mucho tiempo, capaz unos 5 minutos, pero para mí había sido una eternidad. Cuando los abrí, me encontré en un lugar totalmente desconocido. Me angustié. Me bajé del auto y empecé a llorar desconsoladamente hasta que el hombre me tapó la boca con una de sus manos y me dijo “seguís gritando y no ves más a tu mamá”. Le hice caso y me tragué todo el llanto.

Miré a todos lados con la esperanza de que alguien corriera a mi auxilio, pero la calle estaba desierta. Entramos a la casa del monstruo. El lugar era viejo, descuidado, horrible. No vivía en las mejores condiciones, pero eso parecía abandonado. Había vidrios en el piso. Y cigarrillos por todas partes. El olor era nauseabundo. Cerró la puerta, aunque no la trabó ni le puso llave. Me dijo que me quedara en el sillón de la entrada, que ya me traía el desayuno. Lloré con más intensidad. Nunca había dejado de llorar, solo que trataba de no hacer ruido. Volvió casi al instante, aunque tambaleándose, hasta que se cayó. Se levantó y me dijo que se había quedado sin comida.

“Podemos divertirnos igual, no voy a decepcionarte”, me dijo, mientras se acercaba a mí. Le quise decir por favor, pero no me salió nada de la garganta. Me dijo que me callara, y se sentó a mi lado. Me desabrochó el pantalón. En ese instante no pude contenerme y grité. Se levantó furioso y con su borrachera tropezó o se chocó con algo. Quería actuar, quería pegarle con algo, pero obviamente no era tan fácil como siempre lo había pensado. Sólo pude abrir la puerta y correr a la vereda, donde me caí, con los pantalones todavía bajos.

Comencé a gritar y a llamar a mi mamá, como nunca lo había hecho. Fue ahí cuando una mujer se acercó con los ojos enormes, preguntándome cómo me llamaba, qué había pasado, quién era mi mamá, dónde vivía. Le pedí salir de ese lugar y me llevó a su casa, que era en la vereda de al frente.

No sé si me desmayé, si la angustia fue tal que me dormí, o qué pasó. Luego de eso localizaron a mis padres y volví a casa. Me hicieron tantas preguntas que yo estaba mareada y no podía contestar a ninguna. Como no vivo en una ciudad grande, no fue difícil saber qué pasó y quién lo hizo. Me preguntaban cosas y yo afirmaba o negaba.

Sólo luego de tres años me enteré que estaba preso. No sabía si debería haberme sentido aliviada, pero sinceramente no sentí nada. Vacío, solo eso. Vacío que queda cuando sabés que por más que pase lo que pase, nunca vas a olvidar ese día de tu vida.

Y eso es exactamente lo que está pasando.

Nunca me olvido.

(Visited 777 times, 1 visits today)