Lo conocí a través de unos conocidos. Siempre charlábamos y nos hicimos muy compañeros, nada más que eso porque yo en aquel entonces salía con un muchacho, del cual, meses después quedé embarazada.

El padre del bebé nunca quiso hacerse cargo, así que me quedé sola. A pesar de mi embarazo, aquel chico siempre se mostraba interesado tanto en mí como en mi hijo.

Cuando nació mi bebé, nos juntamos y comenzamos a salir. Al principio era todo muy lindo, pero el tiempo pude notar que estaba lejos de mi familia y que ya no tenía amigos. Fue tan sutil que no me había dado cuenta de lo que me hacía. Yo tomaba como algo normal que revisara mi teléfono o mis redes sociales.

Un día descubrí un mensaje que él le había enviado a una chica. Fue de casualidad, él dejó abierto el chat en mi computadora. Cuando lo vi me dolió mucho, pasé un rato llorando y cuando regresó se lo dije. No tuvo como excusarse.

A partir de allí todo se convirtió en un calvario. Era una bola de celos que no paraba de girar. Yo estaba muy cansada por lo que demandaba el bebé y la casa, a veces me dormía rendida. Y, lógicamente, él se molestaba mucho porque decía que no tenía tiempo para él ni para tener relaciones. Entonces a veces accedía tan sólo para después no tener que aguantármelo.

Mientras tanto, él hacia su vida. Yo pasaba encerrada criando a mi hijo mientras él me era infiel. Muchas veces creí que podría ser diferente, pero no, cada vez era peor. Sus celos hacia mí empeoraban con el pasar del tiempo, y eso que jamás le daba motivos. Luego comenzaron los insultos y las humillaciones, primero puertas adentro, y después frente a cualquiera. Hasta delante de la vecina y sus hijas pequeñas. Me decía: “ándate de acá, chupa pijas”, “puta” y cosas similares. En varias ocasiones también sentí que despreciaba a mi hijo.

Terminó separándose de mí y diciéndome que me fuera porque yo no tenía tiempo para dedicarle. Así que, sin decir más, me fui. Aunque me separé con la esperanza de no perderlo.

Nuestra comunicación seguía porque él me llamaba, intentábamos mantener una relación a distancia. Pero era imposible sostener los celos. Fueron casi 3 años de idas y vueltas. Cada encuentro que teníamos se tornaba más violento que el anterior. Me humillaba y me trataba como a una prostituta, así que comencé a tener ataques de pánico y depresión. Lloraba mucho luego de cada agresión, pero como después me abrazaba y me trataba bien, me olvidaba de todo.

Sería muy largo contar cada detalle, pero vivía hostigándome por celular porque se pensaba que yo tenía algo con cada contacto que tenía en mi agenda. Ni hablar de la gente del trabajo. Yo, ciega, seguía creyendo que en algún momento iba a cambiar. Había naturalizado las agresiones.

Gracias a Dios, nunca llegó a golpearme. En el último encuentro que tuvimos yo ya había tomado distancia por todo lo que sucedía. También había hablado con su madre para comentarle la situación y le dije que prefería terminar la relación a que me golpeara. De a poco iba abriendo los ojos.

Una vez más, me venció y acepté irme de vacaciones con él y con mi hijo, que ya era más grande. La pasamos muy lindo hasta que tuvo un brote de celos y casi me golpea. Yo entr´çe en pánico porque estaba mi hijo. Él me amenazó con dejarme sola en aquella casa en el medio de la nada. Decidí encerrarme a llorar en el baño para que mi hijo no se diera cuenta de lo que pasaba, pero vino a consolarme. Eso fue lo que más me dolió, verlo tan pequeño intentando calmar el llanto de su madre.

A los días volvimos a su casa y la situación volvió a repetirse. Ahí dije basta, definitivamente. Cuando vi a mi hijo llorando y diciéndome: “mami, no llores”, entendí que tenía que irme.

Cuando llegué a mi casa me llamó como si nada hubiese pasado, pero dentro de mí ya tenía en claro que nuestra relación había muerto. Sabía que todo iba a terminar mal.

Otro día volvió a llamarme y escuchó las voces de mi hermana y mi cuñado, que habían venido a comer pizzas a casa. Entonces, reaccionó como un loco y comenzó a insultarme a mí y a mi familia. Cuando empezó a insultar a mi madre y a amenazarme, le dije basta y corté.

Él seguía llamando constantemente a cualquier hora. Insultaba y me amenazaba, a tal punto que mi madre me quería echar de la casa. Yo estaba muy nerviosa de que apareciera así que, finalmente, lo denuncié.

Esto aún me asusta y me genera un nudo en la garganta cada vez que leo situaciones similares. Yo zafé. Llegué a cortar la relación a tiempo porque estuve bastante lúcida como para detectar lo que podría haber sido.

Mi hijo, luego de la separación, lo extrañó bastante porque era chiquito. Hoy, con sus 4 años, ya no lo nombra y yo pude restablecer mi vida con otra persona hermosa. Me costó bastante dejarme querer, y aún sigo arrastrando el miedo de que vuelva a pasarme.

Yo sé que si estas ahora, leyendo esto, es porque en algún momento viviste algo similar o lo estás viviendo. Sólo te pido que si notas algo parecido en tu pareja, prestes atención y lo hables con alguien. No dejes pasar el tiempo ¡No estás sola! Aunque te hagan sentir así, no es cierto.

Valorate.

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