¡Hija de puta! ¡Hoy no te salvás! Mirá qué aguanté noches peores pero de hoy no te salvás, puta! Decile a tu sobrina chau, despedite. Rezale a Dios porque hoy te voy hacer mierda. Nadie te va a reconocer.

Eso fue lo último que me acuerdo de la última noche, en la que me agarró del cuello para dejarme sin aire y solo veía sangre que salía de mi boca. Me golpeó en la cara dejándome el labio hinchado y marcas en toda la cara. También rasguños en el cuello y dolores en la cabeza de tan fuerte que me había tironeado del pelo.

Pero lo diferente de esa noche, que no fue tan violenta, fue que por primera vez en tanto tiempo pude escapar. En un intervalo de las golpizas que me dio, le mandé un mensaje a mi hermana pidiéndole que llame a la policía. Cuando me confirmó que lo había hecho, le dije “llamé a la policía, en 5 minutos va estar acá”.

Él sabía que si lo agarraban la iba a pasar mal porque ya le había hecho 6 denuncias.

Me amenazó con pegarse un tiro si no cancelaba todo. Tomé coraje y le dije que no, que iba a pagar todas las que me hizo. No perdió tiempo, agarró su abrigo y salió corriendo de la casa.

La policía nunca llegó.

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