Hay cosas que ni el mismísimo Freud te borra. Las manos que te tocaron sin permiso, los insultos que te gritaron y cuantas sensaciones más que no se las deseo a nadie.

Hace 12 años estaba en la secundaria. Precisamente en cuarto año. Tenía exactamente 16 años.

Me había cambiado ese año de colegio así que no conocía a nadie. Para tratar de integrarme fui a un grupo que prometía ser el “coro del colegio”. No sabía cantar muy bien pero aún así me gustaba. Hablé con el profesor explicándole que me parecía una oportunidad interesante para integrarme con gente que compartiera el mismo gusto que yo por algo.

El tipo que dirigía el coro era una eminencia en el colegio. Exigente, correcto, tenía esa imagen intachable.

Fui a la primera clase fuera del horario escolar, 12:30 del mediodía de un viernes. Estas clases se daban en el último piso del colegio, que no se utilizaba. El colegio tenía tres pisos. Las aulas eran muy espaciosas, menos las del último piso. Estas estaban destinadas a tareas artísticas. Las paredes estaban plagadas de dibujos de los alumnos. Era una sensación abrumadora la que sentías al entrar a esas aulas. Yo no las conocí hasta entrar a la primera clase de canto.

Subí a la hora indicada. Éramos 3 mujeres y él, solos. Nos ubicó según nuestras voces. Escritorio de por medio. Todo transcurrió normal. De hecho, me fui muy contenta por lo que había logrado en una hora.

El viernes siguiente subí a la clase, pero esta vez estaba sola.

Me dijo que esperáramos un rato, que las chicas seguramente llegarían más tarde. Que de paso aprovecharíamos para que él me conozca mejor.

Me preguntó con quién vivía, como estaba compuesta mi familia, si tenía hermanos. Le conté todo.

Me preguntó que me gustaba, que quería estudiar. En ese momento me interesaba la psicología con relación a la adolescencia, y también se lo conté.

Comenzó a preguntarme distintas cosas. En un momento se levantó de su escritorio y se sentó sobre él, poniéndose justo delante mío.

Le conté que había unos programas en la tele que me interesaban. Puntualmente por cómo abordaban ciertos temas, que había cosas que por ahí no se contemplaban y/o hablaban. Me interrumpió.

– ¿Qué cosas? ¿El sexo por ejemplo?

– Esa es una de las cosas, pero no todo lo que me interesa. No me coparía el perfil Rampolla. Pero sí la manera de que la llegada de información sea menos tabú

– Si vos tenés alguna duda, sabés que podés preguntarme lo que necesites. Cosas que te gustaría experimentar. Sos chica tenés mucho por descubrir

Se levantó y se acercó todavía más. Puso su mano en mi pierna y empezó a hablarme muy cerca. Podía sentir su aliento.

– Sé que soy chica. Ya descubriré lo que tenga que descubrir

Empujé la silla hacia atrás, de manera que su mano no me pudiera alcanzar.

– ¿Tenés novio?

– Sí -respondí, aunque no lo tenía en realidad

– Seguramente no tiene tanta experiencia como lo que te podría enseñar alguien mayor

Se volvió a acercar. Me desesperé. Transpiraba y contenía las lágrimas con la respiración agitada. Nadie me iba a escuchar en el último piso si gritaba. La puerta estaba demasiado lejos. Evidentemente mis compañeras no iban a venir. Estaba completamente sola.

Le contesté elevando el tono, con la esperanza que alguien me escuche

– Mi novio es más grande. Lo que necesite preguntar, lo averiguo con él

Le mutó la cara. De una risa semi socarrona pasó a enojarse.

– Bueno, acá no venimos a boludear, venimos a practicar. Así que parate que vas a cantar sola, a ver que tenés para ofrecer

En ese momento, tendría que haber corrido. Pero tenía mucho miedo. No me podía mover. Hice lo que me pidió y canté.

Él se paseaba alrededor mío mientras yo hacía escalas vocales.

En una escala me equivoqué, se me quebró la voz y me agarró del brazo.

– ¡No! ¡Otra vez!

Hice las escalas otra vez. Sabía que si me equivocaba me iba a volver a gritar y por lo tanto, a tocar.

– Bueno, andate. Bastante por hoy. Y esto, queda entre nosotros

Me fui corriendo. A la mitad de la escalera quebré en llanto. Me sentía sucia. Sentía sus manos en mi pierna, en los brazos. Su aliento cerca de mi cara.

Ya abajo sentí una mano en el hombro. Me di vuelta conteniendo la respiración. Era uno de mis compañeros. Le conté todo y me obligó a ir a contar todo a la rectoría.

El rector me escuchó. Me dijo que le parecía muy raro dado que no se imaginaba eso de este profesor dada su reputación.

Los días que siguieron lo crucé dos veces en los pasillos. Ambas veces estaba acompañada. Pero notaba su mirada, entre bronca y algo más.

A la semana, él ya no era parte del colegio.

El rector me dijo que lo iban a apartar, pero que no le parecía hacer demasiado lío con este tema, dado que al fin y al cabo, no pasó nada.

Si pasó. Pero no fue suficiente para denunciarlo.

Hablar me sirvió para no verlo nunca más. Si hubiera estado mejor informada, si no hubiese tenido tanta vergüenza y miedo, quizá las cosas serían distintas.

¿Quién garantiza que él no vuelva a hacer lo mismo o algo peor con alguna otra alumna de otro colegio?

Esto quedó entre el rector, el profesor, mi compañero y yo.

Al día de hoy mi familia no lo sabe.

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