Las agresiones no eran dirigidas a mí, sino que a mi amada madre. Él era más joven que ella, lo que le proporcionaba un gran arsenal de inseguridades. Nunca llegó a pegarle, pero la violencia no es solo física, también es psicológica y verbal.

Formaron una pareja estable durante aproximadamente 5 años, luego se pelearon porque él le fue infiel. A partir de allí, la relación se tornó viciosa: estaba con ella un mes, desaparecía dos meses, regresaba tres y se volvía a ir. Así estuvieron 7 largos años.

Mi mamá es abogada, cosa que a él le molestaba muchísimo ya que resaltaba su fracaso. Llegó a exigirle que dejara de estudiar y que yo no viera más a mi papá porque me daba cosas materiales que él nunca podría darle a sus hijos.

Cuando la relación hizo ese quiebre y se volvió cíclica, la violencia ya no era solo psicológica sino también patrimonial. Él se convirtió en una especie de “gigoló”, un hombre que vive de sacarle dinero a las mujeres. Recuerdo que regresaba a casa solo cuando estaba mal económicamente. Se iba de fiesta con el dinero que mamá le daba, hasta que se le acababa y se veía obligado a regresar.

Cada vez que él la abandonaba, ella sufría mucho, probablemente revivía el abandono de su padre, o sea, mi abuelo. Su carácter se volvía agrio y la relación entre nosotras se tornaba fría, tensa e insostenible. Muchas veces prefería quedarme a dormir con mis tías a que estar en casa con ella, o peor, con ellos dos.

Cuando la veía llorando y consumiéndose en su dolor, deseaba, desde lo más profundo de mí ser, que le pegara para que aquella violencia dejara de ser silenciosa. Pensaba que así podríamos denunciarlo, o bien, yo podría defenderla de una vez por todas.

A los 16 años me di cuenta que ella se tropezaría mil veces más con la misma piedra y que, aunque haga mi mayor esfuerzo, estas relaciones son interminables. Por eso, decidí no sufrir más las consecuencias y tomé el poder, aquel poder que mermaba su capacidad de mandar en la casa. Le prohibí a mi propia madre que aquel hombre volviese a pasar por la puerta porque aquella propiedad era de mi papá, o sea, mía y no de ella.

Después de dos o tres años y con la ayuda de terceros, logré mi cometido: lo eché definitivamente de la vida de mamá.

Poco a poco la paz regresó, pero la culpa siempre es cruel. Ella me reprochó todos los días la humillación que sufrió, me decía que ella me había dado todo y que yo no tenía derecho a quitarle el poder sobre nuestra casa.

Hoy tengo 31 años y soy incapaz de mantener una relación estable. Los hombres que han llegado a mi vida me han sacado dinero y se fueron cuando ya no quedaba más nada.

Caí en ese ciclo que tanto critiqué y que tanto me costó eliminar. A fin de cuentas, ese hombre, nos dejó marcadas a las dos.

(Visited 1.224 times, 1 visits today)