Lo conocí en uno de los peores momentos de mi vida: había perdido a uno de mis mejores amigos y sinceramente no podía verme con el resto del grupo porque me lo recordaba. Creo que eso fue lo que me convirtió en una presa fácil.

Como todos los días, tomé el ascensor para ingresar a mi trabajo. Allí estaba él, charlando con un compañero, este chico me lo presentó y nos saludamos. Al otro día encontré un chocolate en mi escritorio, junto con un papel y un número de teléfono. Miré para todos lados, tratando de localizar a quien me había dejado aquel presente, y ahí estaba. Me guiñó el ojo y yo sonreí.

El resto de lo que pasó fue una serie de malas decisiones de mi parte.

Esa tarde decidí mandarle un texto, agradeciéndole. La verdad es que era un lindo chico y no tenía nada que perder. Me respondió amablemente y me invitó a salir, dije que sí muy enérgicamente.

Al principio, como todo, fue muy dulce y amable. Pero eso se le quitó fácilmente cuando yo decidí que ya era tiempo de volver a ver a mis amistades, pues sentía que el duelo estaba concluido y que ya podía enfrentar ese vacío que mi amigo había dejado en el grupo. Ahí fue cuando, de a poco y sin que me diera cuenta, empezó a encerrarme.

Del mismo modo empezó a limitar mi vida en general. De lunes a viernes trabajaba y estudiaba, pero era él quien debía llevarme y traerme. Los fines de semana los pasábamos juntos y no tenía posibilidad de hacer planes a parte, si tenía alguna juntada con amigos él debía asistir. Pasé a ser una persona muy poco sociable porque ya no quería que esté vigilando todo lo que hacía.

Trabajábamos para una importante compañía celular de Argentina y ambos teníamos teléfonos que nos brindaba la empresa, así que todos los días venía con un papel donde anotaba los números de teléfono con los que me escribía o llamaba, y revisaba en mi celular que no haya borrado ninguno. Eso no le parecía suficiente, además, me acusaba de tener un chip alternativo para escribirme con otros hombres.

Soportaba todo esto porque al principio pensaba que me lo merecía, que no lo hacía sentir seguro y que mi obligación era estar todo el tiempo con él.

Luego llegó la violencia física y verbal.

Solía decirme que si no estaba con él, nadie más iba a quererme porque era una puta que se ponía pantalones ajustados para provocar. Luego me tomaba de los pelos y me pedía explicaciones de por qué saludé a tal persona. Todo lo dejaba pasar porque cada situación violenta venia acompañada de disculpas, regalos, flores y llantos: “Perdoname o me mato, o nos mato”.

Con el tiempo empecé a cansarme de no tener vida, ya no tenía a nadie más que a él. Deseaba salir, hacer algo. Esos planteos lo volvían loco, me decía que seguro quería salir para conocer a otro hombre y que lo iba a dejar con el objetivo de humillarlo.

La realidad es que sí, quería dejarlo. A veces hasta planeaba qué decirle, me parecía lo mejor para ambos. Se lo dije mil veces y cada vez lo entendió, me dio la razón y se fue. Pero al otro día volvía como si nada hubiese pasado, me estaba volviendo loca y estaba a punto de resignarme porque pensaba que era lo que me merecía. Al analizar esta situación me di cuenta de que era cierto, yo no podía dejarlo, pero él a mi sí. Quería que él me deje, que sea quien decida cortar la relación. Así que decidí provocarlo y aguantar un par de golpes más para que me deje y así poder volver a vivir libremente.

Empecé a hacerle la contra en todo, me golpeó. No quise ir más a los asados con sus amigos, me golpeó. Salí con mis amigas casi todas las noches a pesar de sus negativas, y también me golpeó. Así comenzó a tener desconfianza y a pensar que estaba con otros hombres, era lo que yo necesitaba, tocar su ego.

Pensé que todos esos golpes valieron la pena porque logré mi cometido: que me deje y se aleje de mí. Pero, para mi sorpresa, volvió.

Tomé una decisión límite, me fui y me volví imposible de localizar. Cambié de trabajo, de número, alterné los caminos que utilizaba frecuentemente y lo bloqueé de tanta red social había. Me volví un fantasma.

Cada tanto aparece, me manda algún mail o lo veo a lo lejos. Simplemente lo ignoro porque no quiero darle señales de vida, aquella que me intentó quitar.

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